¿Es México un país con Estado fallido?
“En verdad os digo, que el verdadero Estado fallido es el que le falla a su propio pueblo”
Jesús, el carpintero de mi barrio
César Ricardo Luque Santana
Ante la impericia del presidente del desempleo Felipe Calderón y de su “gabinetazo” para conducir el gobierno y las instituciones de la república, así como la creciente inseguridad pública que para algunos va más allá porque representa ya una cuestión de seguridad nacional ante la infrenable ola de violencia de las organizaciones delincuenciales, y desde luego, la crisis económica que pasó de ser de un simple “catarrito” a un “Tsunami” -según el fallido pitoniso de Hacienda-, aunado a la presión de los gringos que se inquietan de que sus leales criados no les estén cuidando debidamente su patio trasero, ha venido cobrando fuerza entre la clase política y los analistas políticos, la calificación de la actual situación de México como un país con Estado fallido.
Pero, ¿qué significa “Estado fallido”?, ¿de dónde procede esa denominación?, ¿qué consecuencias tiene?, pero sobre todo ¿fallido para quién?
El término de “Estado fallido” procede curiosamente de Noam Chomsky y ha sido adoptado por el gobierno estadounidense para clasificar a aquellos gobiernos que no mantienen un control claro sobre el territorio que gobiernan porque existen instancias paralelas e ilegales que le disputan el poder, por ejemplo cobrando impuestos o manteniendo zonas bajo su control, como son los casos de la guerrilla en Colombia o por acciones similares del crimen organizado en otras latitudes. Asimismo, hay Estados fallidos en donde prevalecen conflictos tribales o religiosos que rebasan al Estado poniendo en entredicho su autoridad y eficacia tanto en términos del consenso como del uso legítimo de la fuerza. Se podrían considerar también a los regímenes plutocráticos que socavan la legalidad y generan una alta estratificación social. Sin embargo, si se toma literalmente la cuestión de la eficacia de un Estado para mantener un control político y militar, las dictaduras no estarían en cierto modo consideradas como Estados fallidos, cuando es evidente que lo serían al faltarles el consenso popular que sólo da la vida democrática. El problema es que las potencias extranjeras pueden alegar que su seguridad interna está amenazada por países con Estados fallidos, y “justificar” con base en ello una invasión militar a los mismos. La legalidad de esta posición es no sólo dudosa sino hipócrita, porque muchos países con Estados fallidos lo son precisamente por la intromisión de dichas potencias extranjeras, que por ejemplo, patrocinan guerras civiles o propician inestabilidad en determinados pueblos y gobiernos por convenir así a sus intereses, además de que otros países con Estados fallidos lo son por efecto de la globalización neoliberal que ha minado las bases de la convivencia social y la misma soberanía de los Estados nacionales.
Recapitulando, los síntomas de una Estado fallido son la alta corrupción en las diversas instancias del Estado, la inexistencia de un Estado de derecho real en virtud de esa corrupción y la impunidad consecuente, las altas tasas de criminalidad, la extensión acelerada de un mercado informal, y otros factores parecidos. Asimismo, la existencia de Estados terroristas que suprimen las libertades democráticas de elecciones libres, libertad de prensa, de asociación, derechos humanos, etc., y que imponen sus políticas mediante el uso casi exclusivo de la violencia, como ocurrió durante el régimen talibán en Afganistán, entre otros, es un ejemplo drástico de Estado fallido.
De esta manera, hay instancias ligadas al gobierno estadounidense (el think tank o Fondo para la Paz) que han señalado los elementos que constituyen un Estado fallido (problemas demográficos, éxodos masivos, descontento generalizado, altos índices de inequidad, criminalidad incontrolable, etc.) y cada año elaboran una lista de los países que entran en ese concepto. Sin embargo, llama la atención que se tiende a nombrar como Estados fallidos a países con circunstancias muy diferentes entre sí, donde se incluye a algunos cuyos gobiernos son contrarios al imperialismo estadounidense, lo que revela lo tendencioso y ambiguo de esta valoración. La paradoja es que los países que han venido aplicando a rajatabla las recetas neoliberales han devenido invariablemente en Estados fallidos, mientras que los que buscan formas de organización social, económica y política alternativas, tratan de ser sometidas a esas mismas recetas y para ello se les incluye como amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos o para la paz mundial, para poder intervenirlos militarmente y frenas sus proyectos alternativos al neoliberalismo.
Ahora bien, es notorio que existen en nuestro país algunos factores que encajan dentro del concepto de Estado de fallido, pero una cosa es señalar sus síntomas y otro reparar en las causas que los provocan, pues por un lado deberíamos de considerar el empecinamiento en llevar al cabo un modelo económico depredador, y por otro lado, la incapacidad manifiesta del actual grupo gobernante que actúan como rehén de los poderes fácticos, así como una clase política envilecida que no está a la altura de los retos del país sino que siguen montados en una lógica de saqueo del erario público y de sus riquezas naturales.
En este contexto, la confrontación del ejército contra el crimen organizado (principalmente los cárteles de las drogas) y la gran cantidad de muertos que ha ocurrido como producto de este proceso, así como las propias declaraciones públicas de las fuerzas armadas de que la embestida de los narcotraficantes han puesto en riesgo la viabilidad del país, aunado a la severa crisis económica donde el gobierno tampoco acierta a tomar decisiones correctas y a tiempo, han reducido drásticamente su capacidad de gestión; además del peso de la ilegitimidad que pesa todavía sobre un presidente que presumió ganar la presidencia de la república “haiga sido como haiga sido”, reconociendo con ello que la guerra sucia que su partido y los empresarios emprendieron contra López Obrador les permitió obtener un triunfo pírrico (sin contar con otras situaciones que nos permiten pensar legítimamente en que existió un fraude electoral); así como la presión constante de los gringos sobre el gobierno mexicano, han socavado como nunca al Estado mexicano que ciertamente aparece como una entidad débil que no protege debidamente a sus ciudadanos, no sólo por su ineficacia contra el crimen organizado, sino por los abusos de la misma clase empresarial codiciosa a la que se empecina en beneficiar a como dé lugar.
Sin embargo, creo que es excesivo calificar a México de ser un Estado fallido porque finalmente el país no lo hacen sólo los que están al frente de las instituciones sino sus trabajadores y ciudadanos (la sociedad civil) que en medio de todos los problemas mantienen una conducta madura y ecuánime. Al respecto me permito hacer una cita in extenso de Pedro Miguel columnista de La Jornada que dice los siguiente: “A pesar del daño inconmensurable que las últimas cuatro presidencias han causado al país, éste sigue funcionando. Entre la crisis económica, a pesar de la violencia desatada por el calderonismo y a contrapelo del saqueo del erario que practica el funcionariato, los mexicanos, en su gran mayoría, se levantan temprano para ir a ganarse la vida en forma honesta, llevan a sus hijos a la escuela, pagan impuestos, no matan, no violan, no torturan y no hacen fraude, y conviven, discuten, festejan y guardan luto en forma civilizada. Las universidades públicas, en medio del acoso de un grupo gobernante que quisiera verlas privatizadas, siguen preparando profesionistas, las ambulancias siguen recogiendo accidentados y las mercerías siguen despachando hilos de colores diversos. Esta base formidable de civilidad, en la que reposa el Estado mexicano, ha impedido, pese a todo, que los desgobiernos de Salinas, Zedillo, Fox y Calderón lleven al país a la subversión, a la desestabilización y al caos completo.” (Ver Navegaciones en La Jornada, 20 de enero 2009)
En conclusión, lo descaminado del debate de nuestros políticos y politólogos es no cuestionar el funcionamiento del Estado mexicano desde la perspectiva de su propio pueblo, sino con base en los parámetros de una potencia extranjera que no le importa si hay Estados fallidos o no, si no es en función de sus intereses imperialistas.
Este blog pretende ser una comunidad de aprendizaje sobre tópicos filosóficos y políticos, abiertos a cualquier persona que se interese por participar en los temas que aquí se exponen mediante comentarios críticos anotados al final del artículo del momento o enviándolos por email. Asimismo, todos mis escritos pueden ser reproducidos libremente en otros medios impresos o digitales conservando mi autoría.
domingo, 15 de marzo de 2009
jueves, 12 de marzo de 2009
domingo, 8 de marzo de 2009
Roxana Kreimer en Tepic
Roxana Kreimer en Tepic
César Ricardo Luque Santana
El pasado 5 de marzo la filósofa argentina Roxana Kreimer (RK) dictó una magistral conferencia en el auditorio de la Biblioteca Magna de la Universidad Autónoma de Nayarit, con el tema relativo a las causas de la inseguridad pública según recientes estudios científicos al respecto. Dicha conferencia que preparó expresamente para su venida a Tepic, puede ser consultada íntegramente en su página de Internet la cual está disponible en www.filosofiaparalavida.com.ar/ (se puede acceder directamente desde mi blog), entrando enseguida al apartado Café filosófico y de ahí hay que ir a la parte final del mismo. Sin embargo, me permito recuperar algunos de sus puntos de vista añadiendo un brevísimo comentario personal a los mismos.
Antes de reseñar sucintamente los principales puntos de su charla, conviene decir que RK es una destacada filósofa latinoamericana que ha contribuido de manera notable a lo que se conoce como asesoría, consultoría o terapia filosófica, cuyo explicación también puede consultarse en la mencionada página en el apartado “La filosofía como arte de vivir”, el cual constituye una introducción de lo qué es la terapia filosófica. Asimismo ella es una promotora muy dinámica y entusiasta de los cafés filosóficos. Desafortunadamente en esta ocasión (que espero no sea la última), no abordó con nosotros estas actividades filosóficas que están marcando un nuevo derrotero de la profesión filosófica acercando al mismo tiempo la filosofía a la gente que no tiene estudios filosóficos académicos. Pero para tener una mejor imagen del interesante perfil de RK y para no alargar este escrito, es menester consultar su sitio en Internet y eventualmente consultar sus libros (uno de ellos puede ser bajado en forma gratuita en su Web llamado “La tiranía del automóvil”). Particularmente recomiendo los dos que yo conozco: “Artes del buen vivir” y “Las falacias de amor” (Ed. Paidós), ambos estupendos.
En esencia y con fundamento en los referidos estudios científicos y datos estadísticos del crimen en varios países -fuentes que ella cita puntualmente en su ponencia escrita en el sitio mencionado de Internet- el análisis crítico de RK se orienta a exponer las falacias del pensamiento conservador respecto a la delincuencia, saliendo al paso al reduccionismo y simplificación de este fenómeno mostrando su complejidad y los diversos factores que lo explican.
Un factor significativo que explica satisfactoriamente la cuestión de la inseguridad según los datos y estudios que RK toma como referencia, es la inequidad social, la cual advierte no se debe confundir con la pobreza, pues esta visión ha provocado que se etiquete de manera discriminatoria a determinados grupos sociales criminalizando con ello la pobreza, lo que significa que el hecho de ser pobre no indica automáticamente que sean delincuentes.
Ahora bien, de los distintos delitos que existen, ella se centra en el homicidio porque dice es el mejor documentado ya que la mayoría de los delitos no se denuncian, aunque habría que señalar por qué no se denuncia, lo cual se debe principalmente a la ineficiencia de las autoridades en la materia y a la impunidad que campea en el medio judicial.
El punto es que la inequidad o exclusión social tiende a traducirse en violencia, para lo cual correlaciona los datos sobre homicidios de diversos países con su condición de desarrollados o subdesarrollados, observándose que salvo excepciones que involucra otros factores explicativos, la inequidad social que podemos relacionar con falta de oportunidades de estudio y empleo, y en sí con las malas condiciones de vida en general o con la eliminación o reducción a su mínima expresión de la movilidad social, es el factor determinante.
En contrapartida a esta explicación y en aras de minimizarla, el conservadurismo neoliberal pretende “solucionar” los problemas de violencia criminal con políticas represivas de mano dura y endurecimiento del castigo, aunque éste se orienta invariablemente a los grupos sociales más vulnerables porque en esencia lo que se pretende es castigar los atentados a la propiedad privada. Es decir, la minoría social más favorecida trata de eximirse de su responsabilidad en lo relativo a la inseguridad aduciendo causas subjetivas de la delincuencia, razón por la cual proponen medidas ineficaces.
En dichos estudios se ha observado que el aumento o descenso del desempleo, las facilidades para adquirir armas, los valores o desvalores, etc., inciden de un modo u otro en una mayor o menor delincuencia. Sin embargo, dice que hay que considerar una estrategia integral, porque no se trata sólo de mejorar las condiciones de vida sin mejorar la impartición de justicia y la eficiencia policíaca. Lo que es un error –insiste- es enfatizar la seguridad penal sobre la seguridad social, pues ésta contribuye a reducir aquella, mientras que al revés es un fracaso seguro, es decir, no se puede frenar la delincuencia y en particular la violencia con medidas sólo policíacas o prioritariamente represivas. De hecho no sólo no hay solución por la vía de la mano dura (castigos más severos, bajar la edad para ser punible, entre otras), sino que resulta contraproducente porque al dejarse intactas las causas reales, el problema no se detiene ni se reduce, sino que se incrementa, además de que los centros penales no rehabilitan sino que son verdaderas universidades del crimen porque los delincuentes comunes se mezclan con la delincuencia organizada. E incluso el costo económico que se destina a este problema desde una perspectiva meramente policíaca resulta ser demasiado oneroso para las arcas públicas. En otras palabras, es irracional hacer gastos en seguridad pública sin compartirlos con la seguridad social.
Hace notar que en las sociedades democráticas en situación de subdesarrollo social -en contraste con sociedades tradicionales pobres-, se dé en forma alarmante la criminalidad, lo cual se explica según ella porque postulan una igualdad que no existe, lo que provoca resentimiento y desesperanza en amplios núcleos de la población, generando un caldo de cultivo para actividades criminales. En otras palabras, los vacíos que el Estado deja en la sociedad por su empecinamiento en favorecer desmedidamente a las elites económicas, son ocupados por la delincuencia.
Así entonces, el aducir factores falsos a la delincuencia tomando los efectos por las causas o recurriendo a falsas generalizaciones para endosarles una inclinación criminal per se a los pobres o exagerando factores como el genético, entre otros parecidos, impide atacar de manera correcta el problema para lo cual recomienda voltear a ver las experiencias exitosas no basadas en la mano dura.
Sólo me queda agregar que la debilidad de las instituciones que son rehenes de los intereses de las mafias, la impunidad ligada a la corrupción, la falta de educación y de formación en valores, así como la mala influencia de los medios masivos de comunicación, además del factor de exclusión social que propicia el actual modelo económico neoliberal que es el más importante, provocan entre todos los diversos problemas de inseguridad.
luque2009@gmail.com
César Ricardo Luque Santana
El pasado 5 de marzo la filósofa argentina Roxana Kreimer (RK) dictó una magistral conferencia en el auditorio de la Biblioteca Magna de la Universidad Autónoma de Nayarit, con el tema relativo a las causas de la inseguridad pública según recientes estudios científicos al respecto. Dicha conferencia que preparó expresamente para su venida a Tepic, puede ser consultada íntegramente en su página de Internet la cual está disponible en www.filosofiaparalavida.com.ar/ (se puede acceder directamente desde mi blog), entrando enseguida al apartado Café filosófico y de ahí hay que ir a la parte final del mismo. Sin embargo, me permito recuperar algunos de sus puntos de vista añadiendo un brevísimo comentario personal a los mismos.
Antes de reseñar sucintamente los principales puntos de su charla, conviene decir que RK es una destacada filósofa latinoamericana que ha contribuido de manera notable a lo que se conoce como asesoría, consultoría o terapia filosófica, cuyo explicación también puede consultarse en la mencionada página en el apartado “La filosofía como arte de vivir”, el cual constituye una introducción de lo qué es la terapia filosófica. Asimismo ella es una promotora muy dinámica y entusiasta de los cafés filosóficos. Desafortunadamente en esta ocasión (que espero no sea la última), no abordó con nosotros estas actividades filosóficas que están marcando un nuevo derrotero de la profesión filosófica acercando al mismo tiempo la filosofía a la gente que no tiene estudios filosóficos académicos. Pero para tener una mejor imagen del interesante perfil de RK y para no alargar este escrito, es menester consultar su sitio en Internet y eventualmente consultar sus libros (uno de ellos puede ser bajado en forma gratuita en su Web llamado “La tiranía del automóvil”). Particularmente recomiendo los dos que yo conozco: “Artes del buen vivir” y “Las falacias de amor” (Ed. Paidós), ambos estupendos.
En esencia y con fundamento en los referidos estudios científicos y datos estadísticos del crimen en varios países -fuentes que ella cita puntualmente en su ponencia escrita en el sitio mencionado de Internet- el análisis crítico de RK se orienta a exponer las falacias del pensamiento conservador respecto a la delincuencia, saliendo al paso al reduccionismo y simplificación de este fenómeno mostrando su complejidad y los diversos factores que lo explican.
Un factor significativo que explica satisfactoriamente la cuestión de la inseguridad según los datos y estudios que RK toma como referencia, es la inequidad social, la cual advierte no se debe confundir con la pobreza, pues esta visión ha provocado que se etiquete de manera discriminatoria a determinados grupos sociales criminalizando con ello la pobreza, lo que significa que el hecho de ser pobre no indica automáticamente que sean delincuentes.
Ahora bien, de los distintos delitos que existen, ella se centra en el homicidio porque dice es el mejor documentado ya que la mayoría de los delitos no se denuncian, aunque habría que señalar por qué no se denuncia, lo cual se debe principalmente a la ineficiencia de las autoridades en la materia y a la impunidad que campea en el medio judicial.
El punto es que la inequidad o exclusión social tiende a traducirse en violencia, para lo cual correlaciona los datos sobre homicidios de diversos países con su condición de desarrollados o subdesarrollados, observándose que salvo excepciones que involucra otros factores explicativos, la inequidad social que podemos relacionar con falta de oportunidades de estudio y empleo, y en sí con las malas condiciones de vida en general o con la eliminación o reducción a su mínima expresión de la movilidad social, es el factor determinante.
En contrapartida a esta explicación y en aras de minimizarla, el conservadurismo neoliberal pretende “solucionar” los problemas de violencia criminal con políticas represivas de mano dura y endurecimiento del castigo, aunque éste se orienta invariablemente a los grupos sociales más vulnerables porque en esencia lo que se pretende es castigar los atentados a la propiedad privada. Es decir, la minoría social más favorecida trata de eximirse de su responsabilidad en lo relativo a la inseguridad aduciendo causas subjetivas de la delincuencia, razón por la cual proponen medidas ineficaces.
En dichos estudios se ha observado que el aumento o descenso del desempleo, las facilidades para adquirir armas, los valores o desvalores, etc., inciden de un modo u otro en una mayor o menor delincuencia. Sin embargo, dice que hay que considerar una estrategia integral, porque no se trata sólo de mejorar las condiciones de vida sin mejorar la impartición de justicia y la eficiencia policíaca. Lo que es un error –insiste- es enfatizar la seguridad penal sobre la seguridad social, pues ésta contribuye a reducir aquella, mientras que al revés es un fracaso seguro, es decir, no se puede frenar la delincuencia y en particular la violencia con medidas sólo policíacas o prioritariamente represivas. De hecho no sólo no hay solución por la vía de la mano dura (castigos más severos, bajar la edad para ser punible, entre otras), sino que resulta contraproducente porque al dejarse intactas las causas reales, el problema no se detiene ni se reduce, sino que se incrementa, además de que los centros penales no rehabilitan sino que son verdaderas universidades del crimen porque los delincuentes comunes se mezclan con la delincuencia organizada. E incluso el costo económico que se destina a este problema desde una perspectiva meramente policíaca resulta ser demasiado oneroso para las arcas públicas. En otras palabras, es irracional hacer gastos en seguridad pública sin compartirlos con la seguridad social.
Hace notar que en las sociedades democráticas en situación de subdesarrollo social -en contraste con sociedades tradicionales pobres-, se dé en forma alarmante la criminalidad, lo cual se explica según ella porque postulan una igualdad que no existe, lo que provoca resentimiento y desesperanza en amplios núcleos de la población, generando un caldo de cultivo para actividades criminales. En otras palabras, los vacíos que el Estado deja en la sociedad por su empecinamiento en favorecer desmedidamente a las elites económicas, son ocupados por la delincuencia.
Así entonces, el aducir factores falsos a la delincuencia tomando los efectos por las causas o recurriendo a falsas generalizaciones para endosarles una inclinación criminal per se a los pobres o exagerando factores como el genético, entre otros parecidos, impide atacar de manera correcta el problema para lo cual recomienda voltear a ver las experiencias exitosas no basadas en la mano dura.
Sólo me queda agregar que la debilidad de las instituciones que son rehenes de los intereses de las mafias, la impunidad ligada a la corrupción, la falta de educación y de formación en valores, así como la mala influencia de los medios masivos de comunicación, además del factor de exclusión social que propicia el actual modelo económico neoliberal que es el más importante, provocan entre todos los diversos problemas de inseguridad.
luque2009@gmail.com
domingo, 1 de marzo de 2009
Asociación delictuosa
Asociación delictuosa
César Ricardo Luque Santana
“Es preferible molestar con la verdad que complacer con la mentira”
Ana Guevara
Mientras la crisis económica empeora cada día manifestándose en mayor desempleo e inflación que da lugar a su vez a mayor pobreza, los consejeros del IFE trataron de obtener un aumento de sueldo escandaloso, mismo que no tuvieron empacho en conseguir los magistrados del Supremo Tribunal de Justicia (que de por sí son los que más ganan en el país), mientras que los diputados que en ese renglón -en lo que a altos salarios se refiere-, no sufren ni se abochornan, discuten si se debe de poner un límite o tope al salario máximo de los servidores públicos con la intención por parte de la izquierda al menos, de que ninguno de ellos, ya sea que se trate de representantes electos o funcionarios designados, pueda ganar más que el presidente de la república.
Los consejeros ¿ciudadanos? Del IFE dieron marcha atrás a su desmedida petición de homologar sus salarios con los mencionados magistrados que reciben poco más de 300 mil pesos al mes, en virtud del rechazo público del que fueron objeto, pero ello no obstó para que los magistrados si tuvieran un “pequeño” aumento a su de por si excesivo salario. Los primeros dijeron que se retractaban porque eran sensibles a la crisis económica que estaba pasando el país, aunque si tuvieran de veras esa conciencia no hubieran hecho el ridículo que hicieron, mientras los segundos no hicieron ruido al respecto.
En este contexto, el comunicador Ciro Gómez Leyva, de plano derrapó cuando quiso poner como ejemplo de amor a la patria al secretario de gobernación que según su ¿inocente? opinión, dejó de ganar un dineral en su despacho de abogados por incorporarse al gobierno. Tal vez dejó de ganar un 90% de lo que percibía en el sector privado dijo pasmado el gran Ciro, cuando todos sabemos que este tipo de personajes no dejan de percibir ganancias por una ausencia temporal en sus negocios, además de que los privilegios que se obtienen en ese tipo de cargos en el gobierno les permiten ventajas ilimitadas para lucrar.
Pero mientras periodistas alcahuetes como el mencionado destilan la baba queriendo salpicar a los incautos, en contraste, Denisse Dresser (DD) -que acababa de enviar una ejemplar carta abierta al ingeniero Carlos Slim donde lo pone en su lugar-, acudió al foro “México ante la crisis” donde dijo lo que muchos ya sabemos -principalmente los aludidos por ella- que en México gobiernan los poderes fácticos y que ello es el principal obstáculo para salir de la crisis por la corrupción que involucra esta anomalía institucional.
Resulta importante retomar algunos planteamientos de esta investigadora caracterizada por su inteligencia, valentía e independencia (según mi percepción) cuya implacable crítica no hace concesiones a nadie, para aventurar un par de ideas adicionales y complementarias a su postura.
Para empezar hay que señalar que DD cuestiona el actual modelo capitalista neoliberal pero no al capitalismo en sí, y habla incluso de un buen capitalismo (que también llama capitalismo democrático) que promueve la equidad social, en contraste con un mal capitalismo que provoca un abismo social cada vez mayor. A este último, en el caso mexicano, lo llama “capitalismo de cuates o de cómplices” refiriéndose al maridaje pernicioso entre los altos empresarios y los gobernantes, quienes se asumen como gerentes de éstos en vez de representar a la sociedad velando por su bienestar como es su obligación constitucional. En este sentido, el Estado claudica de su responsabilidad esencial y se aboca a proteger y acrecentar los privilegios de una minoría oligárquica rapaz que veta, obstruye y/o sabotea todas las reformas que atentan contra sus insanos intereses.
DD califica a la oligarquía mexicana como capitalismo rentista que vive a costillas de los consumidores con el beneplácito del Estado que los protege en sus ganancias desmedidas. En este punto pregunta ¿quién gobierna en México?: “¿La SEP o Elba Esther Gordillo?, PEMEX o Carlos Romero Deschamps?, ¿El Senado o Ricardo Salinas Pliego cuando logra controlar los vericuetos del proceso legislativo?,” etc. Con ello señala lo que decíamos al principio de que los poderes fácticos de todo tipo son los que mandan, quedando los espacios institucionales sólo para formalizar decisiones tomadas fuera de sus ámbitos.
En este sentido, se genera una estructura basada en redes de poder informales que actúan en forma coludida entre sí, con el agravante de que el Estado se vuelve rehén de intereses espurios a la nación. Sólo así se entiende dice la investigadora los privilegios de los que gozan los principales grupos corporativos (empresariales, sindicales y políticos), como el que les devuelvan impuestos, de que nos los infraccionen, de que no avancen leyes que les perjudican en sus negocios, de que los dirigentes sindicales corruptos sean intocables, etc. Remata que donde las elites económicas son fuertes, la gobernabilidad democrática es débil.
En este contexto de prácticas abusivas de empresarios que viven de medrar de los consumidores no sólo con la ausencia de regulación por parte del Estado sino con su protección, no puede haber una auténtica competencia. Es necesario por tanto que se rompa esta sumisión del Estado a los grupos de poder económico instaurando un nuevo tipo de relación entre Estado, sociedad y mercado. De no romper con este esquema de mafias, se seguirá abonando para el deterioro de las instituciones y su falta de credibilidad y continuará incrementándose la pobreza con todas las consecuencias que ello provoca.
Creo en lo particular que la aguda crítica de DD revela que no existe la institucionalidad ni el Estado de derecho o que éste actúa facciosa y patrimonialistamente. En este sentido, considero también que para la clase política, el gobernar para la sociedad pasa a segundo término pues su prioridad es enriquecerse a la sombra del Estado. Por ejemplo, la modificación de la tenencia ejidal emprendida por Salinas de Gortari en su momento, no tenía como propósito desarrollar las fuerzas productivas para generar una riqueza socialmente compartida, ni mucho menos para buscar una autosuficiencia alimentaria, sino que les interesaba despojar a los campesinos de sus tierras para reestablecer las haciendas y para apropiarse de los lugares con mayor potencial turístico que luego valdría millones de dólares. Así, cada medida económica, social, de seguridad, de educación etc., que el Estado mexicano toma, tiene como objetivo central beneficiar a los más ricos (incluidos ellos mismos por supuesto) en detrimento de la mayoría de la población, aunque desde luego las disfrazan haciéndolas pasar como benéficas para toda la sociedad.
Las consecuencias de esta forma de “gobernar” donde el Estado no asume con ética la responsabilidad de ejercer la autoridad para la sociedad protegiéndola de minorías voraces, ya las estamos viendo y padeciendo. Siguiendo con en el ejemplo anterior, provocaron el abandono del campo, que éste se volviera improductivo e incosteable para los productores de escasos recursos (que por esa razón no tienen acceso a créditos), que por ende se emigre a las ciudades o a los Estados Unidos, que la gente se empobrezca gradual e inevitablemente, que se deteriore el tejido social con los altos grados de inseguridad que hoy se viven, etc. En este sentido, el interés público se trastoca en interés privado con lo cual el Estado traiciona su esencia de proteger a la sociedad haciéndola viable.
luque2009@gmail.com
César Ricardo Luque Santana
“Es preferible molestar con la verdad que complacer con la mentira”
Ana Guevara
Mientras la crisis económica empeora cada día manifestándose en mayor desempleo e inflación que da lugar a su vez a mayor pobreza, los consejeros del IFE trataron de obtener un aumento de sueldo escandaloso, mismo que no tuvieron empacho en conseguir los magistrados del Supremo Tribunal de Justicia (que de por sí son los que más ganan en el país), mientras que los diputados que en ese renglón -en lo que a altos salarios se refiere-, no sufren ni se abochornan, discuten si se debe de poner un límite o tope al salario máximo de los servidores públicos con la intención por parte de la izquierda al menos, de que ninguno de ellos, ya sea que se trate de representantes electos o funcionarios designados, pueda ganar más que el presidente de la república.
Los consejeros ¿ciudadanos? Del IFE dieron marcha atrás a su desmedida petición de homologar sus salarios con los mencionados magistrados que reciben poco más de 300 mil pesos al mes, en virtud del rechazo público del que fueron objeto, pero ello no obstó para que los magistrados si tuvieran un “pequeño” aumento a su de por si excesivo salario. Los primeros dijeron que se retractaban porque eran sensibles a la crisis económica que estaba pasando el país, aunque si tuvieran de veras esa conciencia no hubieran hecho el ridículo que hicieron, mientras los segundos no hicieron ruido al respecto.
En este contexto, el comunicador Ciro Gómez Leyva, de plano derrapó cuando quiso poner como ejemplo de amor a la patria al secretario de gobernación que según su ¿inocente? opinión, dejó de ganar un dineral en su despacho de abogados por incorporarse al gobierno. Tal vez dejó de ganar un 90% de lo que percibía en el sector privado dijo pasmado el gran Ciro, cuando todos sabemos que este tipo de personajes no dejan de percibir ganancias por una ausencia temporal en sus negocios, además de que los privilegios que se obtienen en ese tipo de cargos en el gobierno les permiten ventajas ilimitadas para lucrar.
Pero mientras periodistas alcahuetes como el mencionado destilan la baba queriendo salpicar a los incautos, en contraste, Denisse Dresser (DD) -que acababa de enviar una ejemplar carta abierta al ingeniero Carlos Slim donde lo pone en su lugar-, acudió al foro “México ante la crisis” donde dijo lo que muchos ya sabemos -principalmente los aludidos por ella- que en México gobiernan los poderes fácticos y que ello es el principal obstáculo para salir de la crisis por la corrupción que involucra esta anomalía institucional.
Resulta importante retomar algunos planteamientos de esta investigadora caracterizada por su inteligencia, valentía e independencia (según mi percepción) cuya implacable crítica no hace concesiones a nadie, para aventurar un par de ideas adicionales y complementarias a su postura.
Para empezar hay que señalar que DD cuestiona el actual modelo capitalista neoliberal pero no al capitalismo en sí, y habla incluso de un buen capitalismo (que también llama capitalismo democrático) que promueve la equidad social, en contraste con un mal capitalismo que provoca un abismo social cada vez mayor. A este último, en el caso mexicano, lo llama “capitalismo de cuates o de cómplices” refiriéndose al maridaje pernicioso entre los altos empresarios y los gobernantes, quienes se asumen como gerentes de éstos en vez de representar a la sociedad velando por su bienestar como es su obligación constitucional. En este sentido, el Estado claudica de su responsabilidad esencial y se aboca a proteger y acrecentar los privilegios de una minoría oligárquica rapaz que veta, obstruye y/o sabotea todas las reformas que atentan contra sus insanos intereses.
DD califica a la oligarquía mexicana como capitalismo rentista que vive a costillas de los consumidores con el beneplácito del Estado que los protege en sus ganancias desmedidas. En este punto pregunta ¿quién gobierna en México?: “¿La SEP o Elba Esther Gordillo?, PEMEX o Carlos Romero Deschamps?, ¿El Senado o Ricardo Salinas Pliego cuando logra controlar los vericuetos del proceso legislativo?,” etc. Con ello señala lo que decíamos al principio de que los poderes fácticos de todo tipo son los que mandan, quedando los espacios institucionales sólo para formalizar decisiones tomadas fuera de sus ámbitos.
En este sentido, se genera una estructura basada en redes de poder informales que actúan en forma coludida entre sí, con el agravante de que el Estado se vuelve rehén de intereses espurios a la nación. Sólo así se entiende dice la investigadora los privilegios de los que gozan los principales grupos corporativos (empresariales, sindicales y políticos), como el que les devuelvan impuestos, de que nos los infraccionen, de que no avancen leyes que les perjudican en sus negocios, de que los dirigentes sindicales corruptos sean intocables, etc. Remata que donde las elites económicas son fuertes, la gobernabilidad democrática es débil.
En este contexto de prácticas abusivas de empresarios que viven de medrar de los consumidores no sólo con la ausencia de regulación por parte del Estado sino con su protección, no puede haber una auténtica competencia. Es necesario por tanto que se rompa esta sumisión del Estado a los grupos de poder económico instaurando un nuevo tipo de relación entre Estado, sociedad y mercado. De no romper con este esquema de mafias, se seguirá abonando para el deterioro de las instituciones y su falta de credibilidad y continuará incrementándose la pobreza con todas las consecuencias que ello provoca.
Creo en lo particular que la aguda crítica de DD revela que no existe la institucionalidad ni el Estado de derecho o que éste actúa facciosa y patrimonialistamente. En este sentido, considero también que para la clase política, el gobernar para la sociedad pasa a segundo término pues su prioridad es enriquecerse a la sombra del Estado. Por ejemplo, la modificación de la tenencia ejidal emprendida por Salinas de Gortari en su momento, no tenía como propósito desarrollar las fuerzas productivas para generar una riqueza socialmente compartida, ni mucho menos para buscar una autosuficiencia alimentaria, sino que les interesaba despojar a los campesinos de sus tierras para reestablecer las haciendas y para apropiarse de los lugares con mayor potencial turístico que luego valdría millones de dólares. Así, cada medida económica, social, de seguridad, de educación etc., que el Estado mexicano toma, tiene como objetivo central beneficiar a los más ricos (incluidos ellos mismos por supuesto) en detrimento de la mayoría de la población, aunque desde luego las disfrazan haciéndolas pasar como benéficas para toda la sociedad.
Las consecuencias de esta forma de “gobernar” donde el Estado no asume con ética la responsabilidad de ejercer la autoridad para la sociedad protegiéndola de minorías voraces, ya las estamos viendo y padeciendo. Siguiendo con en el ejemplo anterior, provocaron el abandono del campo, que éste se volviera improductivo e incosteable para los productores de escasos recursos (que por esa razón no tienen acceso a créditos), que por ende se emigre a las ciudades o a los Estados Unidos, que la gente se empobrezca gradual e inevitablemente, que se deteriore el tejido social con los altos grados de inseguridad que hoy se viven, etc. En este sentido, el interés público se trastoca en interés privado con lo cual el Estado traiciona su esencia de proteger a la sociedad haciéndola viable.
luque2009@gmail.com
domingo, 22 de febrero de 2009
La naturaleza de las discrepancias políticas
La naturaleza de las discrepancias políticas
César Ricardo Luque Santana
Se suele decir que la política es demasiado importante para dejarla en manos sólo de los políticos profesionales o de unas cuantas personas, sino que ésta es competencia o responsabilidad de todos los ciudadanos.
En el largo diálogo platónico intitulado “Gorgias”, se da la disputa entre el sofista Gorgias y el filósofo Sócrates quien defiende (al igual que Platón), que la política como otras actividades del hombre debe de estar en manos de los que saben, en este caso del rey-filósofo o filósofo-rey como lo llamara en La República, mientras que Gorgias sostiene que la política es asunto de todos los miembros libres de la comunidad (en este caso de la polis).
En este portentoso diálogo entre dos gigantes del pensamiento, Gorgias recurre al mito de Prometeo para justificar su postura (existen otras dos versiones de este mito), diciendo que habiendo los dioses repartido todas las cualidades a los seres vivos de la tierra, se dejó al hombre indefenso porque no tenía garras, ni alas, ni fuerza, ni ninguna cualidad de este tipo que tenían otros animales que les garantizaba su supervivencia. El hombre en cambio estaba desnudo sin más arma que su inteligencia (obtenida heroicamente por Prometeo), pero además, para sobrevivir como especie en sociedad, necesitaba de la política, que a diferencia de las demás artes como la medicina donde bastaba que unos cuantos la conocieran, la política debía ser asunto de todos según determinó Zeus.
Con base en el relato de este mito que es una prodigiosa pieza literaria, Gorgias estableció que todos los ciudadanos tienen derecho a participar en la política de su comunidad deliberando y decidiendo libremente sobre los asuntos públicos, además de tener el derecho a elegir a sus gobernantes y a ser electos por sus conciudadanos. La posición socrática-platónica al respecto es conocida, pues ambos se manifiestan contra la democracia y a favor de la aristocracia, entendida ésta última literalmente como el gobierno de los mejores. Para ellos, la democracia es sinónimo de demagogia y creían que el pueblo podía elegir a las personas menos apropiadas para el cargo de gobernante, mientras que en una aristocracia (que no hay que confundir con la plutocracia), los sabios gobernarían virtuosamente por su mera condición de sabios, ya que Platón parte del supuesto de que el mal es producto de la ignorancia, por lo que un hombre sabio sería necesariamente bueno.
En ambas posturas hay una contradicción evidente, pero al mismo tiempo hay en ellas parte de verdad. ¿Cómo negar que en la democracia exista la demagogia y que en efecto el pueblo en muchas ocasiones elija como gobernantes a sujetos ineptos, corruptos, perversos, etc.?; pero por otro lado, ¿cómo negar que los ciudadanos tengan derechos políticos como los mencionados?
Menciono esta celebre disputa filosófica entre Gorgias y Sócrates para ilustrar la complejidad de la política y particularmente de la dificultad de hacer coincidir la inteligencia o sapiencia con la condición democrática. Trataré a continuación de explicar esta problemática que tiene muchas aristas, aclarando antes que evidentemente, la teoría política de Platón plasmada en La República con la figura del filósofo-rey, es y era inviable como él mismo lo reconoció tiempo después en Las Leyes, obra donde rectificó la intervención del filósofo en la política relegándolo a una especie de consejero. Asimismo, no pretendo responder a la pregunta de qué es la política para lo cual recomiendo leer a Maquiavelo, Hanna Arendt, Max Weber, entre otros. Sólo pretendo ilustrar la dificultad de un diálogo político democrático, productivo y edificante entre los ciudadanos, los analistas y/o los gobernantes, pero principalmente entre los ciudadanos comunes.
Evidentemente, en algunos casos, las desavenencias políticas entre dos o más personas que discuten sobre un tópico político, se dan principalmente por los fuertes intereses materiales que involucra la política, en otros casos por una fuerte carga ideológica de los contendientes, o bien por ignorancia o por una combinación de algunos o todos estos factores.
En este caso, no me voy a referir a la relación casi siempre conflictiva entre el analista político crítico y los políticos profesionales y los servidores públicos de todo tipo, de lo cual ya comenté los suficiente en mis dos artículos precedentes, sino a las disputas informales y ocasionales que se dan entre amigos o conocidos en los centros de trabajo, en los cafés o las plazas públicas cuando abordan tópicos políticos de diversa índole.
En este tipo de discusiones se suele anteponer los aspectos emocionales a los racionales pues predominan las filias y las fobias de los contrincantes, ya que la discusión se instala más en el terreno de la reyerta, que de la necesidad de aprender del otro poniéndose en su lugar escuchándolo sin prejuicios para llegar a verdades plausibles. Sin embargo, lo habitual en estos casos es jugar a las vencidas recurriendo a meras subjetividades como hacer falsas generalizaciones, incurrir en histrionismos e incluso proceder de mala fe. Lo contrario sería tratar de convencer con argumentos basados en datos duros comprobables, un uso adecuado de los conceptos utilizados y una actitud ética para evitar el engaño deliberado; pero al mismo tiempo, implica estar abierto a reconocer las buenas razones del otro y por ende a dejarse persuadir sin sentirse por ello vencido sino al contrario liberado.
Hay muchos ejemplos al respecto pero quiero mencionar uno muy común en estos días, de personas que se identifican con posiciones de derecha, quienes cuestionan el triunfo de Hugo Chávez en Venezuela en el reciente referéndum que permitirá la reelección indefinida del presidente de la república. En muchos casos, cuando el odio hacia este personaje es muy acendrado, se suele referir a él como dictador, sin reparar que en modo alguno encaja en ese concepto. Cuando uno les pide que definan qué es un dictador o una dictadura y que demuestren que Chávez está dentro de ese concepto o bien se retracten de esa adjetivización, suelen hacer mutis. Del mismo modo, afirmar que la mencionada modificación constitucional significa un cheque en blanco para que sea presidente a perpetuidad en forma automática, significa desconocer que para ello tiene que ganar en las urnas y que además, cada tres años hay un referéndum de revocación de mandato, el cual también se resuelve en las urnas.
Desde luego que los opositores de Chávez esgrimen una serie de consideraciones para deslegitimar su triunfo, sugiriendo que mediante fraudes electorales se va a perpetuar en el poder, algo que no se ha podido demostrar porque en los últimos procesos electorales en Venezuela que han estado estrechamente vigilados, nadie de los perdedores ha alegado fraude ni el gobierno ha escamoteado los triunfos de la oposición. Asimismo, la reelección que existe en otros países democráticos de Europa como Inglaterra donde Margaret Tatcher se reeligió tres veces hasta que los de su propio partido la frenaron, no causa el mismo malestar ni nadie les dicen dictadores.
Desde luego que se pueden alegar muchas objeciones contra Hugo Chávez y tal vez algunas sean legítimas y hasta verdaderas, pero hay que mostrar evidencias no sesgadas de ello para evitar los dimes y diretes inútiles que sólo refuerzan los dogmas y envilecen el diálogo. Por ejemplo, cuando a los detractores de Chávez se les pide que comparen el crecimiento económico de Venezuela con el de México, inmediatamente tratan de desacreditar los logros de Chávez en materia económica con argumentos pueriles y endebles como decir que es una economía petrolarizada, de que es una economía pegada con alfileres y cosas por el estilo. Pero lo curioso es que se revuelven más en tratar de demostrar los supuestos aspectos engañosos o efímeros de la exitosa política económica del gobierno venezolano, que en explicar el fracaso de la economía mexicana en manos de los neoliberales.
El enojo contra Chávez, Evo Morales y otros mandatarios latinoamericanos de izquierda es porque son socialistas en serio y no se andan disculpando por ello como hacen algunos izquierdistas vergonzantes mexicanos que se llenan la boca con el epíteto de reformistas o se dicen moderados o de centroizquierda para recibir el beneplácito de los neoliberales.
En consecuencia, en una democracia todos tenemos derecho a decir lo que queramos, pero no todas las opiniones son igualmente válidas epistémicamente hablando.
Manda tus comentarios directamente a este blog o escríbeme a: luque2009@gmail.com
César Ricardo Luque Santana
Se suele decir que la política es demasiado importante para dejarla en manos sólo de los políticos profesionales o de unas cuantas personas, sino que ésta es competencia o responsabilidad de todos los ciudadanos.
En el largo diálogo platónico intitulado “Gorgias”, se da la disputa entre el sofista Gorgias y el filósofo Sócrates quien defiende (al igual que Platón), que la política como otras actividades del hombre debe de estar en manos de los que saben, en este caso del rey-filósofo o filósofo-rey como lo llamara en La República, mientras que Gorgias sostiene que la política es asunto de todos los miembros libres de la comunidad (en este caso de la polis).
En este portentoso diálogo entre dos gigantes del pensamiento, Gorgias recurre al mito de Prometeo para justificar su postura (existen otras dos versiones de este mito), diciendo que habiendo los dioses repartido todas las cualidades a los seres vivos de la tierra, se dejó al hombre indefenso porque no tenía garras, ni alas, ni fuerza, ni ninguna cualidad de este tipo que tenían otros animales que les garantizaba su supervivencia. El hombre en cambio estaba desnudo sin más arma que su inteligencia (obtenida heroicamente por Prometeo), pero además, para sobrevivir como especie en sociedad, necesitaba de la política, que a diferencia de las demás artes como la medicina donde bastaba que unos cuantos la conocieran, la política debía ser asunto de todos según determinó Zeus.
Con base en el relato de este mito que es una prodigiosa pieza literaria, Gorgias estableció que todos los ciudadanos tienen derecho a participar en la política de su comunidad deliberando y decidiendo libremente sobre los asuntos públicos, además de tener el derecho a elegir a sus gobernantes y a ser electos por sus conciudadanos. La posición socrática-platónica al respecto es conocida, pues ambos se manifiestan contra la democracia y a favor de la aristocracia, entendida ésta última literalmente como el gobierno de los mejores. Para ellos, la democracia es sinónimo de demagogia y creían que el pueblo podía elegir a las personas menos apropiadas para el cargo de gobernante, mientras que en una aristocracia (que no hay que confundir con la plutocracia), los sabios gobernarían virtuosamente por su mera condición de sabios, ya que Platón parte del supuesto de que el mal es producto de la ignorancia, por lo que un hombre sabio sería necesariamente bueno.
En ambas posturas hay una contradicción evidente, pero al mismo tiempo hay en ellas parte de verdad. ¿Cómo negar que en la democracia exista la demagogia y que en efecto el pueblo en muchas ocasiones elija como gobernantes a sujetos ineptos, corruptos, perversos, etc.?; pero por otro lado, ¿cómo negar que los ciudadanos tengan derechos políticos como los mencionados?
Menciono esta celebre disputa filosófica entre Gorgias y Sócrates para ilustrar la complejidad de la política y particularmente de la dificultad de hacer coincidir la inteligencia o sapiencia con la condición democrática. Trataré a continuación de explicar esta problemática que tiene muchas aristas, aclarando antes que evidentemente, la teoría política de Platón plasmada en La República con la figura del filósofo-rey, es y era inviable como él mismo lo reconoció tiempo después en Las Leyes, obra donde rectificó la intervención del filósofo en la política relegándolo a una especie de consejero. Asimismo, no pretendo responder a la pregunta de qué es la política para lo cual recomiendo leer a Maquiavelo, Hanna Arendt, Max Weber, entre otros. Sólo pretendo ilustrar la dificultad de un diálogo político democrático, productivo y edificante entre los ciudadanos, los analistas y/o los gobernantes, pero principalmente entre los ciudadanos comunes.
Evidentemente, en algunos casos, las desavenencias políticas entre dos o más personas que discuten sobre un tópico político, se dan principalmente por los fuertes intereses materiales que involucra la política, en otros casos por una fuerte carga ideológica de los contendientes, o bien por ignorancia o por una combinación de algunos o todos estos factores.
En este caso, no me voy a referir a la relación casi siempre conflictiva entre el analista político crítico y los políticos profesionales y los servidores públicos de todo tipo, de lo cual ya comenté los suficiente en mis dos artículos precedentes, sino a las disputas informales y ocasionales que se dan entre amigos o conocidos en los centros de trabajo, en los cafés o las plazas públicas cuando abordan tópicos políticos de diversa índole.
En este tipo de discusiones se suele anteponer los aspectos emocionales a los racionales pues predominan las filias y las fobias de los contrincantes, ya que la discusión se instala más en el terreno de la reyerta, que de la necesidad de aprender del otro poniéndose en su lugar escuchándolo sin prejuicios para llegar a verdades plausibles. Sin embargo, lo habitual en estos casos es jugar a las vencidas recurriendo a meras subjetividades como hacer falsas generalizaciones, incurrir en histrionismos e incluso proceder de mala fe. Lo contrario sería tratar de convencer con argumentos basados en datos duros comprobables, un uso adecuado de los conceptos utilizados y una actitud ética para evitar el engaño deliberado; pero al mismo tiempo, implica estar abierto a reconocer las buenas razones del otro y por ende a dejarse persuadir sin sentirse por ello vencido sino al contrario liberado.
Hay muchos ejemplos al respecto pero quiero mencionar uno muy común en estos días, de personas que se identifican con posiciones de derecha, quienes cuestionan el triunfo de Hugo Chávez en Venezuela en el reciente referéndum que permitirá la reelección indefinida del presidente de la república. En muchos casos, cuando el odio hacia este personaje es muy acendrado, se suele referir a él como dictador, sin reparar que en modo alguno encaja en ese concepto. Cuando uno les pide que definan qué es un dictador o una dictadura y que demuestren que Chávez está dentro de ese concepto o bien se retracten de esa adjetivización, suelen hacer mutis. Del mismo modo, afirmar que la mencionada modificación constitucional significa un cheque en blanco para que sea presidente a perpetuidad en forma automática, significa desconocer que para ello tiene que ganar en las urnas y que además, cada tres años hay un referéndum de revocación de mandato, el cual también se resuelve en las urnas.
Desde luego que los opositores de Chávez esgrimen una serie de consideraciones para deslegitimar su triunfo, sugiriendo que mediante fraudes electorales se va a perpetuar en el poder, algo que no se ha podido demostrar porque en los últimos procesos electorales en Venezuela que han estado estrechamente vigilados, nadie de los perdedores ha alegado fraude ni el gobierno ha escamoteado los triunfos de la oposición. Asimismo, la reelección que existe en otros países democráticos de Europa como Inglaterra donde Margaret Tatcher se reeligió tres veces hasta que los de su propio partido la frenaron, no causa el mismo malestar ni nadie les dicen dictadores.
Desde luego que se pueden alegar muchas objeciones contra Hugo Chávez y tal vez algunas sean legítimas y hasta verdaderas, pero hay que mostrar evidencias no sesgadas de ello para evitar los dimes y diretes inútiles que sólo refuerzan los dogmas y envilecen el diálogo. Por ejemplo, cuando a los detractores de Chávez se les pide que comparen el crecimiento económico de Venezuela con el de México, inmediatamente tratan de desacreditar los logros de Chávez en materia económica con argumentos pueriles y endebles como decir que es una economía petrolarizada, de que es una economía pegada con alfileres y cosas por el estilo. Pero lo curioso es que se revuelven más en tratar de demostrar los supuestos aspectos engañosos o efímeros de la exitosa política económica del gobierno venezolano, que en explicar el fracaso de la economía mexicana en manos de los neoliberales.
El enojo contra Chávez, Evo Morales y otros mandatarios latinoamericanos de izquierda es porque son socialistas en serio y no se andan disculpando por ello como hacen algunos izquierdistas vergonzantes mexicanos que se llenan la boca con el epíteto de reformistas o se dicen moderados o de centroizquierda para recibir el beneplácito de los neoliberales.
En consecuencia, en una democracia todos tenemos derecho a decir lo que queramos, pero no todas las opiniones son igualmente válidas epistémicamente hablando.
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domingo, 15 de febrero de 2009
Los sentidos de la crítica
Los sentidos de la crítica
César Ricardo Luque Santana
“…un príncipe prudente [debe contar] con hombres sabios,
y sólo a ellos debe dar libre arbitrio para que le digan la verdad.”
Maquiavelo (El príncipe)
En mi colaboración anterior analicé someramente la relación entre la crítica y el poder, afirmando que la crítica como tal es una sóla, y que las alusiones o interpretaciones de una crítica entendida sólo como rechazo u objeción, o incluso como crítica negativa versus crítica constructiva son erróneas, pues por un lado se entiende coloquialmente y en forma unilateral a la crítica como algo meramente destructivo que sólo busca dañar, mientras que por el otro lado se introduce un matiz aduciendo la posibilidad de una “crítica constructiva”, lo que indicaría que hay una crítica sana, es decir, una crítica que no tiene por objeto únicamente causar daño sino también aportar soluciones a los problemas que señala.
En virtud de ello, creo necesario profundizar un poco más sobre el concepto de crítica para ponerlo a salvo de los sentidos vulgares que le endosan y que están muy generalizados. Pero antes trataré de rescatar otros puntos del artículo anterior que considero pertinentes dejar aclarados para atender de manera breve los fundamentos filosóficos de la crítica.
Creo que en el primer sentido se encuentra la generalidad de las personas que tienden a considerar la crítica como infundio o calumnia per se (la crítica como hablar mal de los demás) o al menos como un ataque que aunque vierta razones válidas, su intención es ocasionar un daño a quien va dirigido. El segundo sentido es más típico de los políticos en el poder quienes buscan minimizar las críticas en su contra sin cuestionar la crítica en sí misma, pues como servidores públicos no pueden estar abiertamente en contra de ella, de manera que tratan de reducirla a su mínima expresión, comprando conciencias ya sea para que los adulen o para silenciarlas.
Así entonces, en el primer significado la noción de crítica suele ser inconsciente mientras que en el segundo tiende a ser deliberada, pero en ambos –insisto-, dicha noción es equivocada, aunque en este esta última interpretación, lo equivoco reside en su ambigüedad y carácter confuso, en otras palabras, porque tiene la apariencia de ser una distinción legítima.
Por ello decía que los políticos y gobernantes que son reactivos a la crítica, aducen una supuesta dicotomía o maniqueísmo de ésta, pero realmente no están contra la supuesta mentira de la crítica que los lesiona porque es evidente que no se incomodan ante la adulación que por definición está basada en la mentira. Pero además, sostener que el crítico debe también solucionarles los problemas es un exceso de su parte porque son ellos los que tienen los instrumentos para esos menesteres y es desde luego su obligación como autoridades. Es como si uno como espectador de un espectáculo considera que el artista no hizo bien su trabajo, no por ello está obligado como crítico a hacer el trabajo del artista. O situándose desde el lado del gobernante, Maquiavelo recomienda a éstos que se rodeen de consejeros críticos cuidándose de los aduladores (ver capítulo XXII de El Príncipe), pero en modo alguno delegar su facultad de tomar las decisiones, por ello dice en el final de este capítulo que “…los buenos consejos, vengan de quien vengan, conviene que nazcan de la prudencia del príncipe, y no la prudencia del príncipe de los buenos consejos”
También aludía en mi mencionado escrito a la escasez de críticos o escritores independientes, lo cual se explica por lo que decía Rousseau en el epígrafe de dicho artículo, de que el intelectual plegado al poder obtiene ventajas y canonjías que normalmente no obtendría como un intelectual independiente. Por ello podemos ver incluso a intelectuales y periodistas que son críticos con gobernantes de un determinado partido, que son muy consentidores o alcahuetes con otros. La actitud convenciera de actuar como sirvientes del poder no significa que no tengan preparación o capacidad, sino que son inmorales porque están dispuestos a actuar por consigna para mantener sus privilegios llegando incluso al envilecimiento. Desde luego que para que haya este tipo de intelectuales se necesita que existan gobernantes que ven la crítica como una ofensa.
¿Cuál es entonces el sentido conceptual de la crítica que nos autoriza a sostener que la crítica como tal sólo es una? La crítica en sentido conceptual nos remite en primera instancia al planteamiento kantiano de la crítica como conocimiento y en el segundo caso a Marx quien enfatiza la crítica como denuncia
En Kant, la crítica no es mera impugnación o rechazo sino ante todo conocimiento. Para él, la crítica a la razón pura (teórica o discursiva) es una búsqueda de los fundamentos, alcances y límites del conocimiento racional, un cuestionarse hasta dónde es legítimo este conocimiento basado en la razón. En otras palabras, Kant quiere determinar las condiciones de posibilidad del conocimiento y examinar la facultad cognoscitiva de la razón.
Para Kant, conocer algo no implica de entrada emitir juicios de valor sino ante todo juicios de hecho, es decir, en principio no se trata de asumir una actitud valorativa para aceptar o condenar algo. En este problema hay un trasfondo que tiene que ver con la cuestión de la ideología y la objetividad en el sentido de que si no se separan ambos tipos de juicios, se corre el riesgo de distorsionar la realidad por un subjetivismo. Recordemos que en este punto aludíamos anteriormente a José Ortega y Gasset quien hacía una advertencia similar diciendo que la función esencial del intelectual es la de aclarar un problema y que para ello debía evitar dejarse llevar por consideraciones subjetivistas (emocionales o ideológicas) porque estaría reemplazando el análisis por el panfleto. En otras palabras, se pondría a la razón al servicio de una causa política o ideológica sin importar cuál sea, en demérito de la verdad. En un caso así, lo ideológico empañaría inevitablemente al conocimiento científico quitándole o restándole cientificidad al análisis.
Ahora bien, el problema de la objetividad del conocimiento no significa pretender una supuesta neutralidad del sujeto cayendo en la dicotomía de juicios entre los juicios de hecho y juicios de valor como querían los positivistas, pues la subjetividad como tal y los valores no se pueden evitar, pero si se puede evitar faltar deliberadamente a la verdad para acomodar las cosas a intereses ajenos a ella.
En cuanto a la crítica como denuncia, en efecto en el joven Marx se presenta la crítica como desenmascaramiento, esto es, como poner al descubierto la verdad y sacar de ello todas las consecuencias. La crítica hacia todo lo existente, hacia lo establecido, debe ser según él, despiadada, sin concesiones ni consideraciones. La crítica ha de ser radical porque lo radical es ir a la raíz de las cosas, a sus fundamentos.
En la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel de 1843, es donde Marx postula por vez primera la crítica como desenmascaramiento o denuncia. Se trata decía él, de mostrar la injusticia y provocar la indignación, es decir, de presentar con crudeza la realidad sin subterfugios, pero tampoco inventando cosas que no existen. La crítica no es entonces un fin en sí mismo, puro conocimiento o interpretación, sino que es un medio que debe llevar a la transformación revolucionaria de un orden social injusto. La praxis revolucionaria es tanto teórica como práctica.
En conclusión, la fundamentación de la crítica que aportan Kant y Marx son complementaria porque la crítica no se reduce a un problema sólo epistemológico sino que también es de índole social, por lo cual lo objetivo y lo subjetivo forman una unidad dialéctica. Por ello, reiteramos que la crítica “es la capacidad de juzgar con conocimiento de causa y con responsabilidad, es decir, opinar con base en información (datos duros), razonamiento lógico y honestidad intelectual.”
Luque2009@gmail.com
César Ricardo Luque Santana
“…un príncipe prudente [debe contar] con hombres sabios,
y sólo a ellos debe dar libre arbitrio para que le digan la verdad.”
Maquiavelo (El príncipe)
En mi colaboración anterior analicé someramente la relación entre la crítica y el poder, afirmando que la crítica como tal es una sóla, y que las alusiones o interpretaciones de una crítica entendida sólo como rechazo u objeción, o incluso como crítica negativa versus crítica constructiva son erróneas, pues por un lado se entiende coloquialmente y en forma unilateral a la crítica como algo meramente destructivo que sólo busca dañar, mientras que por el otro lado se introduce un matiz aduciendo la posibilidad de una “crítica constructiva”, lo que indicaría que hay una crítica sana, es decir, una crítica que no tiene por objeto únicamente causar daño sino también aportar soluciones a los problemas que señala.
En virtud de ello, creo necesario profundizar un poco más sobre el concepto de crítica para ponerlo a salvo de los sentidos vulgares que le endosan y que están muy generalizados. Pero antes trataré de rescatar otros puntos del artículo anterior que considero pertinentes dejar aclarados para atender de manera breve los fundamentos filosóficos de la crítica.
Creo que en el primer sentido se encuentra la generalidad de las personas que tienden a considerar la crítica como infundio o calumnia per se (la crítica como hablar mal de los demás) o al menos como un ataque que aunque vierta razones válidas, su intención es ocasionar un daño a quien va dirigido. El segundo sentido es más típico de los políticos en el poder quienes buscan minimizar las críticas en su contra sin cuestionar la crítica en sí misma, pues como servidores públicos no pueden estar abiertamente en contra de ella, de manera que tratan de reducirla a su mínima expresión, comprando conciencias ya sea para que los adulen o para silenciarlas.
Así entonces, en el primer significado la noción de crítica suele ser inconsciente mientras que en el segundo tiende a ser deliberada, pero en ambos –insisto-, dicha noción es equivocada, aunque en este esta última interpretación, lo equivoco reside en su ambigüedad y carácter confuso, en otras palabras, porque tiene la apariencia de ser una distinción legítima.
Por ello decía que los políticos y gobernantes que son reactivos a la crítica, aducen una supuesta dicotomía o maniqueísmo de ésta, pero realmente no están contra la supuesta mentira de la crítica que los lesiona porque es evidente que no se incomodan ante la adulación que por definición está basada en la mentira. Pero además, sostener que el crítico debe también solucionarles los problemas es un exceso de su parte porque son ellos los que tienen los instrumentos para esos menesteres y es desde luego su obligación como autoridades. Es como si uno como espectador de un espectáculo considera que el artista no hizo bien su trabajo, no por ello está obligado como crítico a hacer el trabajo del artista. O situándose desde el lado del gobernante, Maquiavelo recomienda a éstos que se rodeen de consejeros críticos cuidándose de los aduladores (ver capítulo XXII de El Príncipe), pero en modo alguno delegar su facultad de tomar las decisiones, por ello dice en el final de este capítulo que “…los buenos consejos, vengan de quien vengan, conviene que nazcan de la prudencia del príncipe, y no la prudencia del príncipe de los buenos consejos”
También aludía en mi mencionado escrito a la escasez de críticos o escritores independientes, lo cual se explica por lo que decía Rousseau en el epígrafe de dicho artículo, de que el intelectual plegado al poder obtiene ventajas y canonjías que normalmente no obtendría como un intelectual independiente. Por ello podemos ver incluso a intelectuales y periodistas que son críticos con gobernantes de un determinado partido, que son muy consentidores o alcahuetes con otros. La actitud convenciera de actuar como sirvientes del poder no significa que no tengan preparación o capacidad, sino que son inmorales porque están dispuestos a actuar por consigna para mantener sus privilegios llegando incluso al envilecimiento. Desde luego que para que haya este tipo de intelectuales se necesita que existan gobernantes que ven la crítica como una ofensa.
¿Cuál es entonces el sentido conceptual de la crítica que nos autoriza a sostener que la crítica como tal sólo es una? La crítica en sentido conceptual nos remite en primera instancia al planteamiento kantiano de la crítica como conocimiento y en el segundo caso a Marx quien enfatiza la crítica como denuncia
En Kant, la crítica no es mera impugnación o rechazo sino ante todo conocimiento. Para él, la crítica a la razón pura (teórica o discursiva) es una búsqueda de los fundamentos, alcances y límites del conocimiento racional, un cuestionarse hasta dónde es legítimo este conocimiento basado en la razón. En otras palabras, Kant quiere determinar las condiciones de posibilidad del conocimiento y examinar la facultad cognoscitiva de la razón.
Para Kant, conocer algo no implica de entrada emitir juicios de valor sino ante todo juicios de hecho, es decir, en principio no se trata de asumir una actitud valorativa para aceptar o condenar algo. En este problema hay un trasfondo que tiene que ver con la cuestión de la ideología y la objetividad en el sentido de que si no se separan ambos tipos de juicios, se corre el riesgo de distorsionar la realidad por un subjetivismo. Recordemos que en este punto aludíamos anteriormente a José Ortega y Gasset quien hacía una advertencia similar diciendo que la función esencial del intelectual es la de aclarar un problema y que para ello debía evitar dejarse llevar por consideraciones subjetivistas (emocionales o ideológicas) porque estaría reemplazando el análisis por el panfleto. En otras palabras, se pondría a la razón al servicio de una causa política o ideológica sin importar cuál sea, en demérito de la verdad. En un caso así, lo ideológico empañaría inevitablemente al conocimiento científico quitándole o restándole cientificidad al análisis.
Ahora bien, el problema de la objetividad del conocimiento no significa pretender una supuesta neutralidad del sujeto cayendo en la dicotomía de juicios entre los juicios de hecho y juicios de valor como querían los positivistas, pues la subjetividad como tal y los valores no se pueden evitar, pero si se puede evitar faltar deliberadamente a la verdad para acomodar las cosas a intereses ajenos a ella.
En cuanto a la crítica como denuncia, en efecto en el joven Marx se presenta la crítica como desenmascaramiento, esto es, como poner al descubierto la verdad y sacar de ello todas las consecuencias. La crítica hacia todo lo existente, hacia lo establecido, debe ser según él, despiadada, sin concesiones ni consideraciones. La crítica ha de ser radical porque lo radical es ir a la raíz de las cosas, a sus fundamentos.
En la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel de 1843, es donde Marx postula por vez primera la crítica como desenmascaramiento o denuncia. Se trata decía él, de mostrar la injusticia y provocar la indignación, es decir, de presentar con crudeza la realidad sin subterfugios, pero tampoco inventando cosas que no existen. La crítica no es entonces un fin en sí mismo, puro conocimiento o interpretación, sino que es un medio que debe llevar a la transformación revolucionaria de un orden social injusto. La praxis revolucionaria es tanto teórica como práctica.
En conclusión, la fundamentación de la crítica que aportan Kant y Marx son complementaria porque la crítica no se reduce a un problema sólo epistemológico sino que también es de índole social, por lo cual lo objetivo y lo subjetivo forman una unidad dialéctica. Por ello, reiteramos que la crítica “es la capacidad de juzgar con conocimiento de causa y con responsabilidad, es decir, opinar con base en información (datos duros), razonamiento lógico y honestidad intelectual.”
Luque2009@gmail.com
lunes, 9 de febrero de 2009
El papel de la crítica y su relación con el poder
El papel de la crítica y su relación con el poder
César Ricardo Luque Santana
“Si estos (…) escritores (aduladores) hubiesen adoptado los verdaderos principios, se habrían salvado todas las dificultades y habrían sido siempre consecuentes; pero hubieran dicho por desgracia la verdad y no hubiesen hecho la corte más que al pueblo. Ahora bien, la verdad no conduce al lucro, y el pueblo no da embajadas, ni empleos, ni pensiones.” J. J. Rousseau (El Contrato Social)
En el marco de la conmemoración del 92 aniversario de Constitución Política Mexicana, Felipe Calderón se refirió en su discurso a las voces discordantes -como él les llamó- cuya crítica tachó de alarmista y catastrofista -la cual añadió- provoca un gran daño al país porque ahuyenta a los inversionistas y genera desconfianza en las instituciones al ponerlas en entredicho (sic).
Desde una visión maniquea típica de quienes carecen de una auténtica vocación democrática como es el caso del usurpador Felipe Calderón, es común que perciban la crítica independiente en esos términos. El maniqueísmo consiste en este caso en considerar que hay una crítica sana o constructiva y otra insana o destructiva per se.
Sin embargo, resulta problemático trazar una división objetiva para determinar cuándo se está en un caso y cuando en otro, al menos que se sea un petulante para arrogarse la facultad de determinar o calificar que críticas están dentro de un parámetro u otro, pues evidentemente esta actitud encierra un obvio subjetivismo y autoritarismo de quienes son objeto de la crítica, por lo que tienden invariablemente a descalificar las críticas que los incomodan pero curiosamente no muestran ninguna incomodidad con quienes los adulan.
Es decir, puestos a suponer sin conceder que la crítica oscile entre los extremos del ataque visceral y la lisonja –ambas irresponsables de suyo- se esperaría por coherencia que la reacción contra lo que consideran excesos cuando les es adversa, debería ser proporcionalmente igual contra aquellos que mienten descaradamente para halagar al gobernante en turno, puesto que estos últimos también falsean la realidad y dañan del mismo modo.
En otras palabras, en todo caso y exigiendo un mínimo de congruencia, quienes se ofenden por críticas que consideran calumniosas, deberían de tener una actitud parecida respecto a aquellos pseudo periodistas y pseudo intelectuales que los elogian inmerecidamente, pues en esta lógica ambos estarían mintiendo. Sin embargo, está claro que esto no sucede así sino que por el contrario, hay gobernantes que se empecina en anular o minimizar la crítica independiente tratando de corromper a la prensa y a algunos intelectuales para que les sirvan de alcahuetes.
Ahora bien, si bien es cierto que se puede dar un “periodismo” orientado a atacar o infamar o a adular o lisonjear a la clase política, la crítica en su sentido más riguroso no tiene que ver con la idea de ser algo deliberadamente negativo o destructivo. La crítica en sustancia es la capacidad de juzgar con conocimiento de causa y con responsabilidad, es decir, opinar con base en información (datos duros), razonamiento lógico y honestidad intelectual. ¿Una crítica así sería una crítica “constructiva”? La pregunta es en parte ociosa y en parte capciosa porque se vuelve a caer al terreno del maniqueísmo. La función del crítico es señalar las cosas como son, dar cuenta de los problemas sin subterfugios mientras que los políticos y las autoridades son los que tienen que aportar las soluciones pertinentes, razón por lo cual deben ser tolerantes, saber escuchar la crítica y rechazar a los aduladores. En este sentido, la crítica sana o constructiva, o sea, la que no tiene la intención de dañar por dañar como ellos dicen, no es la opinión que no incomoda, sino la que dice la verdad aunque incomode. En todo caso, no basta decir que una crítica es falsa si ésta no se refuta con hechos o con datos duros.
Por su parte, es importante como decía Ortega y Gasset que el intelectual –al margen de sus tendencias políticas pero sin menoscabo de ellas- entienda que su función como crítico es esclarecer los problemas dando elementos para la reflexión y en modo alguno dedicarse como un fin en sí mismo a hacer proselitismo político a favor una causa por noble que sea o a atacar sin razones a un gobierno que repudia. En este sentido es oportuno recordar a Gramsci quien decía que sólo la verdad es revolucionaria y podríamos parafrasear su dicho actualizándolo, diciendo que sólo la verdad es democrática.
La relación entre la prensa crítica y el poder es compleja pero en una sociedad que se pretende democrática debería de cancelarse los lazos perniciosos que hay entre una prensa colaboracionista y acrítica, y un poder político seductor y corruptor de los medios de comunicación que se convierten en poderes fácticos. En otras palabras, es necesario superar ese círculo vicioso que ha llegado a situaciones grotescas como aquella memorable y cínica frase del entonces presidente José López Portillo de “no pago porque me peguen”.
En consecuencia, este tipo de desplantes o reacciones virulentas de gobernantes que se empecinan en ver la vida color de rosa contra la crítica independiente a la cual quieren descalificar por decreto, conlleva un riesgo potencial de censura de la libertad de expresión. Hay desgraciadamente señales ominosas al respecto porque prevalece una línea conducta de la derecha en el poder de criminalizar la protesta política y los disensos, lo cual se está viendo en las fuertes restricciones legales introducidas en los códigos penales que se han puesto para acotar y eventualmente inhibir las luchas populares callejeras, llegando al extremo de dictar sentencias exageradas como les pasó a los líderes de la APPO oaxaqueña entre otros, o las fuertes multas al PRD y sus aliados por la toma de la tribuna de la Cámara de Diputados federal , y más recientemente, la medida ridícula e inoperante que los legisladores nayaritas hicieron para castigar lo que se ha dado por llamar como “ciberterrorismo”, independientemente de lo que causó tomar esta disposición, porque un exceso no debería ser tratado de corregir con otro exceso.
Luque2009@gmail.com
César Ricardo Luque Santana
“Si estos (…) escritores (aduladores) hubiesen adoptado los verdaderos principios, se habrían salvado todas las dificultades y habrían sido siempre consecuentes; pero hubieran dicho por desgracia la verdad y no hubiesen hecho la corte más que al pueblo. Ahora bien, la verdad no conduce al lucro, y el pueblo no da embajadas, ni empleos, ni pensiones.” J. J. Rousseau (El Contrato Social)
En el marco de la conmemoración del 92 aniversario de Constitución Política Mexicana, Felipe Calderón se refirió en su discurso a las voces discordantes -como él les llamó- cuya crítica tachó de alarmista y catastrofista -la cual añadió- provoca un gran daño al país porque ahuyenta a los inversionistas y genera desconfianza en las instituciones al ponerlas en entredicho (sic).
Desde una visión maniquea típica de quienes carecen de una auténtica vocación democrática como es el caso del usurpador Felipe Calderón, es común que perciban la crítica independiente en esos términos. El maniqueísmo consiste en este caso en considerar que hay una crítica sana o constructiva y otra insana o destructiva per se.
Sin embargo, resulta problemático trazar una división objetiva para determinar cuándo se está en un caso y cuando en otro, al menos que se sea un petulante para arrogarse la facultad de determinar o calificar que críticas están dentro de un parámetro u otro, pues evidentemente esta actitud encierra un obvio subjetivismo y autoritarismo de quienes son objeto de la crítica, por lo que tienden invariablemente a descalificar las críticas que los incomodan pero curiosamente no muestran ninguna incomodidad con quienes los adulan.
Es decir, puestos a suponer sin conceder que la crítica oscile entre los extremos del ataque visceral y la lisonja –ambas irresponsables de suyo- se esperaría por coherencia que la reacción contra lo que consideran excesos cuando les es adversa, debería ser proporcionalmente igual contra aquellos que mienten descaradamente para halagar al gobernante en turno, puesto que estos últimos también falsean la realidad y dañan del mismo modo.
En otras palabras, en todo caso y exigiendo un mínimo de congruencia, quienes se ofenden por críticas que consideran calumniosas, deberían de tener una actitud parecida respecto a aquellos pseudo periodistas y pseudo intelectuales que los elogian inmerecidamente, pues en esta lógica ambos estarían mintiendo. Sin embargo, está claro que esto no sucede así sino que por el contrario, hay gobernantes que se empecina en anular o minimizar la crítica independiente tratando de corromper a la prensa y a algunos intelectuales para que les sirvan de alcahuetes.
Ahora bien, si bien es cierto que se puede dar un “periodismo” orientado a atacar o infamar o a adular o lisonjear a la clase política, la crítica en su sentido más riguroso no tiene que ver con la idea de ser algo deliberadamente negativo o destructivo. La crítica en sustancia es la capacidad de juzgar con conocimiento de causa y con responsabilidad, es decir, opinar con base en información (datos duros), razonamiento lógico y honestidad intelectual. ¿Una crítica así sería una crítica “constructiva”? La pregunta es en parte ociosa y en parte capciosa porque se vuelve a caer al terreno del maniqueísmo. La función del crítico es señalar las cosas como son, dar cuenta de los problemas sin subterfugios mientras que los políticos y las autoridades son los que tienen que aportar las soluciones pertinentes, razón por lo cual deben ser tolerantes, saber escuchar la crítica y rechazar a los aduladores. En este sentido, la crítica sana o constructiva, o sea, la que no tiene la intención de dañar por dañar como ellos dicen, no es la opinión que no incomoda, sino la que dice la verdad aunque incomode. En todo caso, no basta decir que una crítica es falsa si ésta no se refuta con hechos o con datos duros.
Por su parte, es importante como decía Ortega y Gasset que el intelectual –al margen de sus tendencias políticas pero sin menoscabo de ellas- entienda que su función como crítico es esclarecer los problemas dando elementos para la reflexión y en modo alguno dedicarse como un fin en sí mismo a hacer proselitismo político a favor una causa por noble que sea o a atacar sin razones a un gobierno que repudia. En este sentido es oportuno recordar a Gramsci quien decía que sólo la verdad es revolucionaria y podríamos parafrasear su dicho actualizándolo, diciendo que sólo la verdad es democrática.
La relación entre la prensa crítica y el poder es compleja pero en una sociedad que se pretende democrática debería de cancelarse los lazos perniciosos que hay entre una prensa colaboracionista y acrítica, y un poder político seductor y corruptor de los medios de comunicación que se convierten en poderes fácticos. En otras palabras, es necesario superar ese círculo vicioso que ha llegado a situaciones grotescas como aquella memorable y cínica frase del entonces presidente José López Portillo de “no pago porque me peguen”.
En consecuencia, este tipo de desplantes o reacciones virulentas de gobernantes que se empecinan en ver la vida color de rosa contra la crítica independiente a la cual quieren descalificar por decreto, conlleva un riesgo potencial de censura de la libertad de expresión. Hay desgraciadamente señales ominosas al respecto porque prevalece una línea conducta de la derecha en el poder de criminalizar la protesta política y los disensos, lo cual se está viendo en las fuertes restricciones legales introducidas en los códigos penales que se han puesto para acotar y eventualmente inhibir las luchas populares callejeras, llegando al extremo de dictar sentencias exageradas como les pasó a los líderes de la APPO oaxaqueña entre otros, o las fuertes multas al PRD y sus aliados por la toma de la tribuna de la Cámara de Diputados federal , y más recientemente, la medida ridícula e inoperante que los legisladores nayaritas hicieron para castigar lo que se ha dado por llamar como “ciberterrorismo”, independientemente de lo que causó tomar esta disposición, porque un exceso no debería ser tratado de corregir con otro exceso.
Luque2009@gmail.com
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