Los sentidos de la crítica
César Ricardo Luque Santana
“…un príncipe prudente [debe contar] con hombres sabios,
y sólo a ellos debe dar libre arbitrio para que le digan la verdad.”
Maquiavelo (El príncipe)
En mi colaboración anterior analicé someramente la relación entre la crítica y el poder, afirmando que la crítica como tal es una sóla, y que las alusiones o interpretaciones de una crítica entendida sólo como rechazo u objeción, o incluso como crítica negativa versus crítica constructiva son erróneas, pues por un lado se entiende coloquialmente y en forma unilateral a la crítica como algo meramente destructivo que sólo busca dañar, mientras que por el otro lado se introduce un matiz aduciendo la posibilidad de una “crítica constructiva”, lo que indicaría que hay una crítica sana, es decir, una crítica que no tiene por objeto únicamente causar daño sino también aportar soluciones a los problemas que señala.
En virtud de ello, creo necesario profundizar un poco más sobre el concepto de crítica para ponerlo a salvo de los sentidos vulgares que le endosan y que están muy generalizados. Pero antes trataré de rescatar otros puntos del artículo anterior que considero pertinentes dejar aclarados para atender de manera breve los fundamentos filosóficos de la crítica.
Creo que en el primer sentido se encuentra la generalidad de las personas que tienden a considerar la crítica como infundio o calumnia per se (la crítica como hablar mal de los demás) o al menos como un ataque que aunque vierta razones válidas, su intención es ocasionar un daño a quien va dirigido. El segundo sentido es más típico de los políticos en el poder quienes buscan minimizar las críticas en su contra sin cuestionar la crítica en sí misma, pues como servidores públicos no pueden estar abiertamente en contra de ella, de manera que tratan de reducirla a su mínima expresión, comprando conciencias ya sea para que los adulen o para silenciarlas.
Así entonces, en el primer significado la noción de crítica suele ser inconsciente mientras que en el segundo tiende a ser deliberada, pero en ambos –insisto-, dicha noción es equivocada, aunque en este esta última interpretación, lo equivoco reside en su ambigüedad y carácter confuso, en otras palabras, porque tiene la apariencia de ser una distinción legítima.
Por ello decía que los políticos y gobernantes que son reactivos a la crítica, aducen una supuesta dicotomía o maniqueísmo de ésta, pero realmente no están contra la supuesta mentira de la crítica que los lesiona porque es evidente que no se incomodan ante la adulación que por definición está basada en la mentira. Pero además, sostener que el crítico debe también solucionarles los problemas es un exceso de su parte porque son ellos los que tienen los instrumentos para esos menesteres y es desde luego su obligación como autoridades. Es como si uno como espectador de un espectáculo considera que el artista no hizo bien su trabajo, no por ello está obligado como crítico a hacer el trabajo del artista. O situándose desde el lado del gobernante, Maquiavelo recomienda a éstos que se rodeen de consejeros críticos cuidándose de los aduladores (ver capítulo XXII de El Príncipe), pero en modo alguno delegar su facultad de tomar las decisiones, por ello dice en el final de este capítulo que “…los buenos consejos, vengan de quien vengan, conviene que nazcan de la prudencia del príncipe, y no la prudencia del príncipe de los buenos consejos”
También aludía en mi mencionado escrito a la escasez de críticos o escritores independientes, lo cual se explica por lo que decía Rousseau en el epígrafe de dicho artículo, de que el intelectual plegado al poder obtiene ventajas y canonjías que normalmente no obtendría como un intelectual independiente. Por ello podemos ver incluso a intelectuales y periodistas que son críticos con gobernantes de un determinado partido, que son muy consentidores o alcahuetes con otros. La actitud convenciera de actuar como sirvientes del poder no significa que no tengan preparación o capacidad, sino que son inmorales porque están dispuestos a actuar por consigna para mantener sus privilegios llegando incluso al envilecimiento. Desde luego que para que haya este tipo de intelectuales se necesita que existan gobernantes que ven la crítica como una ofensa.
¿Cuál es entonces el sentido conceptual de la crítica que nos autoriza a sostener que la crítica como tal sólo es una? La crítica en sentido conceptual nos remite en primera instancia al planteamiento kantiano de la crítica como conocimiento y en el segundo caso a Marx quien enfatiza la crítica como denuncia
En Kant, la crítica no es mera impugnación o rechazo sino ante todo conocimiento. Para él, la crítica a la razón pura (teórica o discursiva) es una búsqueda de los fundamentos, alcances y límites del conocimiento racional, un cuestionarse hasta dónde es legítimo este conocimiento basado en la razón. En otras palabras, Kant quiere determinar las condiciones de posibilidad del conocimiento y examinar la facultad cognoscitiva de la razón.
Para Kant, conocer algo no implica de entrada emitir juicios de valor sino ante todo juicios de hecho, es decir, en principio no se trata de asumir una actitud valorativa para aceptar o condenar algo. En este problema hay un trasfondo que tiene que ver con la cuestión de la ideología y la objetividad en el sentido de que si no se separan ambos tipos de juicios, se corre el riesgo de distorsionar la realidad por un subjetivismo. Recordemos que en este punto aludíamos anteriormente a José Ortega y Gasset quien hacía una advertencia similar diciendo que la función esencial del intelectual es la de aclarar un problema y que para ello debía evitar dejarse llevar por consideraciones subjetivistas (emocionales o ideológicas) porque estaría reemplazando el análisis por el panfleto. En otras palabras, se pondría a la razón al servicio de una causa política o ideológica sin importar cuál sea, en demérito de la verdad. En un caso así, lo ideológico empañaría inevitablemente al conocimiento científico quitándole o restándole cientificidad al análisis.
Ahora bien, el problema de la objetividad del conocimiento no significa pretender una supuesta neutralidad del sujeto cayendo en la dicotomía de juicios entre los juicios de hecho y juicios de valor como querían los positivistas, pues la subjetividad como tal y los valores no se pueden evitar, pero si se puede evitar faltar deliberadamente a la verdad para acomodar las cosas a intereses ajenos a ella.
En cuanto a la crítica como denuncia, en efecto en el joven Marx se presenta la crítica como desenmascaramiento, esto es, como poner al descubierto la verdad y sacar de ello todas las consecuencias. La crítica hacia todo lo existente, hacia lo establecido, debe ser según él, despiadada, sin concesiones ni consideraciones. La crítica ha de ser radical porque lo radical es ir a la raíz de las cosas, a sus fundamentos.
En la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel de 1843, es donde Marx postula por vez primera la crítica como desenmascaramiento o denuncia. Se trata decía él, de mostrar la injusticia y provocar la indignación, es decir, de presentar con crudeza la realidad sin subterfugios, pero tampoco inventando cosas que no existen. La crítica no es entonces un fin en sí mismo, puro conocimiento o interpretación, sino que es un medio que debe llevar a la transformación revolucionaria de un orden social injusto. La praxis revolucionaria es tanto teórica como práctica.
En conclusión, la fundamentación de la crítica que aportan Kant y Marx son complementaria porque la crítica no se reduce a un problema sólo epistemológico sino que también es de índole social, por lo cual lo objetivo y lo subjetivo forman una unidad dialéctica. Por ello, reiteramos que la crítica “es la capacidad de juzgar con conocimiento de causa y con responsabilidad, es decir, opinar con base en información (datos duros), razonamiento lógico y honestidad intelectual.”
Luque2009@gmail.com
Este blog pretende ser una comunidad de aprendizaje sobre tópicos filosóficos y políticos, abiertos a cualquier persona que se interese por participar en los temas que aquí se exponen mediante comentarios críticos anotados al final del artículo del momento o enviándolos por email. Asimismo, todos mis escritos pueden ser reproducidos libremente en otros medios impresos o digitales conservando mi autoría.
domingo, 15 de febrero de 2009
lunes, 9 de febrero de 2009
El papel de la crítica y su relación con el poder
El papel de la crítica y su relación con el poder
César Ricardo Luque Santana
“Si estos (…) escritores (aduladores) hubiesen adoptado los verdaderos principios, se habrían salvado todas las dificultades y habrían sido siempre consecuentes; pero hubieran dicho por desgracia la verdad y no hubiesen hecho la corte más que al pueblo. Ahora bien, la verdad no conduce al lucro, y el pueblo no da embajadas, ni empleos, ni pensiones.” J. J. Rousseau (El Contrato Social)
En el marco de la conmemoración del 92 aniversario de Constitución Política Mexicana, Felipe Calderón se refirió en su discurso a las voces discordantes -como él les llamó- cuya crítica tachó de alarmista y catastrofista -la cual añadió- provoca un gran daño al país porque ahuyenta a los inversionistas y genera desconfianza en las instituciones al ponerlas en entredicho (sic).
Desde una visión maniquea típica de quienes carecen de una auténtica vocación democrática como es el caso del usurpador Felipe Calderón, es común que perciban la crítica independiente en esos términos. El maniqueísmo consiste en este caso en considerar que hay una crítica sana o constructiva y otra insana o destructiva per se.
Sin embargo, resulta problemático trazar una división objetiva para determinar cuándo se está en un caso y cuando en otro, al menos que se sea un petulante para arrogarse la facultad de determinar o calificar que críticas están dentro de un parámetro u otro, pues evidentemente esta actitud encierra un obvio subjetivismo y autoritarismo de quienes son objeto de la crítica, por lo que tienden invariablemente a descalificar las críticas que los incomodan pero curiosamente no muestran ninguna incomodidad con quienes los adulan.
Es decir, puestos a suponer sin conceder que la crítica oscile entre los extremos del ataque visceral y la lisonja –ambas irresponsables de suyo- se esperaría por coherencia que la reacción contra lo que consideran excesos cuando les es adversa, debería ser proporcionalmente igual contra aquellos que mienten descaradamente para halagar al gobernante en turno, puesto que estos últimos también falsean la realidad y dañan del mismo modo.
En otras palabras, en todo caso y exigiendo un mínimo de congruencia, quienes se ofenden por críticas que consideran calumniosas, deberían de tener una actitud parecida respecto a aquellos pseudo periodistas y pseudo intelectuales que los elogian inmerecidamente, pues en esta lógica ambos estarían mintiendo. Sin embargo, está claro que esto no sucede así sino que por el contrario, hay gobernantes que se empecina en anular o minimizar la crítica independiente tratando de corromper a la prensa y a algunos intelectuales para que les sirvan de alcahuetes.
Ahora bien, si bien es cierto que se puede dar un “periodismo” orientado a atacar o infamar o a adular o lisonjear a la clase política, la crítica en su sentido más riguroso no tiene que ver con la idea de ser algo deliberadamente negativo o destructivo. La crítica en sustancia es la capacidad de juzgar con conocimiento de causa y con responsabilidad, es decir, opinar con base en información (datos duros), razonamiento lógico y honestidad intelectual. ¿Una crítica así sería una crítica “constructiva”? La pregunta es en parte ociosa y en parte capciosa porque se vuelve a caer al terreno del maniqueísmo. La función del crítico es señalar las cosas como son, dar cuenta de los problemas sin subterfugios mientras que los políticos y las autoridades son los que tienen que aportar las soluciones pertinentes, razón por lo cual deben ser tolerantes, saber escuchar la crítica y rechazar a los aduladores. En este sentido, la crítica sana o constructiva, o sea, la que no tiene la intención de dañar por dañar como ellos dicen, no es la opinión que no incomoda, sino la que dice la verdad aunque incomode. En todo caso, no basta decir que una crítica es falsa si ésta no se refuta con hechos o con datos duros.
Por su parte, es importante como decía Ortega y Gasset que el intelectual –al margen de sus tendencias políticas pero sin menoscabo de ellas- entienda que su función como crítico es esclarecer los problemas dando elementos para la reflexión y en modo alguno dedicarse como un fin en sí mismo a hacer proselitismo político a favor una causa por noble que sea o a atacar sin razones a un gobierno que repudia. En este sentido es oportuno recordar a Gramsci quien decía que sólo la verdad es revolucionaria y podríamos parafrasear su dicho actualizándolo, diciendo que sólo la verdad es democrática.
La relación entre la prensa crítica y el poder es compleja pero en una sociedad que se pretende democrática debería de cancelarse los lazos perniciosos que hay entre una prensa colaboracionista y acrítica, y un poder político seductor y corruptor de los medios de comunicación que se convierten en poderes fácticos. En otras palabras, es necesario superar ese círculo vicioso que ha llegado a situaciones grotescas como aquella memorable y cínica frase del entonces presidente José López Portillo de “no pago porque me peguen”.
En consecuencia, este tipo de desplantes o reacciones virulentas de gobernantes que se empecinan en ver la vida color de rosa contra la crítica independiente a la cual quieren descalificar por decreto, conlleva un riesgo potencial de censura de la libertad de expresión. Hay desgraciadamente señales ominosas al respecto porque prevalece una línea conducta de la derecha en el poder de criminalizar la protesta política y los disensos, lo cual se está viendo en las fuertes restricciones legales introducidas en los códigos penales que se han puesto para acotar y eventualmente inhibir las luchas populares callejeras, llegando al extremo de dictar sentencias exageradas como les pasó a los líderes de la APPO oaxaqueña entre otros, o las fuertes multas al PRD y sus aliados por la toma de la tribuna de la Cámara de Diputados federal , y más recientemente, la medida ridícula e inoperante que los legisladores nayaritas hicieron para castigar lo que se ha dado por llamar como “ciberterrorismo”, independientemente de lo que causó tomar esta disposición, porque un exceso no debería ser tratado de corregir con otro exceso.
Luque2009@gmail.com
César Ricardo Luque Santana
“Si estos (…) escritores (aduladores) hubiesen adoptado los verdaderos principios, se habrían salvado todas las dificultades y habrían sido siempre consecuentes; pero hubieran dicho por desgracia la verdad y no hubiesen hecho la corte más que al pueblo. Ahora bien, la verdad no conduce al lucro, y el pueblo no da embajadas, ni empleos, ni pensiones.” J. J. Rousseau (El Contrato Social)
En el marco de la conmemoración del 92 aniversario de Constitución Política Mexicana, Felipe Calderón se refirió en su discurso a las voces discordantes -como él les llamó- cuya crítica tachó de alarmista y catastrofista -la cual añadió- provoca un gran daño al país porque ahuyenta a los inversionistas y genera desconfianza en las instituciones al ponerlas en entredicho (sic).
Desde una visión maniquea típica de quienes carecen de una auténtica vocación democrática como es el caso del usurpador Felipe Calderón, es común que perciban la crítica independiente en esos términos. El maniqueísmo consiste en este caso en considerar que hay una crítica sana o constructiva y otra insana o destructiva per se.
Sin embargo, resulta problemático trazar una división objetiva para determinar cuándo se está en un caso y cuando en otro, al menos que se sea un petulante para arrogarse la facultad de determinar o calificar que críticas están dentro de un parámetro u otro, pues evidentemente esta actitud encierra un obvio subjetivismo y autoritarismo de quienes son objeto de la crítica, por lo que tienden invariablemente a descalificar las críticas que los incomodan pero curiosamente no muestran ninguna incomodidad con quienes los adulan.
Es decir, puestos a suponer sin conceder que la crítica oscile entre los extremos del ataque visceral y la lisonja –ambas irresponsables de suyo- se esperaría por coherencia que la reacción contra lo que consideran excesos cuando les es adversa, debería ser proporcionalmente igual contra aquellos que mienten descaradamente para halagar al gobernante en turno, puesto que estos últimos también falsean la realidad y dañan del mismo modo.
En otras palabras, en todo caso y exigiendo un mínimo de congruencia, quienes se ofenden por críticas que consideran calumniosas, deberían de tener una actitud parecida respecto a aquellos pseudo periodistas y pseudo intelectuales que los elogian inmerecidamente, pues en esta lógica ambos estarían mintiendo. Sin embargo, está claro que esto no sucede así sino que por el contrario, hay gobernantes que se empecina en anular o minimizar la crítica independiente tratando de corromper a la prensa y a algunos intelectuales para que les sirvan de alcahuetes.
Ahora bien, si bien es cierto que se puede dar un “periodismo” orientado a atacar o infamar o a adular o lisonjear a la clase política, la crítica en su sentido más riguroso no tiene que ver con la idea de ser algo deliberadamente negativo o destructivo. La crítica en sustancia es la capacidad de juzgar con conocimiento de causa y con responsabilidad, es decir, opinar con base en información (datos duros), razonamiento lógico y honestidad intelectual. ¿Una crítica así sería una crítica “constructiva”? La pregunta es en parte ociosa y en parte capciosa porque se vuelve a caer al terreno del maniqueísmo. La función del crítico es señalar las cosas como son, dar cuenta de los problemas sin subterfugios mientras que los políticos y las autoridades son los que tienen que aportar las soluciones pertinentes, razón por lo cual deben ser tolerantes, saber escuchar la crítica y rechazar a los aduladores. En este sentido, la crítica sana o constructiva, o sea, la que no tiene la intención de dañar por dañar como ellos dicen, no es la opinión que no incomoda, sino la que dice la verdad aunque incomode. En todo caso, no basta decir que una crítica es falsa si ésta no se refuta con hechos o con datos duros.
Por su parte, es importante como decía Ortega y Gasset que el intelectual –al margen de sus tendencias políticas pero sin menoscabo de ellas- entienda que su función como crítico es esclarecer los problemas dando elementos para la reflexión y en modo alguno dedicarse como un fin en sí mismo a hacer proselitismo político a favor una causa por noble que sea o a atacar sin razones a un gobierno que repudia. En este sentido es oportuno recordar a Gramsci quien decía que sólo la verdad es revolucionaria y podríamos parafrasear su dicho actualizándolo, diciendo que sólo la verdad es democrática.
La relación entre la prensa crítica y el poder es compleja pero en una sociedad que se pretende democrática debería de cancelarse los lazos perniciosos que hay entre una prensa colaboracionista y acrítica, y un poder político seductor y corruptor de los medios de comunicación que se convierten en poderes fácticos. En otras palabras, es necesario superar ese círculo vicioso que ha llegado a situaciones grotescas como aquella memorable y cínica frase del entonces presidente José López Portillo de “no pago porque me peguen”.
En consecuencia, este tipo de desplantes o reacciones virulentas de gobernantes que se empecinan en ver la vida color de rosa contra la crítica independiente a la cual quieren descalificar por decreto, conlleva un riesgo potencial de censura de la libertad de expresión. Hay desgraciadamente señales ominosas al respecto porque prevalece una línea conducta de la derecha en el poder de criminalizar la protesta política y los disensos, lo cual se está viendo en las fuertes restricciones legales introducidas en los códigos penales que se han puesto para acotar y eventualmente inhibir las luchas populares callejeras, llegando al extremo de dictar sentencias exageradas como les pasó a los líderes de la APPO oaxaqueña entre otros, o las fuertes multas al PRD y sus aliados por la toma de la tribuna de la Cámara de Diputados federal , y más recientemente, la medida ridícula e inoperante que los legisladores nayaritas hicieron para castigar lo que se ha dado por llamar como “ciberterrorismo”, independientemente de lo que causó tomar esta disposición, porque un exceso no debería ser tratado de corregir con otro exceso.
Luque2009@gmail.com
domingo, 1 de febrero de 2009
El ocaso del Estado neoliberal
El ocaso del Estado neoliberal
César Ricardo Luque Santana
“Lo que los cínicos no llegan a comprender es que el suelo se ha abierto bajo sus pies, que los viejos argumentos que tanto tiempo se nos impuso ya no tienen validez.” Barack Obama
La crisis capitalista mundial como una crisis del modelo económico neoliberal, significa que dicho modelo es prácticamente insostenible como se han venido dado cuenta pueblos y mandatarios de diversos lugares del mundo, excepto los fundamentalistas del libre mercado y el conservadurismo, entre ellos los panistas que son más papistas que el Papa.
Los pueblos de Sudamérica que electoralmente han venido votando por opciones de izquierda como los casos de Chile, Argentina, Brasil, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay y recientemente Paraguay (además de Nicaragua en Centroamérica), han optado con ello por repudiar al neoliberalismo y por retornar al Estado benefactor, o en su defecto, por pulir las aristas más filosas de la economía de mercado. Incluso en los casos más radicalizados como Venezuela, Ecuador, Bolivia, y Argentina, se está tratando de construir por la vía pacífica y legal proyectos alternativos al capitalismo; mientras que los gobiernos de izquierda más moderados como Chile y Brasil, al parecer tratan de conciliar con relativo éxito la economía de mercado con la justicia social.
Desde otra perspectiva no de izquierda ni mucho menos socialista, sino enclavada en la tradición política liberal, viene siendo alentador que el flamante presidente de los Estados Unidos Barack Obama empiece a bosquejar un discurso crítico hacia el neoliberalismo económico como lo manifestó en su mensaje de toma de posesión donde reconoció abiertamente que viene siendo un error político y económico muy grave que la economía de mercado opere con impunidad, es decir, sin regularización, pues es obvio y así lo dejó entrever, de que la crisis financiera mundial ha sido ocasionada por la rapacidad de los grandes capitalistas.
Textualmente en su discurso de asunción como presidente de los Estados Unidos, Obama dijo que: “…esta crisis nos ha recordado que, sin una atenta vigilancia, el mercado puede descontrolarse, y que una nación no puede ser próspera cuando sólo favorece a los más ricos.” En ese mismo mensaje dijo también que: “nuestra economía está gravemente afectada, como consecuencia de la avaricia e irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestro fracaso colectivo en tomar las decisiones difíciles…” Recientemente continuó en esa línea de pensamiento al criticar a los grupos empresariales que se han beneficiado desmedidamente en las últimas décadas y mencionó la irresponsabilidad de éstos por su empecinamiento en seguir medrando en medio de la pobreza generalizada, del desempleo galopante, del sufrimiento de millones de personas. Dijo que era el colmo que el Citygroup pidiera un rescate financiero que se haría desde luego con dinero público, y tuvieran el cinismo de querer comprar al mismo tiempo un jet para sus ejecutivos, compra que detuvieron ante la severa crítica del presidente estadounidense. Agregó que mientras la sociedad trata de tapar el hoyo que ellos hicieron, tienen el descaro de seguir cavando.
Así, mientras Obama parece dispuesto a frenar la voracidad de los capitalistas pillos, en nuestro país el gobernador del Banco de México -el salinista Guillermo Ortiz- les ruega a los banqueros que por favor no suban las tazas de interés. Es decir, el Estado mexicano aparece como secuestrado por los grandes capitalistas mexicanos y extranjeros que controlan la economía de nuestra nación. Este y otros ejemplos como la tímida legislación de los diputados federales para impedir que los banqueros estén enviando tarjetas de crédito no solicitadas a sus clientes (entre otros abusos similares de los banqueros y otros empresarios) ponen de manifiesto que el adelgazamiento del Estado de la predica neoliberal, terminó por desaparecerlo o por transformarlo en Estado gerencial.
Pero el dichoso Estado neoliberal que se jacta de no intervenir en la economía para dejar que la “mano invisible” regule en automático al mercado, no tiene empacho en tomar medidas lesivas contra la economía de la mayoría de los ciudadanos provocándoles un mayor empobrecimiento. Recordemos las feroces campañas para gravar con IVA los alimentos y las medicinas y su dizque reforma fiscal “estructural” que consiste simple y llanamente en tratar de eximir a los empresarios de pagar impuestos para pasarles la factura a los consumidores. Esto no sólo con la complacencia del supuesto Estado, sino con la alcahuetería de intelectuales y comunicadores que le venden (así se dice en la jerga mercantilista) el embuste a los mexicanos de que van a mejorar empeorando. Sí, lo leyó usted bien, porque dicen que si los trabajadores exigen mejores salarios, entonces ponen en riesgo su empleo y provocan inflación. Este es un ejemplo grotesco de los muchos que constantemente lanzan envueltos en una fraseología tecnicista y que sólo creen los aturdidos. ¿Cómo creer que si tengo un mejor ingreso económico voy a empeorar?, ¿cómo creer que los precios suben por culpa de los consumidores y no de los productores y comerciantes quienes son los que deciden las alzas de los precios de las mercancías? Evidentemente las “leyes” económicas no surgen espontáneamente ni responden a un proceso mecánico y por tanto inevitable o eterno, sino que dependen de ciertas voluntades humanas (aunque deshumanizadas), es decir, de quienes detentan el poder económico y político y no se sacian de enriquecerse desmedidamente, ni se conmueven de la miseria, dolor y desolación que provocan a miles de millones de personas en el mundo.
El mito de la “mano invisible” es como tal a todas luces irracional porque responde al pensamiento mágico y en modo alguno puede ser asumido como concepto y menos como un hecho o realidad. La economía es una construcción cultural, artificial, y si bien su instauración y funcionamiento cotidiano se impone u opera con implacable necesidad, no constituye un proceso ciego como los procesos naturales, por más que genere esa ilusión dado su irracionalismo el cual está fundado en la codicia de las minorías poderosas, razón por la cual no es algo natural. En consecuencia, las leyes del mercado o del capital no las mueve ninguna mano invisible, sino elites de poder económico y político que determinan a su conveniencia la economía provocando deliberadamente una cada vez más injusta distribución de la riqueza. La esencia del neoliberalismo consiste por ello en socializar las pérdidas y privatizar las ganancias.
Sin embargo, el Estado sólo se justifica o sólo existe si defiende a la sociedad, es decir, si defiende el interés de las mayorías. El Estado surge ciertamente para legalizar la propiedad privada y la desigualdad social, pero su carácter de clase no es a rajatabla, sino que en cierto modo se asume como un arbitro entre los particulares para evitar que los conflictos entre éstos pongan en riesgo la cohesión social. Del mismo modo, tampoco es un mero árbitro neutral o imparcial como pretendía el liberalismo romanticista del siglo XVIII.
Antonio Gramsci decía que el Estado se integra por la violencia legal y el consenso, que al contrario de cómo sostenía el marxismo vulgar que veía al Estado como un mero reflejo mecánico de la estructura económica y exageraba el aspecto clasista, Gramsci sostenía que ningún Estado podría sostenerse sólo mediante la violencia (o sea, sirviendo sólo a un grupo social en detrimento de los demás) sino que necesitaba del consenso o asentimiento de la mayoría de la población.
Pero hasta ahora la derecha conservadora y neoliberal priísta y panista ha estado descaradamente al servicio de los poderosos, dejándolos hacer lo que les plazca, provocando el deterioro del tejido social, criminalizando la protesta política para contenerla y transformando el consenso en sentido gramsciano en vil mercadotecnia.
Tenemos en consecuencia que el Estado neoliberal es brutalmente clasista pero encubre su faceta represiva con base en la manipulación a través de los medios masivos de comunicación y otras formas de control como los programas sociales asistencialistas y clientelares. En otras palabras, el pretendido consenso está basado en la manipulación de la conciencia ciudadana por múltiples fuentes que le fomentan la mansedumbre, le dan entretenimiento para que se distraiga y le hacen creer que las medidas del gobierno son por el bien de la sociedad aunque los hechos digan lo contrario. El caso es que el engaño les funciona bien al grado de que las víctimas del capitalismo siguen votando por sus victimarios o se mantienen al margen de la participación como idiotas, dicho sea sin ánimo de ofender, pues los idiotas entre los griegos eran los que se abstenían de participar prefiriendo las frivolidades a la participación política. De este modo, por ignorancia, omisión y complicidad se mantiene en México la política económica neoliberal, aunque también en virtud del fraude electoral del 2006.
César Ricardo Luque Santana
“Lo que los cínicos no llegan a comprender es que el suelo se ha abierto bajo sus pies, que los viejos argumentos que tanto tiempo se nos impuso ya no tienen validez.” Barack Obama
La crisis capitalista mundial como una crisis del modelo económico neoliberal, significa que dicho modelo es prácticamente insostenible como se han venido dado cuenta pueblos y mandatarios de diversos lugares del mundo, excepto los fundamentalistas del libre mercado y el conservadurismo, entre ellos los panistas que son más papistas que el Papa.
Los pueblos de Sudamérica que electoralmente han venido votando por opciones de izquierda como los casos de Chile, Argentina, Brasil, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay y recientemente Paraguay (además de Nicaragua en Centroamérica), han optado con ello por repudiar al neoliberalismo y por retornar al Estado benefactor, o en su defecto, por pulir las aristas más filosas de la economía de mercado. Incluso en los casos más radicalizados como Venezuela, Ecuador, Bolivia, y Argentina, se está tratando de construir por la vía pacífica y legal proyectos alternativos al capitalismo; mientras que los gobiernos de izquierda más moderados como Chile y Brasil, al parecer tratan de conciliar con relativo éxito la economía de mercado con la justicia social.
Desde otra perspectiva no de izquierda ni mucho menos socialista, sino enclavada en la tradición política liberal, viene siendo alentador que el flamante presidente de los Estados Unidos Barack Obama empiece a bosquejar un discurso crítico hacia el neoliberalismo económico como lo manifestó en su mensaje de toma de posesión donde reconoció abiertamente que viene siendo un error político y económico muy grave que la economía de mercado opere con impunidad, es decir, sin regularización, pues es obvio y así lo dejó entrever, de que la crisis financiera mundial ha sido ocasionada por la rapacidad de los grandes capitalistas.
Textualmente en su discurso de asunción como presidente de los Estados Unidos, Obama dijo que: “…esta crisis nos ha recordado que, sin una atenta vigilancia, el mercado puede descontrolarse, y que una nación no puede ser próspera cuando sólo favorece a los más ricos.” En ese mismo mensaje dijo también que: “nuestra economía está gravemente afectada, como consecuencia de la avaricia e irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestro fracaso colectivo en tomar las decisiones difíciles…” Recientemente continuó en esa línea de pensamiento al criticar a los grupos empresariales que se han beneficiado desmedidamente en las últimas décadas y mencionó la irresponsabilidad de éstos por su empecinamiento en seguir medrando en medio de la pobreza generalizada, del desempleo galopante, del sufrimiento de millones de personas. Dijo que era el colmo que el Citygroup pidiera un rescate financiero que se haría desde luego con dinero público, y tuvieran el cinismo de querer comprar al mismo tiempo un jet para sus ejecutivos, compra que detuvieron ante la severa crítica del presidente estadounidense. Agregó que mientras la sociedad trata de tapar el hoyo que ellos hicieron, tienen el descaro de seguir cavando.
Así, mientras Obama parece dispuesto a frenar la voracidad de los capitalistas pillos, en nuestro país el gobernador del Banco de México -el salinista Guillermo Ortiz- les ruega a los banqueros que por favor no suban las tazas de interés. Es decir, el Estado mexicano aparece como secuestrado por los grandes capitalistas mexicanos y extranjeros que controlan la economía de nuestra nación. Este y otros ejemplos como la tímida legislación de los diputados federales para impedir que los banqueros estén enviando tarjetas de crédito no solicitadas a sus clientes (entre otros abusos similares de los banqueros y otros empresarios) ponen de manifiesto que el adelgazamiento del Estado de la predica neoliberal, terminó por desaparecerlo o por transformarlo en Estado gerencial.
Pero el dichoso Estado neoliberal que se jacta de no intervenir en la economía para dejar que la “mano invisible” regule en automático al mercado, no tiene empacho en tomar medidas lesivas contra la economía de la mayoría de los ciudadanos provocándoles un mayor empobrecimiento. Recordemos las feroces campañas para gravar con IVA los alimentos y las medicinas y su dizque reforma fiscal “estructural” que consiste simple y llanamente en tratar de eximir a los empresarios de pagar impuestos para pasarles la factura a los consumidores. Esto no sólo con la complacencia del supuesto Estado, sino con la alcahuetería de intelectuales y comunicadores que le venden (así se dice en la jerga mercantilista) el embuste a los mexicanos de que van a mejorar empeorando. Sí, lo leyó usted bien, porque dicen que si los trabajadores exigen mejores salarios, entonces ponen en riesgo su empleo y provocan inflación. Este es un ejemplo grotesco de los muchos que constantemente lanzan envueltos en una fraseología tecnicista y que sólo creen los aturdidos. ¿Cómo creer que si tengo un mejor ingreso económico voy a empeorar?, ¿cómo creer que los precios suben por culpa de los consumidores y no de los productores y comerciantes quienes son los que deciden las alzas de los precios de las mercancías? Evidentemente las “leyes” económicas no surgen espontáneamente ni responden a un proceso mecánico y por tanto inevitable o eterno, sino que dependen de ciertas voluntades humanas (aunque deshumanizadas), es decir, de quienes detentan el poder económico y político y no se sacian de enriquecerse desmedidamente, ni se conmueven de la miseria, dolor y desolación que provocan a miles de millones de personas en el mundo.
El mito de la “mano invisible” es como tal a todas luces irracional porque responde al pensamiento mágico y en modo alguno puede ser asumido como concepto y menos como un hecho o realidad. La economía es una construcción cultural, artificial, y si bien su instauración y funcionamiento cotidiano se impone u opera con implacable necesidad, no constituye un proceso ciego como los procesos naturales, por más que genere esa ilusión dado su irracionalismo el cual está fundado en la codicia de las minorías poderosas, razón por la cual no es algo natural. En consecuencia, las leyes del mercado o del capital no las mueve ninguna mano invisible, sino elites de poder económico y político que determinan a su conveniencia la economía provocando deliberadamente una cada vez más injusta distribución de la riqueza. La esencia del neoliberalismo consiste por ello en socializar las pérdidas y privatizar las ganancias.
Sin embargo, el Estado sólo se justifica o sólo existe si defiende a la sociedad, es decir, si defiende el interés de las mayorías. El Estado surge ciertamente para legalizar la propiedad privada y la desigualdad social, pero su carácter de clase no es a rajatabla, sino que en cierto modo se asume como un arbitro entre los particulares para evitar que los conflictos entre éstos pongan en riesgo la cohesión social. Del mismo modo, tampoco es un mero árbitro neutral o imparcial como pretendía el liberalismo romanticista del siglo XVIII.
Antonio Gramsci decía que el Estado se integra por la violencia legal y el consenso, que al contrario de cómo sostenía el marxismo vulgar que veía al Estado como un mero reflejo mecánico de la estructura económica y exageraba el aspecto clasista, Gramsci sostenía que ningún Estado podría sostenerse sólo mediante la violencia (o sea, sirviendo sólo a un grupo social en detrimento de los demás) sino que necesitaba del consenso o asentimiento de la mayoría de la población.
Pero hasta ahora la derecha conservadora y neoliberal priísta y panista ha estado descaradamente al servicio de los poderosos, dejándolos hacer lo que les plazca, provocando el deterioro del tejido social, criminalizando la protesta política para contenerla y transformando el consenso en sentido gramsciano en vil mercadotecnia.
Tenemos en consecuencia que el Estado neoliberal es brutalmente clasista pero encubre su faceta represiva con base en la manipulación a través de los medios masivos de comunicación y otras formas de control como los programas sociales asistencialistas y clientelares. En otras palabras, el pretendido consenso está basado en la manipulación de la conciencia ciudadana por múltiples fuentes que le fomentan la mansedumbre, le dan entretenimiento para que se distraiga y le hacen creer que las medidas del gobierno son por el bien de la sociedad aunque los hechos digan lo contrario. El caso es que el engaño les funciona bien al grado de que las víctimas del capitalismo siguen votando por sus victimarios o se mantienen al margen de la participación como idiotas, dicho sea sin ánimo de ofender, pues los idiotas entre los griegos eran los que se abstenían de participar prefiriendo las frivolidades a la participación política. De este modo, por ignorancia, omisión y complicidad se mantiene en México la política económica neoliberal, aunque también en virtud del fraude electoral del 2006.
domingo, 25 de enero de 2009
Los atavismos del catolicismo
Los atavismos del catolicismo
César Ricardo Luque Santana
"No basta decir solamente la verdad, mas conviene mostrar la causa de la falsedad."
Aristóteles
El investigador y divulgador de la ciencia Javier Flores pregunta en su colaboración del día 20 de enero del presente año en el periódico La Jornada, cuál es el propósito que persigue la Iglesia católica con su empecinamiento de proponer y de querer imponer un solo modelo de familia, es decir, ¿qué ganan con ello? Él dice que no tiene una respuesta propia al respecto y que las ya conocidas como las referidas al inveterado interés de la Iglesia por el control de la sexualidad y por el control político mediatizador le resultan insatisfactorias. A continuación, retomaré algunos de sus planteamientos para tratar de aportar algunos elementos a esta interesante cuestión.
En términos de mera propuesta, desde luego que los católicos tradicionalistas tienen derecho a defender un modelo de familia específico, pero el problema es su empecinamiento por querer imponerlo a todos sin excepción. En el primer caso, sostienen que tal es la voluntad de Dios; mientras que en el segundo, consideran que es el más conveniente para la sociedad. Pero, ¿cuál es concreto ese modelo de familia que defiende el Vaticano? La familia nuclear heterosexual de tipo paternalista, es decir, de papá proveedor y mamá ama de casa e hijos en la escuela. Sin embargo este tipo de familia tiende a disminuir de manera drástica por factores diversos. De hecho aceptan a regañadientes que la mujer también tenga un trabajo como el hombre, pero aún le asignan una doble jornada laboral porque su empleo o autoempleo que le permite obtener un percepción económica, no la exime de “su” responsabilidad de atender el hogar, es decir, de cuidar a los hijos y cargar de manera principal con los quehaceres domésticos.
Sin embargo, antes del cristianismo y posterior a su surgimiento, la humanidad ha conocido muchas formas de organización familiar, lo que haría inútil querer forzar a todos o a la mayoría a ceñirse a un sólo modelo, de ahí que la pregunta de Javier Flores sea pertinente, pues si comparamos su otra bandera de lucha permanente que es querer intervenir en la educación pública incrustando la religión (la suya por supuesto), se puede saber a ciencia cierta la ganancia que les representa, la cual consiste en apoderarse de las mentes infantiles para su causa. Las consecuencias de la intromisión de la religión –sea la que sea- en la educación pública, significa de entrada la supresión de la libertad de pensamiento entre otros efectos negativos para la ciencia y la vida democrática.
El asunto es que con este tipo de presiones políticas que la Iglesia católica ejerce en las sociedades donde el catolicismo es numéricamente importante (particularmente en aquellas donde hay gobiernos de derecha proclives a él), muestra como está anclada en intereses estrictamente terrenales aunque lo disfracen de empresas espirituales, pues queda claro que la evangelización es asumida por ellos con intenciones de dominio político. De ahí a que como se dijo en el artículo anterior muestren en estos puntos una actitud irredenta hacia el Estado laico.
Javier Flores alude como un posible motivo el intento de controlar la sexualidad de las personas, pues es evidente que sus posturas en aspectos de esta naturaleza son similares, por ejemplo: su rechazo al uso del condón, de los métodos anticonceptivos vía fármacos, contra el aborto, etc., promoviendo al mismo tiempo la castidad y la abstinencia sexual. La condena al placer sexual es una constante del pensamiento conservador, por ello consideran que las relaciones sexuales sólo son válidas dentro del matrimonio o hacen énfasis en el aspecto reproductivo de las mismas. Todos estos planteamientos son refutables tanto científica como moralmente, porque por ejemplo, se dicen defensores de la vida (en abstracto) al oponerse al aborto o interrupción del embarazo (también con posturas absolutistas), pero se contradicen cuando condenan la inseminación artificial no obstante que mediante ella se trae vida. Sin embargo, alguien podría objetarme diciendo que defienden una postura “naturalista”, pero si ello es así, tendrían que condenar a las ciencias de la salud a las cuales seguramente recurren cuando les es necesario.
En este punto recordemos que su oposición a la eutanasia es también contradictoria, pues se oponen a que una persona desahuciada tenga una muerte asistida que le evite un sufrimiento físico prolongandolo innecesariamente, sin reparar que en esas condiciones (por ejemplo con vida vegetativa), la vida no es propiamente vida. La contradicción consiste en que se oponen a poner fin al sufrimiento de una persona desahuciada utilizando medios artificiales para provocarle una muerte digna, pero obligan paradójicamente a que se le mantenga artificialmente con vida conectada a mangueras por todos lados. A lo que voy es que en un animo purista, los curas que defienden posiciones dizque muy tradicionalistas, no dejan de recurrir y de beneficiarse de la ciencia cuantas veces les es necesario. En otras palabras, su absolutismo paradójicamente es muy relativo pues lo aplican de manera focalizada y a conveniencia
Volviendo al quid de la cuestión en lo que respecta a la respuesta de tipo político, se dice que la Iglesia quiere mediante este tipo de postura perpetuar su poder, pero señala que tampoco ella le convence. En lo personal comparto esta insatisfacción porque es obvio que con sus posturas retrogradas están lejos de afianzar poder. Lo lógico es que con tantas prohibiciones absurdas tiendan a perderlo. En este sentido, se antoja que la estrategia política más adecuada para sobrevivir sería decantarse por un rediseño institucional en vez de aferrarse a atavismos anacrónicos.
Mi opinión es que la Iglesia siempre ha sido muy terrenal y no puede verse a sí misma sin sus vínculos con el poder económico y político, particularmente aquel que le es ideológicamente afín. Creo que el conservadurismo del Vaticano ha sido un complemento político del neoliberalismo económico, retomado en consecuencia su original y tradicional vocación pastoral de predicar la mansedumbre en los desposeídos para tratar de inmovilizarlos políticamente, exactamente al contrario de lo que intentó en su momento la Teología de la Liberación que manifestó una preferencia militante por los más pobres. Creo que el clero conservador hegemónico desde Juan Pablo II se quedó en la inercia de su complicidad con los neoliberales y ambos se resisten a reconocer que están equivocados.
En consecuencia, para responder a la pregunta de Javier Flores no encuentro otro criterio que hacer una lectura estrictamente política porque la Iglesia es y ha sido una institución esencialmente política. Desde esa perspectiva supongo que el clero conservador puede considerar que la admisión de otras formas de familias que evidentemente no pueden ser descalificadas sin incurrir en falacias, podría no respaldar sus posturas derechistas, de ahí que prefieran asustar con el petate del muerto sin reparar que su actitud excluyente le es contraproducente porque mina su proyección universalista. Lo que también creo es que fortaleza del catolicismo al parecer va de la mano de la ignorancia y la pobreza de los pueblos, de ahí su marcado interés por Latinoamérica.
luque2009@gmail.com
César Ricardo Luque Santana
"No basta decir solamente la verdad, mas conviene mostrar la causa de la falsedad."
Aristóteles
El investigador y divulgador de la ciencia Javier Flores pregunta en su colaboración del día 20 de enero del presente año en el periódico La Jornada, cuál es el propósito que persigue la Iglesia católica con su empecinamiento de proponer y de querer imponer un solo modelo de familia, es decir, ¿qué ganan con ello? Él dice que no tiene una respuesta propia al respecto y que las ya conocidas como las referidas al inveterado interés de la Iglesia por el control de la sexualidad y por el control político mediatizador le resultan insatisfactorias. A continuación, retomaré algunos de sus planteamientos para tratar de aportar algunos elementos a esta interesante cuestión.
En términos de mera propuesta, desde luego que los católicos tradicionalistas tienen derecho a defender un modelo de familia específico, pero el problema es su empecinamiento por querer imponerlo a todos sin excepción. En el primer caso, sostienen que tal es la voluntad de Dios; mientras que en el segundo, consideran que es el más conveniente para la sociedad. Pero, ¿cuál es concreto ese modelo de familia que defiende el Vaticano? La familia nuclear heterosexual de tipo paternalista, es decir, de papá proveedor y mamá ama de casa e hijos en la escuela. Sin embargo este tipo de familia tiende a disminuir de manera drástica por factores diversos. De hecho aceptan a regañadientes que la mujer también tenga un trabajo como el hombre, pero aún le asignan una doble jornada laboral porque su empleo o autoempleo que le permite obtener un percepción económica, no la exime de “su” responsabilidad de atender el hogar, es decir, de cuidar a los hijos y cargar de manera principal con los quehaceres domésticos.
Sin embargo, antes del cristianismo y posterior a su surgimiento, la humanidad ha conocido muchas formas de organización familiar, lo que haría inútil querer forzar a todos o a la mayoría a ceñirse a un sólo modelo, de ahí que la pregunta de Javier Flores sea pertinente, pues si comparamos su otra bandera de lucha permanente que es querer intervenir en la educación pública incrustando la religión (la suya por supuesto), se puede saber a ciencia cierta la ganancia que les representa, la cual consiste en apoderarse de las mentes infantiles para su causa. Las consecuencias de la intromisión de la religión –sea la que sea- en la educación pública, significa de entrada la supresión de la libertad de pensamiento entre otros efectos negativos para la ciencia y la vida democrática.
El asunto es que con este tipo de presiones políticas que la Iglesia católica ejerce en las sociedades donde el catolicismo es numéricamente importante (particularmente en aquellas donde hay gobiernos de derecha proclives a él), muestra como está anclada en intereses estrictamente terrenales aunque lo disfracen de empresas espirituales, pues queda claro que la evangelización es asumida por ellos con intenciones de dominio político. De ahí a que como se dijo en el artículo anterior muestren en estos puntos una actitud irredenta hacia el Estado laico.
Javier Flores alude como un posible motivo el intento de controlar la sexualidad de las personas, pues es evidente que sus posturas en aspectos de esta naturaleza son similares, por ejemplo: su rechazo al uso del condón, de los métodos anticonceptivos vía fármacos, contra el aborto, etc., promoviendo al mismo tiempo la castidad y la abstinencia sexual. La condena al placer sexual es una constante del pensamiento conservador, por ello consideran que las relaciones sexuales sólo son válidas dentro del matrimonio o hacen énfasis en el aspecto reproductivo de las mismas. Todos estos planteamientos son refutables tanto científica como moralmente, porque por ejemplo, se dicen defensores de la vida (en abstracto) al oponerse al aborto o interrupción del embarazo (también con posturas absolutistas), pero se contradicen cuando condenan la inseminación artificial no obstante que mediante ella se trae vida. Sin embargo, alguien podría objetarme diciendo que defienden una postura “naturalista”, pero si ello es así, tendrían que condenar a las ciencias de la salud a las cuales seguramente recurren cuando les es necesario.
En este punto recordemos que su oposición a la eutanasia es también contradictoria, pues se oponen a que una persona desahuciada tenga una muerte asistida que le evite un sufrimiento físico prolongandolo innecesariamente, sin reparar que en esas condiciones (por ejemplo con vida vegetativa), la vida no es propiamente vida. La contradicción consiste en que se oponen a poner fin al sufrimiento de una persona desahuciada utilizando medios artificiales para provocarle una muerte digna, pero obligan paradójicamente a que se le mantenga artificialmente con vida conectada a mangueras por todos lados. A lo que voy es que en un animo purista, los curas que defienden posiciones dizque muy tradicionalistas, no dejan de recurrir y de beneficiarse de la ciencia cuantas veces les es necesario. En otras palabras, su absolutismo paradójicamente es muy relativo pues lo aplican de manera focalizada y a conveniencia
Volviendo al quid de la cuestión en lo que respecta a la respuesta de tipo político, se dice que la Iglesia quiere mediante este tipo de postura perpetuar su poder, pero señala que tampoco ella le convence. En lo personal comparto esta insatisfacción porque es obvio que con sus posturas retrogradas están lejos de afianzar poder. Lo lógico es que con tantas prohibiciones absurdas tiendan a perderlo. En este sentido, se antoja que la estrategia política más adecuada para sobrevivir sería decantarse por un rediseño institucional en vez de aferrarse a atavismos anacrónicos.
Mi opinión es que la Iglesia siempre ha sido muy terrenal y no puede verse a sí misma sin sus vínculos con el poder económico y político, particularmente aquel que le es ideológicamente afín. Creo que el conservadurismo del Vaticano ha sido un complemento político del neoliberalismo económico, retomado en consecuencia su original y tradicional vocación pastoral de predicar la mansedumbre en los desposeídos para tratar de inmovilizarlos políticamente, exactamente al contrario de lo que intentó en su momento la Teología de la Liberación que manifestó una preferencia militante por los más pobres. Creo que el clero conservador hegemónico desde Juan Pablo II se quedó en la inercia de su complicidad con los neoliberales y ambos se resisten a reconocer que están equivocados.
En consecuencia, para responder a la pregunta de Javier Flores no encuentro otro criterio que hacer una lectura estrictamente política porque la Iglesia es y ha sido una institución esencialmente política. Desde esa perspectiva supongo que el clero conservador puede considerar que la admisión de otras formas de familias que evidentemente no pueden ser descalificadas sin incurrir en falacias, podría no respaldar sus posturas derechistas, de ahí que prefieran asustar con el petate del muerto sin reparar que su actitud excluyente le es contraproducente porque mina su proyección universalista. Lo que también creo es que fortaleza del catolicismo al parecer va de la mano de la ignorancia y la pobreza de los pueblos, de ahí su marcado interés por Latinoamérica.
luque2009@gmail.com
domingo, 18 de enero de 2009
La sagrada familia
La sagrada familia
César Ricardo Luque Santana
Recientemente se llevó al cabo en la Ciudad de México el “VI encuentro mundial de las familias” que organizó la Iglesia católica, donde el alto clero expuso sus posturas conservadoras ya conocidas acerca de la familia, el matrimonio, la sexualidad, la cuestión moral, la educación religiosa, entre otras, sin mayores argumentos que invocar un supuesto derecho natural como fundamento de sus concepciones y con la intencionalidad manifiesta de socavar el Estado laico.
En este sentido, dichas posiciones fueron una retahíla de anacronismos e incongruencias esgrimidas desde la típica doble moral que caracteriza al alto clero católico, vertiendo asimismo unas dosis de fundamentalismo y totalitarismo que los exhibe como irredentos respecto a la separación Iglesia – Estado. Para ellos nada de que “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios”.
En esta ocasión, comentaré brevemente sus nociones respecto a la familia y mostraré por qué sus planteamientos son esencialmente falsos, hipócritas y peligrosos para una vida democrática que sólo el Estado laico puede garantizar.
Respecto a su idea de la familia, consideran que sólo hay un modelo verdadero y que cualquier forma de unión conyugal que no esté dentro de sus parámetros está equivocada y debe ser por tanto estigmatizada, asumiendo con ello que los valores religiosos católicos son los únicos universalmente válidos, entendiendo por universal, el monopolio de los valores morales desde su perspectiva. La familia según su visión, sólo puede consistir en la pareja heterosexual en matrimonio sacramentado por la Iglesia católica y que vive conforme los valores cristianos, como por ejemplo, ejercer la sexualidad con fines reproductivos poniendo al placer en segundo término o de plano negándola. Con base en ello, aseveran que las familias desintegradas o disfuncionales, o peor aún, que muchos problemas de violencia y delincuencia en la sociedad, tienen que ver con no ceñirse a dicho modelo de familia, afirmación evidentemente insostenible. En resumen, la familia católica es virtuosa por eso sólo hecho y las familias ajenas a esa doctrina están descalificadas de antemano por obra y gracia de un esencialismo arbitrario.
Evidentemente, esta visión de la familia es vaga, estrecha, abstracta y falsa, además de retrograda en la medida en que amenaza derechos conquistados como el divorcio, la educación laica y otros, pero sobretodo porque tiene la pretensión nada disfrazada, de imponer las concepciones de una religión específica a una sociedad de naturaleza plural, haciendo prevalecer concepciones religiosas parciales (que en todo caso sólo deben asumir sus feligreses si así lo desean) como leyes civiles, sin importarles la pluralidad cultural de la sociedad, como es el caso de su empecinamiento a imponer la educación religiosa (léase católica) a todos sin excepción.
En efecto, no obstante que en México al menos el 80% de la población manifiesta ser católica, los índices de divorcio, violencia intrafamiliar y otros, ocurren por lógica en gran medida a personas de confesión católica. Se sabe por otra parte de familias dedicadas a la delincuencia organizada (el secuestro y el narcotráfico por ejemplo) son muy unidas e incluso muy religiosas (normalmente católicas), es decir, nada desintegradas. Hay muchos contraejemplos más que demuestran la vacuidad e incongruencia de las posturas esgrimidas en el mencionado evento de los católicos, como los casos de de las narcolimosnas que ellos mismos reconocieron que recibían con la “justificación” de que ese dinero sucio se purificaba al entrar a las arcas de la Iglesia, o la protección a curas pederastas mediante el encubrimiento activo o el silencio cómplice. Es evidente que el alto clero incurre en una doble moral, pues incluso su condena del homosexualismo resulta hipócrita e injusta. Tampoco reconocen que parte significativa de la erosión de las familias se da por la miseria económica que provoca el capitalismo neoliberal, compartiendo con las derechas neoliberales y conservadoras la promoción de políticas subsidiarias en vez de abogar porque el Estado cumpla los derechos sociales constitucionales de los mexicanos que evitarían los altos índices de pobreza y sus nefastas consecuencias.
La realidad social es otra y es desde luego más compleja que las simplificaciones a que pretenden reducirla. En efecto, la sociedad actual muestra muchos tipos de familia: madres solteras, matrimonios que profesan otras religiones o ninguna, uniones heterosexuales libres, e incluso parejas homosexuales que se hallan en unión conyugal, entre otras modalidades, muchas de las cuales viven una relación estable económica y emocional, e incluso que son felices, con sólidos principios morales pero sobretodo congruentes con los mismos; mientras que en contraste, algunas familias católicas padecen problemas de desintegración, violencia intrafamiliar y otros. Sin embargo, según los criterios fundamentalistas de la jerarquía católica, en ambos caso no sería así sólo por el hecho de que los primeros no profesan la religión católica y los segundos sí. Es decir, si la realidad no es como la imagina el alto clero, peor para la realidad. En rigor, en un caso y otro no tiene nada que ver en forma per se, ser católico o no, pues desde luego hay muchos católicos (y en sí creyentes de diversas religiones) que son magníficas personas; mientras que personas de otras religiones o ninguna pueden ser malas personas. Sin embargo, no se trata sólo de exigir ser congruente con los principios que uno dice tener, sino de valorar la pertinencia de esos principios mismos, y en mi opinión, al margen de la doble moral de la mayoría de los altos jerarcas católicos, sus posturas (como la relativa a la familia y la educación) son en sí mismas deleznables y erróneas.
Por último, la familia -pese al manto sagrado que pretenden colgarle- tiene un origen artificial (cultural) y un fin y una función mundana como bien lo señaló Federico Engels en su obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”. En efecto, la familia nuclear o monogámica surge al imponerse el patriarcado y desarrollarse las desigualdades sociales donde unos cuantos acumulan riqueza personal y poder, pero necesitan saber quienes son sus hijos legítimos para heredarles su fortuna. La familia monogámica nació con ese interés, pero no canceló el derecho de facto del hombre poderoso de tener muchas mujeres u otras prácticas sexuales, pues la instauración histórica de la familia monogámica no supuso la igualdad de la mujer sino su sometimiento, asunto que desde luego no tocan porque siguen dándole al hombre un papel en el matrimonio, en la vida social y religiosa, no sólo diferente, sino superior al de la mujer.
luque2009@gmail.com
César Ricardo Luque Santana
Recientemente se llevó al cabo en la Ciudad de México el “VI encuentro mundial de las familias” que organizó la Iglesia católica, donde el alto clero expuso sus posturas conservadoras ya conocidas acerca de la familia, el matrimonio, la sexualidad, la cuestión moral, la educación religiosa, entre otras, sin mayores argumentos que invocar un supuesto derecho natural como fundamento de sus concepciones y con la intencionalidad manifiesta de socavar el Estado laico.
En este sentido, dichas posiciones fueron una retahíla de anacronismos e incongruencias esgrimidas desde la típica doble moral que caracteriza al alto clero católico, vertiendo asimismo unas dosis de fundamentalismo y totalitarismo que los exhibe como irredentos respecto a la separación Iglesia – Estado. Para ellos nada de que “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios”.
En esta ocasión, comentaré brevemente sus nociones respecto a la familia y mostraré por qué sus planteamientos son esencialmente falsos, hipócritas y peligrosos para una vida democrática que sólo el Estado laico puede garantizar.
Respecto a su idea de la familia, consideran que sólo hay un modelo verdadero y que cualquier forma de unión conyugal que no esté dentro de sus parámetros está equivocada y debe ser por tanto estigmatizada, asumiendo con ello que los valores religiosos católicos son los únicos universalmente válidos, entendiendo por universal, el monopolio de los valores morales desde su perspectiva. La familia según su visión, sólo puede consistir en la pareja heterosexual en matrimonio sacramentado por la Iglesia católica y que vive conforme los valores cristianos, como por ejemplo, ejercer la sexualidad con fines reproductivos poniendo al placer en segundo término o de plano negándola. Con base en ello, aseveran que las familias desintegradas o disfuncionales, o peor aún, que muchos problemas de violencia y delincuencia en la sociedad, tienen que ver con no ceñirse a dicho modelo de familia, afirmación evidentemente insostenible. En resumen, la familia católica es virtuosa por eso sólo hecho y las familias ajenas a esa doctrina están descalificadas de antemano por obra y gracia de un esencialismo arbitrario.
Evidentemente, esta visión de la familia es vaga, estrecha, abstracta y falsa, además de retrograda en la medida en que amenaza derechos conquistados como el divorcio, la educación laica y otros, pero sobretodo porque tiene la pretensión nada disfrazada, de imponer las concepciones de una religión específica a una sociedad de naturaleza plural, haciendo prevalecer concepciones religiosas parciales (que en todo caso sólo deben asumir sus feligreses si así lo desean) como leyes civiles, sin importarles la pluralidad cultural de la sociedad, como es el caso de su empecinamiento a imponer la educación religiosa (léase católica) a todos sin excepción.
En efecto, no obstante que en México al menos el 80% de la población manifiesta ser católica, los índices de divorcio, violencia intrafamiliar y otros, ocurren por lógica en gran medida a personas de confesión católica. Se sabe por otra parte de familias dedicadas a la delincuencia organizada (el secuestro y el narcotráfico por ejemplo) son muy unidas e incluso muy religiosas (normalmente católicas), es decir, nada desintegradas. Hay muchos contraejemplos más que demuestran la vacuidad e incongruencia de las posturas esgrimidas en el mencionado evento de los católicos, como los casos de de las narcolimosnas que ellos mismos reconocieron que recibían con la “justificación” de que ese dinero sucio se purificaba al entrar a las arcas de la Iglesia, o la protección a curas pederastas mediante el encubrimiento activo o el silencio cómplice. Es evidente que el alto clero incurre en una doble moral, pues incluso su condena del homosexualismo resulta hipócrita e injusta. Tampoco reconocen que parte significativa de la erosión de las familias se da por la miseria económica que provoca el capitalismo neoliberal, compartiendo con las derechas neoliberales y conservadoras la promoción de políticas subsidiarias en vez de abogar porque el Estado cumpla los derechos sociales constitucionales de los mexicanos que evitarían los altos índices de pobreza y sus nefastas consecuencias.
La realidad social es otra y es desde luego más compleja que las simplificaciones a que pretenden reducirla. En efecto, la sociedad actual muestra muchos tipos de familia: madres solteras, matrimonios que profesan otras religiones o ninguna, uniones heterosexuales libres, e incluso parejas homosexuales que se hallan en unión conyugal, entre otras modalidades, muchas de las cuales viven una relación estable económica y emocional, e incluso que son felices, con sólidos principios morales pero sobretodo congruentes con los mismos; mientras que en contraste, algunas familias católicas padecen problemas de desintegración, violencia intrafamiliar y otros. Sin embargo, según los criterios fundamentalistas de la jerarquía católica, en ambos caso no sería así sólo por el hecho de que los primeros no profesan la religión católica y los segundos sí. Es decir, si la realidad no es como la imagina el alto clero, peor para la realidad. En rigor, en un caso y otro no tiene nada que ver en forma per se, ser católico o no, pues desde luego hay muchos católicos (y en sí creyentes de diversas religiones) que son magníficas personas; mientras que personas de otras religiones o ninguna pueden ser malas personas. Sin embargo, no se trata sólo de exigir ser congruente con los principios que uno dice tener, sino de valorar la pertinencia de esos principios mismos, y en mi opinión, al margen de la doble moral de la mayoría de los altos jerarcas católicos, sus posturas (como la relativa a la familia y la educación) son en sí mismas deleznables y erróneas.
Por último, la familia -pese al manto sagrado que pretenden colgarle- tiene un origen artificial (cultural) y un fin y una función mundana como bien lo señaló Federico Engels en su obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”. En efecto, la familia nuclear o monogámica surge al imponerse el patriarcado y desarrollarse las desigualdades sociales donde unos cuantos acumulan riqueza personal y poder, pero necesitan saber quienes son sus hijos legítimos para heredarles su fortuna. La familia monogámica nació con ese interés, pero no canceló el derecho de facto del hombre poderoso de tener muchas mujeres u otras prácticas sexuales, pues la instauración histórica de la familia monogámica no supuso la igualdad de la mujer sino su sometimiento, asunto que desde luego no tocan porque siguen dándole al hombre un papel en el matrimonio, en la vida social y religiosa, no sólo diferente, sino superior al de la mujer.
luque2009@gmail.com
domingo, 11 de enero de 2009
Pensamiento crítico y participación democrática
Pensamiento crítico y participación democrática
César Ricardo Luque Santana
En mi artículo titulado “Vivir con valores” (14 de diciembre de 2008), manifestaba entre otras cosas la cuestión acerca de la enseñanza de los valores y la posición de Sócrates al respecto, donde el filósofo ateniense hacía énfasis en la vivencia como el único mecanismo para asumir los valores que le dan sentido a la vida de las personas, por ello decía que si bien los valores, dada su naturaleza intrínseca no podían ser enseñados -entendiendo por ello un acto exterior de mera transmisión- si era posible aprenderlos, lo cual parece en primera instancia contradictorio, pero no lo es, pues el punto es que las convicciones o principios no pueden ser de fachada (como sugiere la propaganda que invita a “vestirse” de valores), sino que es un compromiso personal asociado a la elección de un proyecto de vida basado en los más altos valores de la humanidad.
Traigo este planteamiento a colación para tratar de entender la pasividad de la mayoría de los ciudadanos para participar en los asuntos públicos, fenómeno que por cierto tiene un paralelismo en la educación. En efecto, como profesor, uno observa asimismo en muchos de sus alumnos que tienden más a instalarse en las explicaciones o discursos ya dados, sin cuestionarlos o problematizarlos para generar un pensamiento crítico.
La dificultad para que en el ámbito de la política se desarrolle una participación democrática con base en ideales y propuestas sanas, es un problema complejo que no se puede abordar en pocas líneas, pero que tiene que ver entre otras cosas con un envilecimiento de la esfera política que inhibe a muchas personas con intenciones sanas a involucrarse en la vida política de su comunidad.
El asambleísmo como un posible contraejemplo de participación democrática es realmente endeble porque en los espacios en que este tipo de prácticas ocurren, suele haber un control político efectivo sobre la gente que asiste a estos encuentros, quienes normalmente están condicionados por prácticas clientelares de sus gestores o líderes, lo cual provoca que la mayoría actúe con consigna o línea como se dice en el argot político de quienes fungen como sus dirigentes o líderes. Cuando esta actitud de acatar instrucciones para votar u opinar prevalece, no hay razones que hagan a la gente actuar de modo diferente, sino que se pliegan sectariamente a las consignas recibidas. Por ende, la participación democrática es inexistente.
Pero aún suponiendo que se permita a la gente proceder con libertad, es común que en este tipo de reuniones la gente no cuente con la información adecuada o suficiente para tomar decisiones, por lo que se tiende a delegar en otros dicha toma de decisiones. Es demagógico por tanto suponer que las asambleas en sí mismas son espacios de participación democrática cuando se dan estas condiciones de tráfico de favores y/o desinformación.
Desde luego que puede haber excepciones en grupos que realmente buscan cambiar cambiando primero ellos mismos, sin tener una obsesión por el poder. En otras palabras, un asambleísmo democrático es posible si los participantes están informados, actúan con base en convicciones (sin línea), anteponen los intereses de la colectividad a los intereses personales y se rigen por el principio de que los medios justifican el fin y no a la inversa. En estas condiciones, las deliberaciones tienen sentido y las decisiones asumidas tienen auténtica legitimidad. En este caso, la participación democrática no sólo es posible sino deseable y ojalá que llegue el momento en que éstas dejen de ser experiencias de excepción para convertirse en prácticas habituales y generalizadas. Por lo pronto, estoy convencido que ningún grupo político que pretenda ser alternativo lo podrá ser realmente sin este tipo de acción comunicativa y de relaciones horizontales.
En el terreno educativo en las aulas, la situación de pasividad de la mayoría de los alumnos no es menos compleja, pues inciden también varios factores, como el miedo del estudiante al error o hacer el ridículo al equivocarse, la deformación de los educandos en su trayectoria escolar donde se les ha tratado como receptores de información, y desde luego, las deficiencias didácticas y pedagógicas del profesor que tiende a reproducir la forma en que él mismo aprendió consistente en repetir información en vez de enseñar a pensar.
Es un hecho que la dificultad de saber problematizar los conocimientos adquiridos es una constante, y la verdad es que el pensamiento crítico sólo se construye en la contradicción entre teorías e ideas distintas, es decir, en el diálogo. La precariedad de conocimientos o la superficialidad o unilateralidad de los mismos, evita que se pueda profundizar y contar con más y mejores elementos de juicio para asumir una postura fundamentada y argumentada.
Un riesgo y confusión es creer que cualquier forma de educación participativa lleva en sí misma hacia la construcción de un pensamiento crítico. La propuesta didáctica de un aprendizaje basado en problemas cae según mi perspectiva en esa ilusión, porque está anclada en el razonamiento instrumental. Me explico, una cosa es que un estudiante aprenda a resolver problemas y otro que aprenda a problematizar. Por ejemplo, alguien puede aprender a reparar aparatos pero no a crearlos. En este caso estamos ante competencias técnicas meritorias pero parciales. Ahora bien, situados en el terreno de las ciencias sociales y las humanidades, el pensamiento crítico se orienta a los fundamentos de las cosas, pues por ejemplo, las crisis económicas recurrentes del capitalismo no son coyunturales sino estructurales, están en su naturaleza. Se pueden ofrecer parches para paliar sus graves consecuencias, pero ello no evita que se condene a millones de personas al sufrimiento de por vida. La mayoría de los jóvenes que se incorporan como fuerza de trabajo en este momento –por ejemplo- serán subempleados permanentes, lo que significa que vivirán en una incertidumbre constante respecto a sus condiciones de vida.
En otras palabras, una cosa es que uno resuelva problemas con base en una agenda externa e impuesta, y otra es que uno construya su propio proyecto. Las naciones, instituciones e individuos que viven a expensas de dictados externos y se dejan condicionar por parámetros ajenos a sus intereses o que no son parámetros basados en la justicia, la democracia o el consenso científico, no ejercen un pensamiento crítico sino instrumental o de mera imitación.
luque2009@gmail.com
César Ricardo Luque Santana
En mi artículo titulado “Vivir con valores” (14 de diciembre de 2008), manifestaba entre otras cosas la cuestión acerca de la enseñanza de los valores y la posición de Sócrates al respecto, donde el filósofo ateniense hacía énfasis en la vivencia como el único mecanismo para asumir los valores que le dan sentido a la vida de las personas, por ello decía que si bien los valores, dada su naturaleza intrínseca no podían ser enseñados -entendiendo por ello un acto exterior de mera transmisión- si era posible aprenderlos, lo cual parece en primera instancia contradictorio, pero no lo es, pues el punto es que las convicciones o principios no pueden ser de fachada (como sugiere la propaganda que invita a “vestirse” de valores), sino que es un compromiso personal asociado a la elección de un proyecto de vida basado en los más altos valores de la humanidad.
Traigo este planteamiento a colación para tratar de entender la pasividad de la mayoría de los ciudadanos para participar en los asuntos públicos, fenómeno que por cierto tiene un paralelismo en la educación. En efecto, como profesor, uno observa asimismo en muchos de sus alumnos que tienden más a instalarse en las explicaciones o discursos ya dados, sin cuestionarlos o problematizarlos para generar un pensamiento crítico.
La dificultad para que en el ámbito de la política se desarrolle una participación democrática con base en ideales y propuestas sanas, es un problema complejo que no se puede abordar en pocas líneas, pero que tiene que ver entre otras cosas con un envilecimiento de la esfera política que inhibe a muchas personas con intenciones sanas a involucrarse en la vida política de su comunidad.
El asambleísmo como un posible contraejemplo de participación democrática es realmente endeble porque en los espacios en que este tipo de prácticas ocurren, suele haber un control político efectivo sobre la gente que asiste a estos encuentros, quienes normalmente están condicionados por prácticas clientelares de sus gestores o líderes, lo cual provoca que la mayoría actúe con consigna o línea como se dice en el argot político de quienes fungen como sus dirigentes o líderes. Cuando esta actitud de acatar instrucciones para votar u opinar prevalece, no hay razones que hagan a la gente actuar de modo diferente, sino que se pliegan sectariamente a las consignas recibidas. Por ende, la participación democrática es inexistente.
Pero aún suponiendo que se permita a la gente proceder con libertad, es común que en este tipo de reuniones la gente no cuente con la información adecuada o suficiente para tomar decisiones, por lo que se tiende a delegar en otros dicha toma de decisiones. Es demagógico por tanto suponer que las asambleas en sí mismas son espacios de participación democrática cuando se dan estas condiciones de tráfico de favores y/o desinformación.
Desde luego que puede haber excepciones en grupos que realmente buscan cambiar cambiando primero ellos mismos, sin tener una obsesión por el poder. En otras palabras, un asambleísmo democrático es posible si los participantes están informados, actúan con base en convicciones (sin línea), anteponen los intereses de la colectividad a los intereses personales y se rigen por el principio de que los medios justifican el fin y no a la inversa. En estas condiciones, las deliberaciones tienen sentido y las decisiones asumidas tienen auténtica legitimidad. En este caso, la participación democrática no sólo es posible sino deseable y ojalá que llegue el momento en que éstas dejen de ser experiencias de excepción para convertirse en prácticas habituales y generalizadas. Por lo pronto, estoy convencido que ningún grupo político que pretenda ser alternativo lo podrá ser realmente sin este tipo de acción comunicativa y de relaciones horizontales.
En el terreno educativo en las aulas, la situación de pasividad de la mayoría de los alumnos no es menos compleja, pues inciden también varios factores, como el miedo del estudiante al error o hacer el ridículo al equivocarse, la deformación de los educandos en su trayectoria escolar donde se les ha tratado como receptores de información, y desde luego, las deficiencias didácticas y pedagógicas del profesor que tiende a reproducir la forma en que él mismo aprendió consistente en repetir información en vez de enseñar a pensar.
Es un hecho que la dificultad de saber problematizar los conocimientos adquiridos es una constante, y la verdad es que el pensamiento crítico sólo se construye en la contradicción entre teorías e ideas distintas, es decir, en el diálogo. La precariedad de conocimientos o la superficialidad o unilateralidad de los mismos, evita que se pueda profundizar y contar con más y mejores elementos de juicio para asumir una postura fundamentada y argumentada.
Un riesgo y confusión es creer que cualquier forma de educación participativa lleva en sí misma hacia la construcción de un pensamiento crítico. La propuesta didáctica de un aprendizaje basado en problemas cae según mi perspectiva en esa ilusión, porque está anclada en el razonamiento instrumental. Me explico, una cosa es que un estudiante aprenda a resolver problemas y otro que aprenda a problematizar. Por ejemplo, alguien puede aprender a reparar aparatos pero no a crearlos. En este caso estamos ante competencias técnicas meritorias pero parciales. Ahora bien, situados en el terreno de las ciencias sociales y las humanidades, el pensamiento crítico se orienta a los fundamentos de las cosas, pues por ejemplo, las crisis económicas recurrentes del capitalismo no son coyunturales sino estructurales, están en su naturaleza. Se pueden ofrecer parches para paliar sus graves consecuencias, pero ello no evita que se condene a millones de personas al sufrimiento de por vida. La mayoría de los jóvenes que se incorporan como fuerza de trabajo en este momento –por ejemplo- serán subempleados permanentes, lo que significa que vivirán en una incertidumbre constante respecto a sus condiciones de vida.
En otras palabras, una cosa es que uno resuelva problemas con base en una agenda externa e impuesta, y otra es que uno construya su propio proyecto. Las naciones, instituciones e individuos que viven a expensas de dictados externos y se dejan condicionar por parámetros ajenos a sus intereses o que no son parámetros basados en la justicia, la democracia o el consenso científico, no ejercen un pensamiento crítico sino instrumental o de mera imitación.
luque2009@gmail.com
domingo, 4 de enero de 2009
¿Feliz año nuevo?
¿Feliz año nuevo?
César Ricardo Luque Santana
“Mercaderes e industriales no deben ser admitidos a la ciudadanía,
porque su género de vida es abyecto y contrario a la virtud”
Aristóteles
El año 2009 comenzó con malos augurios desde el año pasado con el estallido de la crisis económica estadounidense, y en sí del modelo de capitalismo neoliberal, al grado que los países desarrollado como Japón, Alemania y desde luego los EUA, entre otros, oficialmente reconocieron que sus economías entraron en recesión, concepto que denota una crisis económica profunda y de largo aliento que se traduce en desempleo, malos salarios, reducción de la capacidad de compra y sus secuelas naturales de deterioro del tejido social: más corrupción, delincuencia común y organizada, pobreza y envilecimiento de las relaciones sociales.
Por si esto fuera poco, a finales de año 2008 Israel empezó a masacrar por enésima ocasión al pueblo palestino asentado en la franja de Gaza, con el pretexto de que grupos armados ligados a Hamas -una organización islámica integrista- ha estado lanzando cohetes a territorio israelí. Sin embargo, la respuesta del Estado de Israel ha sido desmedida avasallando al pueblo palestino, matando a muchas personas no vinculadas a dicho grupo fundamentalista. En efecto, la artillería israelí que supuestamente se enfoca a blancos relacionados con Hamas, ha matado a niños, mujeres y hombres civiles, con el beneplácito del mundo occidental y el silencio también cómplice de gobiernos árabes corruptos y tiránicos como Arabia Saudita, Egipto y otros.
En ambos casos, reina una pasmosa insensibilidad para resolver los problemas referidos, aunque en lo que respecta a la crisis capitalista neoliberal, se anuncian medidas de tipo keynesianas lo cual es habitual en estas situaciones, lo que significa que el Estado intervendrá más decididamente en la economía nacional para evitar que se dañe más el tejido social tratando de evitar las consecuencias ya mencionadas. Es decir, el Estado invertirá recursos públicos con sentido social, pero no porque se conduela del ciudadano ordinario, sino como una estrategia de sobrevivencia del mismo sistema al cual hay que darle unas bocanadas de oxígeno, pues no obstante que el Estado retomará una función más proactiva en la economía a la manera del Estado benefactor, tampoco piensa en restaurarlo, sino que sólo son medidas temporales para evitar el colapso del sistema con estallidos sociales. Habría que insistir como lo he dicho en anteriores colaboraciones, que para mí, el Estado nunca ha dejado de ser intervencionista en la economía, sólo que en el actual período neoliberal viró su intervencionismo hacia los grandes capitalistas favoreciéndolos de manera desmedida, principalmente a los capitalistas financieros, los cuales siguen siendo intocados pese a que son los principales responsables del gradual empobrecimiento de los trabajadores por casi tres décadas y por ende son los principales provocadores de las crisis económica recurrentes, incluida la reciente, sin ser ellos mismos afectados, pues la desregulación de la que gozan los exime por ejemplo de pagar impuestos entre otros privilegios indebidos, como el ser “salvados” invariablemente en sus negocios fracasados, aunque muchas veces dicho fracaso sea fraudulento.
Bajo esta perspectiva donde el abuso de los poderosos prevalece por encima de todo y de todos, el desear feliz año suena más hueco que nunca porque las expectativas personales de la mayoría de los mexicanos son francamente desalentadoras, pues lo más seguro es que el proceso de empobrecimiento que venimos padeciendo se verá acentuado sin duda alguna en el presente año. Lo más desesperante de todo es que no hay perspectivas favorables para un cambio de rumbo en las políticas públicas toda vez que la izquierda más representativa del país tiene un resquebrajamiento de facto que lo afectará en las elecciones intermedias, mientras que millones de personas dañadas por la crisis neoliberal seguirán votando fanáticamente por sus victimarios derechistas, lo cual significa por un lado, no un masoquismo colectivo sino la ausencia de una conciencia de clase, ya que prevalece la incapacidad de darse cuenta de quienes son los están afectando en sus bolsillos (y los nuestros también), y por otro lado, la ausencia de una fuerza política alternativa con credibilidad a la cual asirse.
Dentro de estas circunstancias, no queda otra que la lucha popular organizada más allá de las cuestiones electorales, con una auténtica participación ciudadana y social que permita sanear las organizaciones existentes secuestradas por camarillas de mafiosos, o bien, la creación de organizaciones nuevas donde la lucha por mejores condiciones de vida no se limite a resolver sólo cuestiones materiales, sino que tienda a cohesionar formas de organización popular basadas en la solidaridad de clase. Hay que formar redes sociales para paliar la crisis al mismo tiempo que se generan nuevas formas de convivencia social solidarias independientemente de la conquista de espacios de poder, lo cual se daría por añadidura.
luque2009@gmail.com
César Ricardo Luque Santana
“Mercaderes e industriales no deben ser admitidos a la ciudadanía,
porque su género de vida es abyecto y contrario a la virtud”
Aristóteles
El año 2009 comenzó con malos augurios desde el año pasado con el estallido de la crisis económica estadounidense, y en sí del modelo de capitalismo neoliberal, al grado que los países desarrollado como Japón, Alemania y desde luego los EUA, entre otros, oficialmente reconocieron que sus economías entraron en recesión, concepto que denota una crisis económica profunda y de largo aliento que se traduce en desempleo, malos salarios, reducción de la capacidad de compra y sus secuelas naturales de deterioro del tejido social: más corrupción, delincuencia común y organizada, pobreza y envilecimiento de las relaciones sociales.
Por si esto fuera poco, a finales de año 2008 Israel empezó a masacrar por enésima ocasión al pueblo palestino asentado en la franja de Gaza, con el pretexto de que grupos armados ligados a Hamas -una organización islámica integrista- ha estado lanzando cohetes a territorio israelí. Sin embargo, la respuesta del Estado de Israel ha sido desmedida avasallando al pueblo palestino, matando a muchas personas no vinculadas a dicho grupo fundamentalista. En efecto, la artillería israelí que supuestamente se enfoca a blancos relacionados con Hamas, ha matado a niños, mujeres y hombres civiles, con el beneplácito del mundo occidental y el silencio también cómplice de gobiernos árabes corruptos y tiránicos como Arabia Saudita, Egipto y otros.
En ambos casos, reina una pasmosa insensibilidad para resolver los problemas referidos, aunque en lo que respecta a la crisis capitalista neoliberal, se anuncian medidas de tipo keynesianas lo cual es habitual en estas situaciones, lo que significa que el Estado intervendrá más decididamente en la economía nacional para evitar que se dañe más el tejido social tratando de evitar las consecuencias ya mencionadas. Es decir, el Estado invertirá recursos públicos con sentido social, pero no porque se conduela del ciudadano ordinario, sino como una estrategia de sobrevivencia del mismo sistema al cual hay que darle unas bocanadas de oxígeno, pues no obstante que el Estado retomará una función más proactiva en la economía a la manera del Estado benefactor, tampoco piensa en restaurarlo, sino que sólo son medidas temporales para evitar el colapso del sistema con estallidos sociales. Habría que insistir como lo he dicho en anteriores colaboraciones, que para mí, el Estado nunca ha dejado de ser intervencionista en la economía, sólo que en el actual período neoliberal viró su intervencionismo hacia los grandes capitalistas favoreciéndolos de manera desmedida, principalmente a los capitalistas financieros, los cuales siguen siendo intocados pese a que son los principales responsables del gradual empobrecimiento de los trabajadores por casi tres décadas y por ende son los principales provocadores de las crisis económica recurrentes, incluida la reciente, sin ser ellos mismos afectados, pues la desregulación de la que gozan los exime por ejemplo de pagar impuestos entre otros privilegios indebidos, como el ser “salvados” invariablemente en sus negocios fracasados, aunque muchas veces dicho fracaso sea fraudulento.
Bajo esta perspectiva donde el abuso de los poderosos prevalece por encima de todo y de todos, el desear feliz año suena más hueco que nunca porque las expectativas personales de la mayoría de los mexicanos son francamente desalentadoras, pues lo más seguro es que el proceso de empobrecimiento que venimos padeciendo se verá acentuado sin duda alguna en el presente año. Lo más desesperante de todo es que no hay perspectivas favorables para un cambio de rumbo en las políticas públicas toda vez que la izquierda más representativa del país tiene un resquebrajamiento de facto que lo afectará en las elecciones intermedias, mientras que millones de personas dañadas por la crisis neoliberal seguirán votando fanáticamente por sus victimarios derechistas, lo cual significa por un lado, no un masoquismo colectivo sino la ausencia de una conciencia de clase, ya que prevalece la incapacidad de darse cuenta de quienes son los están afectando en sus bolsillos (y los nuestros también), y por otro lado, la ausencia de una fuerza política alternativa con credibilidad a la cual asirse.
Dentro de estas circunstancias, no queda otra que la lucha popular organizada más allá de las cuestiones electorales, con una auténtica participación ciudadana y social que permita sanear las organizaciones existentes secuestradas por camarillas de mafiosos, o bien, la creación de organizaciones nuevas donde la lucha por mejores condiciones de vida no se limite a resolver sólo cuestiones materiales, sino que tienda a cohesionar formas de organización popular basadas en la solidaridad de clase. Hay que formar redes sociales para paliar la crisis al mismo tiempo que se generan nuevas formas de convivencia social solidarias independientemente de la conquista de espacios de poder, lo cual se daría por añadidura.
luque2009@gmail.com
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