El
falso llamado al voto nulo
César
Ricardo Luque Santana
Hace
tres años, durante las elecciones federales intermedias, abordé de manera
exhaustiva el tema del voto nulo y del abstencionismo, principalmente del
primero. Intuí que el tema se instalaría con fuerza en el Internet, no tanto en
las redes sociales que eran incipientes sino en blogs (el movimiento de los
“blogueros”), cosa que efectivamente sucedió, si bien con retraso de un par de
meses porque se suscitó en México y otros países el problema de la pandemia de
gripe, situación que eclipsó parcialmente el tema que luego emergería con la
fuerza que yo había previsto ocasionando incluso un virulento debate entre sus
promotores y detractores.
Mi intención original en esa ocasión fue darle seguimiento a la evolución de esa discusión, ayudar a su esclarecimiento mediante la difusión de las distintas reflexiones, valorando las razones vertidas por unos y otros y fijando desde luego una postura propia. La esencia del movimiento por el voto nulo fue enderezado esencialmente como una crítica a la partidocracia, como muestras de hartazgo y repudio a las burocracias políticas de todos los partidos, como expresión de una crisis de la democracia representativa y deliberativa que había degenerado en una disputa sorda por el botín de los recursos públicos desdibujando los proyectos de nación en pugna e incluso opacando la posibilidad de un proyecto alternativo al neoliberalismo. Las feroces disputas internas en los distintos partidos por las candidaturas a legisladores (principalmente plurinominales) al grado de hacerse a sí mismos fraudes electorales o recurriendo a mecanismos verticalistas para imponer a los incondicionales -muchos de ellos de bajo perfil- de la nomenklatura, alimentaban un rechazo de algunos sectores de la sociedad hacia las prácticas desaseadas de los partidos, aunado al descrédito de los legisladores de ambas cámaras y las campañas malsanas del duopolio televisivo para reforzar dicho descrédito a éstos y a la clase política en su conjunto.
Decir
que “todos son iguales” es negar la honestidad que ha caracterizado a Andrés
Manuel López Obrador y los personajes que eventualmente conformarían su
gabinete. AMLO puede tener varios defectos pero nunca se le ha podido demostrar
que haya usado los puestos políticos para hacerse rico. Se dirá que a casi
ningún político se le ha podido comprobar la corrupción, pero es evidente que el
no poder comprobarlo judicialmente no significa que uno no se dé cuenta de los políticos
deshonestos. Decir que “los dados ya están cargados” es decir una verdad a
medias, pero ello no significa ninguna fatalidad. Ciertamente puede haber dudas
del arbitro electoral pues a los consejeros del IFE los ponen los partidos
políticos, principalmente el PRI y el PAN. No son consejeros ciudadanos como lo
fueron originalmente. La mayoría de los poderes facticos (medios de
comunicación, grandes empresarios, la Iglesia, entre otros) se cargan hacia el
candidato del PRI; el derroche de dinero de priistas es evidente sin que las
autoridades electorales actúen para frenarlo; el PAN y el PRI utilizan más o
menos en forma encubierta los programas sociales de sus gobiernos para comprar
consciencias, se han planteados formas de fraude cibernético que son técnicamente
posibles, etc. Hay en consecuencia muchos elementos innegables de inequidad
entre los actores políticos, pero aun así, es falso que todas ellas por sí
mismas determinen los resultados electorales. La votación masiva en torno al
candidato de las izquierdas y la organización de la gente que apoya a AMLO para
cuidar al cien por ciento las urnas es un factor fundamental para derrotar al
neoliberalismo. Las brigadas del Movimiento Progresista deberán asimismo de
anular las mapacherías durante la jornada electoral, mientras que quienes
estaremos cuidando casillas como funcionarios del IFE tendremos que apegarnos
plenamente a la legalidad para evitar que la voluntad popular sea tergiversada.

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