domingo, 12 de abril de 2009

¿Para qué pensar?

¿Para qué pensar?

César Ricardo Luque Santana

La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal,
sino por las que se sientan a ver lo que pasa.
Albert Einstein


En mi colaboración anterior, comentaba el análisis que Popper hace acerca del racionalismo donde sostiene que la actitud racional, es por un lado una actitud crítica, pero por el otro lado, que ésta no puede prosperar en el aislamiento sino que requiere de interlocutores que adopten también una actitud racional. En la actividad científica y filosófica que se caracteriza por la búsqueda de la verdad, es natural esperar que los miembros de estas respectivas comunidades adopten entre ellos una actitud racional. De este modo, una comunidad científica puede compartir como verdadera una determinada teoría, aunque en una comunidad filosófica donde prevaleciera una postura racionalista, no necesariamente habría el mismo resultado porque la filosofía se caracteriza por el conflicto. La diferencia está en que la verdad científica y la verdad filosófica son diferentes, pues esta última es resultado del puro pensar y de la naturaleza de su objeto que se presta a diversas interpretaciones. No es lo mismo por ejemplo estar de acuerdo en la solución de un problema de química, que en un tema tan amplio y controvertido como la libertad. Sin embargo, en ambos casos, el pensamiento crítico permite superar las verdades racionalmente establecidas, aunque sólo se pueda hablar propiamente de progreso de las ideas en el ámbito de la ciencia, pues las teorías que prevalecen en ella, desplazan a las anteriores; mientras que en la filosofía, muchas teorías antiguas siguen siendo vigentes o por lo menos mantienen un interés o valor. El problema está entonces, cuando alguien con una actitud racional, trata de generar un diálogo con interlocutores que se parapetan en posturas irracionales. La comunicación en este caso se torna imposible.

Aristóteles definía al ser humano como un animal racional, pues observaba que lo común a la especie humana era la razón, aunque desde luego, él, al igual que otros filósofos de su época y de ahora, sabían que el filosofar no es algo espontáneo sino algo aprendido, de manera que si bien todas las personas tienen la facultad o disposición natural para filosofar o pensar, ésta actividad intelectual se adquiere mediante la educación. Gramsci decía que en términos generales, hay un filosofar espontáneo, entendiendo por ello la capacidad que tienen las personas de tener ideas generales acerca de todas las cosas o de tener una concepción del mundo, pero la limitación de este filosofar espontáneo –acotaba- es que es casual y contradictorio, pues suele albergar inconscientemente ideas de perspectivas antagónicas, es decir, puede aceptar acríticamente ideas racionales con creencias irracionales e incluso antirracionales, sin percatarse de su conflicto o incongruencia. Este pensar espontáneo es asistemático, está limitado al sentido común y es propenso a los prejuicios, es decir, no alcanza a erigirse como un pensar reflexivo.

Hegel por su parte, llegó a afirmar que “todo lo real es racional y todo lo racional es real”, justificando el mundo de su época como “el mejor de los mundos posibles” a decir de Leibniz, cuando es obvio que la historia muestra una repertorio de horrores, atrocidades, crueldades e injusticias de toda laya. Hegel “justificaba” esos hechos irracionales arguyendo a la “astucia de la razón”, esto es, viéndolos como males necesarios pero que conducían -según él- a la realización de la humanidad.

En este punto, es evidente que la razón o el conocimiento racional deben estar asociados a la moral, asunto en el que ya habían reparado Sócrates y Platón, para quienes el mal era producto de la ignorancia. En este sentido, el mal era una privación del bien, donde el bien a su vez era considerado un valor absoluto, mientras que el mal era por el contrario un desvalor relativo, de manera que la relación entre el bien y el mal, no era la misma que existe entre el día y la noche, pues si el bien existe, es porque existe el mal y a la inversa, pero el mal podría ser superado mediante la sabiduría. Ahora bien, al margen de la validez o invalidez de suponer que basta el conocimiento para elegir el bien (pues hay sujetos muy cultos que eligen el mal y personas poco cultas que son buenas), hay que decir en descargo de Sócrates y Platón, que su noción de sabiduría no era un fin en sí mismo, sino sólo un medio para realizarse como seres humanos plenos, es decir, que no bastaba ser enciclopédico, sino que había que asumir la filosofía como una forma de vida, por eso decía Platón en su famosa séptima carta, que su filosofía no se encontraba en sus libros.

A contrapelo de esta ecuación que ligaba el saber con la moralidad, las mal llamadas “sociedades del conocimiento” de la era neoliberal, han tratado desde un rancio positivismo desvincular el conocimiento referido a los hechos, de los valores, en aras de una supuesta objetividad científica, promoviendo con ello la razón instrumental en detrimento de la razón crítica. Con ello han intentado reducir la moral al campo de lo religioso, al mismo tiempo que han tratado de hacernos pasar sus intereses particulares como valores universales, como cuando se refieren a la economía capitalista como un proceso natural, o con nociones como “competitividad” o “calidad” que en el fondo tratan de inculcar a los individuos que su fracaso es su culpa personal y no de un sistema social injusto. En esta misma línea han resignificado valores como la democracia, la libertad y el bien y el mal mismos, adaptándolos a su imagen y semejanza, es decir, intentando hacerlos “compatibles” con la desigualdad social. En este sentido, para ellos la democracia sólo son reglas formales donde cada cabeza es un voto y el que obtenga más votos tiene la representación legítima del pueblo, haciendo abstracción de muchas situaciones concretas que pervierten la decisión de los electores. Con simplificaciones o reduccionismos como éstos, deslindan asimismo al Estado de su obligación de defender a la sociedad (pues el voto popular es asumido como un cheque en blanco), cuando en realidad, la legitimidad del poder político no se agota en las urnas sino que debe de refrendarse constantemente en el ejercicio del gobierno defendiendo a las mayorías de las minorías y a los connacionales de los extranjeros perniciosos.

¿De qué sirve entonces el pensar para construir un mundo mejor? Parece que de poco porque el poder económico y político es de naturaleza irracional y para subsistir necesita de ejercer el dominio y sometimiento de las mayorías. No obstante ello, no debemos renunciar al pensamiento crítico sino por el contrario, éste es más necesario ahora que nunca, aunque desde luego, quienes quieren mantener el status quo, tratarán de impedir a toda costa que el pensamiento crítico prospere para lo cual tienen muchos recursos, desde usar los medios masivos de comunicación para aturdir y mantener enajenadas a las personas mediante un entretenimiento frívolo, la manipulación de las noticias y la falsedad de las opiniones; hasta intervenir en la educación para sofocar toda traza de pensamiento crítico, entre otras medidas que tienden todas ellas a limitar al máximo la presencia pública del pensamiento crítico marginándolo en todas sus manifestaciones. Los ataques a la filosofía son parte de esa estrategia, de lo cual hablaremos en la próxima entrega.

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jueves, 9 de abril de 2009

Denise Dresser - Carta abierta a Ricardo Salinas Pliego

Carta abierta a Ricardo Salinas Pliego

Por Denise Dresser

20 Marzo 2009

Quizás le interese conocer la reacción de una estudiante ante la conferencia que usted dio recientemente, en la cual habló sobre su visión del país y de sí mismo. “Una dosis de cini$mo para el ITAM”, es el título del artículo que publicó esa joven en el periódico universitario después del encuentro. Allí escribe que las palabras de usted despertaron “la aprobación de unos y el efervescente descontento de muchos”. Y yo me sumo a aquellos que salieron del recinto pensando que usted se había dedicado a pitorrearse del gobierno; a mofarse de la ley; a tergiversar la realidad; a engañar a quienes lo estaban escuchando, a demostrar la actitud desafiante que le ha permitido llegar a ser quien es ahora. Porque usted fue a hablar del exitoso modelo empresarial que ha inaugurado en México. Pero es una forma de acumular riqueza, hacer negocios e influir en la política con efectos nocivos para el país. Por ello vale la pena examinar el modelo Salinas Pliego a fondo y a través de sus propias palabras.
–Usted dice que “rompe esquemas” al ofrecer bienes y servicios a los millones de mexicanos que habitan la base de la pirámide. Usted insiste en que está incorporando a los excluidos a la modernidad a través de tiendas como Elektra e instituciones como Banco Azteca. Usted ataca a los do-gooders, que lo califican de usurero, diciendo que son un peligro para los pobres porque quieren acabar con los beneficios que usted provee. Pero al mismo tiempo se ampara cuando el gobierno le exige que usted haga público el costo anual total del financiamiento de sus productos. Si no está aplicando tasas que resultarían escandalosas, por qué no hace explícito a sus clientes lo que acabarán pagando por un refrigerador, una licuadora o un crédito con las tasas de interés que cobra?
–Usted dice que es falso que se opone al ingreso de Wal-Mart al mercado de los servicios financieros que Grupo Salinas ofrece a través de Banco Azteca. ¿Pero no es cierto que mediante su operador en el Senado –Jorge Mendoza– usted logró doblegar a los legisladores para que aceptaran colocar candados sobre los llamados “corresponsales bancarios” –Wal-Mart, Banca Coppel, Famsa– que hubieran competido contra usted y contravenido sus intereses? ¿No es cierto que linchó en el noticiero de TV Azteca a José Esteban Chidiac, el diputado que luego frenó la iniciativa en contra de la competencia que usted había logrado impulsar? ¿No es cierto que usa la pantalla para intimidar a los legisladores y así vetar leyes que afectan sus intereses?
–Usted argumenta que “es necesario reforzar los contratos” y “ofrecer seguridad” en México. Pero su trayectoria no revela que haya cumplido con lo que exige. Según la acusación formulada hace algunos años por la Securities and Exchange Commission en torno al caso Codisco-Unefon, entrega reportes a las autoridades regulatorias estadunidenses en los que no revela las transacciones de compañías que controla. Usted entrega reportes falsos en los que esconde su involucramiento en esas transacciones.
–Usted rechaza hacer públicas las operaciones que deben ser reportadas de acuerdo con las leyes de Estados Unidos. Usted rehuye entregar información crucial para quienes invierten en sus compañías. Usted viola la ley del país en donde vive una parte de sus inversionistas y se enriquece personalmente a sus expensas. Usted después se ve obligado a pagar una multa por ello y a sacar a su compañía de la Bolsa estadounidense. Usted incluso logra evadir la sanción en México, valiéndose del apoyo político de Marta Sahagún.
–Usted sugiere que en México es imperativo “combatir la corrupción” y sin duda eso es cierto. Pero parecería que en diversas ocasiones usted no sólo la ha promovido sino también se ha beneficiado de ella. Como botón de muestra está la devolución gubernamental de 550 millones de pesos que le hace la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, por intereses supuestamente mal cobrados, un día antes del fin del sexenio de Vicente Fox. He allí un gesto de agradecimiento del presidente saliente a quien le había prestado la pantalla a él y a su esposa. Un ejemplo del “capitalismo de cuates” que usted y sus amigos en el gobierno le han ayudado a construir.
–Usted afirma que le “gusta competir”. Pero cómo olvidar la campaña de satanización que –desde la pantalla– desata contra cualquiera que piense en promover la idea de una tercera cadena de televisión. Cómo olvidar el denuesto a Isaac Saba cuando contemplaba la idea.
–Usted reitera que es indispensable “proteger la propiedad privada”. Pero usted mismo ignoró ese imperativo con la toma ilegal de las instalaciones televisivas del Cerro del Chiquihuite y las del Canal 40 durante el gobierno de Vicente Fox. Como lo escribe Fernando Gómez Mont, actual secretario de Gobernación, en un desplegado publicado en abril del 2008: “Como bien recuerda, fue usted quien, amparado en su relación equívoca con la pareja presidencial, en el año 2003 ordenó impunemente la agresión de las instalaciones y el personal del Canal 40”.
–Usted afirma que “nunca le han dado nada”; que la televisión no es un bien público sino una concesión que compró y que le costó muy cara. Quisiera recordarle los pormenores de esa transacción. Como lo escriben Sam Dillon y Julia Preston de The New York Times su libro Opening Mexico, usted ganó sorpresivamente la licitación de TV Azteca, pagando mucho más que sus competidores. Pero lo hizo con 25 millones de dólares enviados por Raúl Salinas de Gortari –hermano del entonces presidente– a tres cuentas en Suiza controladas por usted. Cuando esas transacciones irregulares salieron a la luz, usted mintió sobre ellas. Y sólo después, confrontado con documentos de las cortes suizas, admitió que había recibido un “préstamo”. Por cierto, nunca hubo una investigación para determinar el uso de información privilegiada.
–Usted insiste en que no hay monopolios o duopolios en la televisión; que hay “mucha oferta televisiva”, como Sky; que la concentración se debe a que la gente prefiere ver TV Azteca. Su postura es de una falsa ingenuidad arrolladora. Ignora el hecho, verificado y contundente, de que dos empresas televisivas concentran el 95% (437 canales) de las concesiones. Y ese problema no se va a resolver “apagando la televisión al que no le guste”, como sugiere. Haría falta una nueva ley de medios para lograrlo.
–Usted argumenta que la concesión a TV Azteca se la dieron “con ciertas condiciones que ahora pretenden cambiar” con la reforma electoral. Eso es válido en cualquier sistema democrático: una concesión para el uso y aprovechamiento del espectro no implica que el Estado abdique de su dominio sobre ese bien público.
–Usted dice que la reforma electoral es un “robo legalizado”, una “expropiación”, algo similar a salir con la bolsa del mercado llena y sin pagar. Pero lo que se le olvida mencionar es que los spots los partidos se transmiten en los tiempos de que desde hace años el Estado dispone en la radio y en la televisión. A usted no le han robado un peso aunque quiera hacernos creer que es así.
Habría mucho más que escribir y debatir en torno a su caso, pero basta decir que al escucharlo aquel día en el ITAM recordé el diálogo en la novela de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, donde Cecil Graham pregunta “Qué es un cínico?”, y Lord Darlington le contesta: “Un hombre que conoce el precio de todo y el valor de nada”. Es obvio que usted no le concede el menor valor a la responsabilidad corporativa, a los procesos democráticos, a la transparencia, a la construcción de un país con una clase empresarial que sepa competir en vez de bloquear, innovar en vez de expoliar, respetar la ley en vez de violarla.
Pero al mismo tiempo reconozco que usted –paradójicamente– le hace un bien a México. Su desdén por todo es tan obvio que rompe, extrae, mutila, ignora y pervierte las reglas de la manera más abierta. Más evidente. Más clara. Y al hacerlo revela lo que está mal; pone en evidencia la podredumbre que hemos permitido, el chantaje que hemos padecido, la debilidad gubernamental que hemos presenciado, la complicidad institucional que ha creado a personajes como usted. Y sí, usted es un hombre –en muchos sentidos– creativo, visionario, emprendedor, que toma riesgos, invierte y crea empleo. Pero también es alguien que no ha tenido el menor reparo en recurrir a las peores prácticas sin que el gobierno alce un dedo para impedirlo.
Usted innegablemente es una criatura del sistema que urge cambiar. Y lo lograremos; lo supe al leer el texto crítico de aquella joven estudiante; lo supe al presenciar el hubriscon (de hubris o hybris que significa desmesura, yo) el cual usted se comportó y que lo llevará a excederse algún día. Pero mientras llegue ese momento, cuando el país reconozca que usted no es modelo a emular sino síntoma a combatir, quisiera pedirle un favor: por lo menos, cuando hable, no insulte nuestra inteligencia.

domingo, 5 de abril de 2009

La actitud racionalista

La actitud racionalista

César Ricardo Luque Santana

Algunos de mis amigos lectores me han dicho que debería de escribir también artículos filosóficos y no sólo de análisis político, y aunque yo creo que no hay temas filosóficos nobles e innobles, y que lo importante es tener elementos de reflexión sobre los problemas que afectan nuestras vidas, trataré de complacerlos de alguna manera.

Comenzaré diciendo que los condicionamientos sociales en los que trascurre nuestra vida inmediata –si bien prosaicos-, repercuten en nosotros en lo individual y en lo social haciéndonos mejores o peores personas. Por esta razón, he venido machacando en muchos de mis artículos, que la implementación del neoliberalismo (un complejo fenómeno económico, social y político), socava de manera muy severa las bases de la convivencia social envileciendo las relaciones humanas y deteriorando de forma muy grave las bases de la vida misma de nuestro planeta, pues el afán de ganancia desmedido de los grandes capitalistas que actúan sin las debidas regulaciones por parte del Estado, arrasa con todo a su paso, empobreciendo por un lado a cada momento a una mayor cantidad de personas en el mundo, al mismo tiempo que disminuye el número de ricos cuyas fortunas son estratosféricas; y por el otro lado, provoca daños irreversibles a la naturaleza como los que se manifiestan en el llamado cambio climático.

Desde luego que no se trata de incurrir en un determinismo económico, pero los hechos demuestran que a mayor inequidad social hay mayores problemas sociales, pero sobretodo, se trata de insistir en que los sistemas sociales son construcciones humanas y que como diría Kant, si el hombre es un fin en sí mismo y no un simple medio, deberíamos de oponernos a un sistema social que provoca el oprobio y que condena a la enorme mayoría de la humanidad a un sufrimiento inmerecido. Cuando existía el esclavismo, a muchos les parecía normal, como a Aristóteles, que no obstante haber sido el mayor filósofo del mundo antiguo, lo legitimó creyendo que era una disposición natural. Lo mismo sucede ahora con el capitalismo que muchos justifican en los mismos términos.

Así entonces, las grandes preguntas de la vida resultan vacías si ignoramos el contexto en el que vivimos, pues hablar de libertad por ejemplo, sin considerar sus condiciones de posibilidad, es mera abstracción gratuita. La filosofía -en contra lo que algunos creen-, es una actividad intelectual mundana e incluso con una fuerte carga política. Pretender hacer filosofía metidos en una burbuja, es incurrir en una situación de inautenticidad como decía Heidegger, es asumirse como pensados y no como pensantes, como objetos y no como sujetos. Quien renuncia a razonar sobre su realidad inmediata y cree que la filosofía está encerrada sólo en los libros, no entiende como decía Wittgestein que la filosofía es ante todo un estilo de vida y no un mero devaneo academicista. Pero se preguntarán: ¿qué puede hacer la filosofía para mejorar el mundo?, ¿sirve el pensar para ello?

Quiero traer a colación a propósito de estas inquietudes y a reserva de retomar estas preguntas en otra ocasión para profundizar en algunas respuestas, la defensa del racionalismo que hace Karl Popper, uno de los más grandes filósofos del siglo XX, quien comienza por recuperar la tradición racionalista desde los presocráticos mismos destacando que desde su origen en la escuela de Mileto en el siglo VI a. C., la filosofía inauguró una sui generis tradición de la discusión racional donde al contrario de lo que hacen la mayoría de las escuelas que se concentran en conservar determinados saberes, la filosofía promueve la innovación de ideas y la posibilidad de que el alumno supere al maestro, como se puede ilustrar en la relación misma entre Tales de Mileto y Anaximandro, o en la frase de Aristóteles quien fue discípulo de Platón en la Academia durante 20 años, quien expresó: “soy amigo de Platón pero soy más amigo de la verdad”. En este punto, Popper compara la relación entre el ortodoxo y el hereje donde realmente no hay una disputa entre las nuevas y las viejas ideas y por ende no hay propiamente progreso de las ideas, porque el hereje se cree más ortodoxo que el ortodoxo a quien acusa de haberse apartado de la verdadera doctrina y al mismo tiempo él se asume como su restaurador.

En su argumentación, Popper trata de demostrar que basados en la discusión racional, no hay verdades definitivas y que los mismos conocimientos son sólo conjeturas o suposiciones que al estar sometidas al escrutinio de la razón, (al ser de carácter público) pueden ser refutados. El progreso del conocimiento se basa entonces en la dupla de conjeturas y refutaciones. En otras palabras, los conocimientos científicos o filosóficos son creencias racionalmente justificadas. La verdad en sí misma como decía Kant no la podemos conocer, es decir, no podemos saber lo que las cosas son en sí mismas sino lo que son para nosotros, pues la relación del sujeto con el objeto está mediada por el lenguaje y otros factores, de manera que no hay entre ambos una relación pura. Sin embargo, al ser la verdad intersubjetiva, se evita que la verdad esté sujeta a caprichos personales o que nos lleve a un relativismo como en la metáfora de Hegel de la negra noche donde todos los gatos son pardos. En otras palabras, el hecho de que no exista posibilidad de acceder a la verdad en su pureza y de que ésta sea por tanto procesada por el sujeto como conjetura, no implica que no existan verdades universales, sino por el contrario, su naturaleza intersubjetiva y su referencia y compatibilidad con la realidad material, garantiza que tengan ese alcance universal, pero su validez es temporal y por tanto susceptible de ser corregida.

Añade Popper que sin embargo, es un error creer que basta la mera argumentación racional para que las ideas racionales prosperen, pues mientras haya interlocutores que se nieguen a adoptar una actitud racional, de nada sirve en sí mismo un argumento racional. Esto lo podemos traducir a varios contextos, por ejemplo, la política en sus diversas manifestaciones es esencialmente irracional porque su soporte está atrapado en fuertes intereses materiales, por ello se dice que en política 2 + 2 no son necesariamente 4 y por ello las discusiones se tornan en negociaciones donde lo que menos importan son las razones en sí mismas, sino las ventajas que obtienen las partes en pugna. De este modo, un diálogo racional es imposible cuando los pretendidos interlocutores no asumen una actitud racional, como cuando un burócrata se aferra a aplicar reglas absurdas y no hay manera de hacerle ver el sin sentido de las mismas. Igual sucede cuando se intenta ser racional con alguien que se mueve en la lógica del poder y cuya intención es someter a los demás para proteger sus intereses o quien se basa en creencias religiosas que considera verdades absolutas e inapelables.

De este modo y en forma breve, he querido mostrar que aunque las cuestiones filosóficas pueden revestir altos niveles de expresión teórica, su vinculación con la vida inmediata es inevitable, lo que no implica por lo que acabamos de ver con Popper, que el razonamiento rija a la vida en su conjunto, pues si bien hay un notable avance científico y tecnológico, éste representa sólo a la razón instrumental, no a una razón crítica. Lo que prevalece en el mundo a despecho de la razón, es en consecuencia un irracionalismo expresado en la predominancia de los intereses materiales de unos cuantos sobre los intereses de la humanidad.

lunes, 30 de marzo de 2009

La lucha por el poder legislativo

La lucha por el poder legislativo

César Ricardo Luque Santana

Como era de esperarse, los movimientos estratégicos que los partidos políticos empiezan a realizan para ganar las mayorías de los escaños en los próximos comicios federales para renovar la Cámara de Diputados, carecen de propuestas serias que reflejen un auténtico proyecto de nación.

La disputa por obtener la mayoría relativa en la Cámara de Diputados entre las principales fuerzas políticas del país y sus aliados minoritarios, no dan señales de proponer salidas a la crisis económica que hagan viable la convivencia social pacífica entre los mexicanos. Así, cada uno de los partidos políticos está más preocupado por el reparto del pastel legislativo y por seguir sirviendo a la elite del poder económico, que en representar de manera auténtica y hasta las últimas consecuencias a los ciudadanos que con su voto los ponen ahí. Basta con echar una mirada rápida a los movimientos y declaraciones que vienen haciendo los partidos a través de sus figuras más destacadas para darse cuenta de ello.

El PAN, no obstante su manifiesta ineptitud para gobernar, buscará ser la mayoría relativa o al menos mantenerse en el segundo sitio abajo del PRI, con el cual trata de sostener una enconada disputa. En esta lucha por uno de los espacios del poder legislativo, han a retomado la estrategia de lodazal y la estridencia que les diseñó su asesor español (ya nacionalizado mexicano) el señor Antonio Solá en las elecciones de 2006, tratando de polarizar la contienda contra el PRI para intentar desplazar o marginar al PRD en esta pugna (que para ello se pinta solo), al mismo tiempo que tratan de convertir el fracaso de gobierno de Calderón en un triunfo en el problema de la seguridad pública, al parecer con el respaldo activo y decidido del gobierno de Obama, quien ha matizado sus criticas al gobierno panista tachado inicialmente como Estado fallido, para “reconocerle” ahora sus esfuerzos en la lucha contra las mafiass de las drogas. No sería casual si esta lectura es correcta, que veamos que el problema de la delincuencia organizada amaine durante el apogeo del proceso electoral (con la ayuda de los medios electrónicos) para crear la percepción de que se está teniendo éxito en su combate, pues prácticamente no existe ningún otro referente que el panismo pueda explotar a su favor como partido en el gobierno. Sin embargo, es obvio que la derecha panista no va a proponer medidas que atenten contra el modelo neoliberal, pues sería como dice Tomás Mojarro “El valedor”, como pedirle al león que sea vegetariano.

El PRI por su parte, toma con cautela la estrategia pendenciera de los panistas aunque sin duda de algún modo también les conviene, a la vez que lanzan su propaganda en medios con una serie de propuestas paliativas a la situación de crisis sin mostrar nunca su pretendido rostro socialdemócrata (signifique eso lo que signifique que para mí no significa nada). En este sentido, tampoco muestran una oposición al neoliberalismo porque en la práctica han sido promotores del mismo desde hace un par de décadas actuando en contubernio con el PAN, lo que dio lugar no sin razón a que se les identificara como el “PRIAN”
Por lo que toca al PRD, su proceso interno de selección de candidatos realizado en forma parcial en algunos estados del país, volvió a mostrar las prácticas mapacheriles de sus tribus irredentas, aunque pudieron capotear el escándalo auto-reprimiéndose en sus disputas internas para no deteriorar más la mala imagen de su partido. En cuanto a su propaganda en medios, es realmente deplorable, muy por debajo de otros partidos minoritarios como el Partido Verde que tienen promocionales más atractivos. Para colmo, la selección de candidatos como el caso de la Sra. Martha García en Nayarit, si bien es un personaje respetable, no representan posiciones de izquierda, e incluso su ideario personal y sus posturas prácticas son claramente de derecha, lo cual indica que hay un desdibujamiento ideológico o una incongruencia de un partido declarativamente de izquierda, que al parecer lo que realmente les importa, es obtener el buen caudal de votos que este tipo de candidatos pueden ofrecer, sin importar si triunfan o no. Huelga decir que difícilmente el PAN admite como sus candidatos a personas de izquierda, pero el PRD acepta lo que pueda darles votos y eventuales triunfos electorales, vengan de donde vengan y sea como sean. Hay otros factores más a considerar como la lucha de los seguidores de López Obrador dentro y fuera del PRD por tener una presencia importante en el mencionado espacio legislativo, en pugna contra Nueva Izquierda que es acusada de claudicante a las posiciones de izquierda.

Un botón de muestra al respecto fue la postura del líder principal de esta corriente, Jesús Ortega, quien manifestó en la reunión de banqueros en Acapulco donde Beatriz Paredes y Germán Martínez se atacaron mutuamente echándose en cara quien había contribuido más al crecimiento de crimen organizado, que su partido está a favor de una economía de libre mercado (sic), cuando la izquierda de todo el mundo, incluyendo los más moderados de Europa e incluso los liberales como Obama, están promoviendo una política intervencionista del Estado a la manera de Keynes y se pronuncian por implementar una regulación al capital financiero. Las posturas políticas más radicales están además exigiendo que los banqueros paguen los daños de la crisis y se frene de una vez por toda la táctica neoliberal de privatizar las ganancias y de socializar las pérdidas.

Así las cosas, los partidos siguen empecinados en cuidar sus intereses sin proponer soluciones de fondo que implique frenar la voracidad del capitalismo neoliberal que ha demostrado hasta la saciedad que hace inviable no sólo la convivencia social, sino que pone en riesgo las bases mismas de la vida del planeta. En este sentido, mientras todo se queda en una lucha electorera mediática, el desempleo y el deterioro de la calidad de vida de los trabajadores siguen descendiendo y las injusticias siguen al orden del día, como las decisiones del INFONAVIT en algunas entidades de la república de transferir las carteras vencidas a empresas privadas con las terribles consecuencias para miles de familias mexicanas, que aparte de estar sin empleo y por ende sin recursos para sufragar los gastos esenciales de cada día, perderán irremediable sus modestas viviendas, dando al traste con la solidaridad que habría de esperarse del Estado con los grupos sociales más vulnerables, pues deja de tener sentido hablar de viviendas de interés social con esas prácticas mercantilistas. En sí, el país parece no importarles mucho sino sus propios intereses.
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domingo, 22 de marzo de 2009

Parálisis gubernamental

Parálisis gubernamental

César Ricardo Luque Santana

La percepción de que Felipe Calderón no sabe gobernar porque no toma las decisiones adecuadas y en el momento oportuno, y que las que toma las hace con notorios titubeos, es muy generalizada no sólo entre la clase política y en particular dentro la oposición, sino también entre la crítica periodística independiente, pues por ejemplo, respecto a la crisis económica, en vez de tomar medidas a la altura del problema, reacciona a destiempo y con tibieza, además de hacerlo en forma oportunista (léase electorera).

En efecto, los dardos envenenados que le lanzó recientemente el legislador priísta Beltrones (en el marco de los dimes y diretes entre la dirigente del PRI Beatriz Paredes y el pendenciero presidente del PAN Germán Martínez) sobre su ambigüedad respecto a una serie de casos como el de la secuestradora francesa, donde a pesar de lo que dijo sobre la justicia en México, dejó la puerta abierta para su eventual extradición y liberación anticipada por la justicia francesa; su sometimiento ante la participación financiera del gobierno de Estados Unidos en Banamex a pesar de la prohibición constitucional al respecto; y la puntada de organizar foros para que los estados de la federación que gusten, se disputen la creación de la nueva refinería de PEMEX, en vez de tomar la decisión ya con base en criterios técnicos y económicos; además de otras situaciones por el estilo como aquella donde organizó un concurso para el trámite más inútil de la administración pública federal, así como su parsimonia para hacerle frente a la grave crisis económica, o las enormes deficiencias mostradas en el combate al problema de la inseguridad, todo lo cual, pone en evidencia la incapacidad del presidente de México para resolver estos asuntos manera oportuna, clara y eficiente, pero sobretodo, defendiendo los intereses de la mayoría de la sociedad a la que supuestamente se debe. Sus respuestas a los diversos problemas en cambio, han sido hasta ahora en gran medida mediáticos y recurriendo en sus alocuciones a pura palabrería basada en sobados clichés de superación personal, que no hacen otra cosa que evidenciar su impotencia.

Independientemente de todas esas carencias e incompetencias, las soluciones puestas en práctica no atacan las verdaderas causas de los problemas, sino que se quedan en el nivel de la sintomatología. La razón de esta actitud indolente y timorata es porque no se atreve a atacar las causas reales de todos los problemas del país, principalmente el económico que de algún modo provoca todos los demás. Esto es así porque no está dispuesto a romper con el proyecto político, económico y social enarbolado por su partido y sus secuaces enmarcado en el neoliberalismo, cuando en otras latitudes buscan alternativas al mismo incluso dentro del propio capitalismo.

En efecto, el modelo neoliberal ha socavado los cimientos de la sociedad mexicana generando miseria y violencia por doquier, de manera que el ignorar ese punto conduce a soluciones precarias y superficiales que dejan intactos los problemas. Por ejemplo, la espiral de delitos comunes y del crimen organizado, tienen que ver –como lo señaló muy bien la filósofa Roxana Kreimer- con la inequidad social, de manera que a mayor desempleo, de deterioro constante y acelerado de la calidad de vida de la enorme mayoría de la población, es de esperar que se genere más actividad delincuencial. En este sentido, es obvio que esta problemática no podrá ser resuelta de manera significativa y efectiva sólo con medidas policíacas y/o legales -si bien son importantes y necesarias-, mientras las condiciones sociales, económicas y culturales que permiten que se dé este fenómeno de manera desbordada, persistan y tiendan a empeorar, con lo cual se alimenta y retroalimenta incesantemente las causas de lo que se quiere combatir, como si se quisiera apagar el fuego echando más gasolina a la lumbre. Está plenamente demostrado en lo que respecta al problema de la inseguridad pública, que la vía meramente represiva no es capaz por sí misma de disminuir este problema, derivado directa o indirectamente de la mala situación económica.

La monserga de los economistas neoliberales tiende a embozar las causas reales de la crisis económica ligadas al modelo neoliberal que propicia una profundo abismo entre las clases sociales y que opera con total impunidad. El mismo lenguaje y las aseveraciones de los epígonos del neoliberalismo son bizarros e irracionales. En cuanto al supuesto lenguaje economicista podemos encontrar todo menos conceptos científicos: frases metafóricas (“catarritos”, “tsunamis” y cosas por el estilo), eufemismos como hablar de “ajustes” a los precios de las mercancías para evitar hablar de aumentos o inflación por el impacto psicológico y eventualmente electoral que ello tiene, mentiras descaradas como hablar de economías “emergentes” y hasta “justificaciones” cínicas de expresar sin rubor que los derechos de una minoría poderosa económicamente, están por encima de los intereses de la mayoría de la población, de manera que la recesión económica no es algo imputable a la codicia de unos cuantos y a la complicidad de las autoridades que la solapan y la protegen, sino que pretenden hacernos creer que es una situación “normal” de un sistema económico que es presentado como si funcionara como un proceso natural, con fallas atribuibles a sí mismo, como si operara independientemente de los individuos que lo generan y conforman. Y no obstante que los hechos muestran de manera contundente el fracaso social y económico estrepitoso del modelo neoliberal que vuelve inviable a las sociedades, se atreven a decir que no hay más ruta que esa.

El empecinamiento por defender a capa y espada un proyecto económico, social y político como el neoliberal con las terribles consecuencias que acarrea, explica por qué el gobierno y las instituciones del Estado no son capaces de hacerle frente a los diversos problemas que aquejan al país, pues las condiciones materiales y culturales que propician el caos social, son un caldo de cultivo que impide arribar a soluciones reales y duraderas. Esto explica por qué hay esta sensación de parálisis, pues lejos de gobernar y de representar los intereses de la mayoría de la población, se dedican a hace negocios con el patrimonio público sin importar las graves consecuencias que provocan, entrampando su gestión de gobierno en un círculo vicioso, pues no entienden o no quieren entender que la excesiva acumulación de riquezas de unos pocos en detrimento de la mayoría o que la sobreprotección de una minoría rapaz que es proporcionalmente inversa a la desprotección de la sociedad, no puede llevar a otro resultado que el que estamos padeciendo y que tiene su raíz en una política económica equivocada para el bienestar de la mayoría de la población. Es como alguien que se intoxica constantemente o en forma abusiva, pretendiendo sin embargo mantenerse sano, o instituciones que desean tener buenas cuentas sin entender que la corrupción que prohíjan es incompatible con la racionalidad y la moralidad que debería prevalecer en ellas.

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domingo, 15 de marzo de 2009

¿Es México un país con Estado fallido?

¿Es México un país con Estado fallido?

En verdad os digo, que el verdadero Estado fallido es el que le falla a su propio pueblo”
Jesús, el carpintero de mi barrio


César Ricardo Luque Santana

Ante la impericia del presidente del desempleo Felipe Calderón y de su “gabinetazo” para conducir el gobierno y las instituciones de la república, así como la creciente inseguridad pública que para algunos va más allá porque representa ya una cuestión de seguridad nacional ante la infrenable ola de violencia de las organizaciones delincuenciales, y desde luego, la crisis económica que pasó de ser de un simple “catarrito” a un “Tsunami” -según el fallido pitoniso de Hacienda-, aunado a la presión de los gringos que se inquietan de que sus leales criados no les estén cuidando debidamente su patio trasero, ha venido cobrando fuerza entre la clase política y los analistas políticos, la calificación de la actual situación de México como un país con Estado fallido.

Pero, ¿qué significa “Estado fallido”?, ¿de dónde procede esa denominación?, ¿qué consecuencias tiene?, pero sobre todo ¿fallido para quién?

El término de “Estado fallido” procede curiosamente de Noam Chomsky y ha sido adoptado por el gobierno estadounidense para clasificar a aquellos gobiernos que no mantienen un control claro sobre el territorio que gobiernan porque existen instancias paralelas e ilegales que le disputan el poder, por ejemplo cobrando impuestos o manteniendo zonas bajo su control, como son los casos de la guerrilla en Colombia o por acciones similares del crimen organizado en otras latitudes. Asimismo, hay Estados fallidos en donde prevalecen conflictos tribales o religiosos que rebasan al Estado poniendo en entredicho su autoridad y eficacia tanto en términos del consenso como del uso legítimo de la fuerza. Se podrían considerar también a los regímenes plutocráticos que socavan la legalidad y generan una alta estratificación social. Sin embargo, si se toma literalmente la cuestión de la eficacia de un Estado para mantener un control político y militar, las dictaduras no estarían en cierto modo consideradas como Estados fallidos, cuando es evidente que lo serían al faltarles el consenso popular que sólo da la vida democrática. El problema es que las potencias extranjeras pueden alegar que su seguridad interna está amenazada por países con Estados fallidos, y “justificar” con base en ello una invasión militar a los mismos. La legalidad de esta posición es no sólo dudosa sino hipócrita, porque muchos países con Estados fallidos lo son precisamente por la intromisión de dichas potencias extranjeras, que por ejemplo, patrocinan guerras civiles o propician inestabilidad en determinados pueblos y gobiernos por convenir así a sus intereses, además de que otros países con Estados fallidos lo son por efecto de la globalización neoliberal que ha minado las bases de la convivencia social y la misma soberanía de los Estados nacionales.

Recapitulando, los síntomas de una Estado fallido son la alta corrupción en las diversas instancias del Estado, la inexistencia de un Estado de derecho real en virtud de esa corrupción y la impunidad consecuente, las altas tasas de criminalidad, la extensión acelerada de un mercado informal, y otros factores parecidos. Asimismo, la existencia de Estados terroristas que suprimen las libertades democráticas de elecciones libres, libertad de prensa, de asociación, derechos humanos, etc., y que imponen sus políticas mediante el uso casi exclusivo de la violencia, como ocurrió durante el régimen talibán en Afganistán, entre otros, es un ejemplo drástico de Estado fallido.

De esta manera, hay instancias ligadas al gobierno estadounidense (el think tank o Fondo para la Paz) que han señalado los elementos que constituyen un Estado fallido (problemas demográficos, éxodos masivos, descontento generalizado, altos índices de inequidad, criminalidad incontrolable, etc.) y cada año elaboran una lista de los países que entran en ese concepto. Sin embargo, llama la atención que se tiende a nombrar como Estados fallidos a países con circunstancias muy diferentes entre sí, donde se incluye a algunos cuyos gobiernos son contrarios al imperialismo estadounidense, lo que revela lo tendencioso y ambiguo de esta valoración. La paradoja es que los países que han venido aplicando a rajatabla las recetas neoliberales han devenido invariablemente en Estados fallidos, mientras que los que buscan formas de organización social, económica y política alternativas, tratan de ser sometidas a esas mismas recetas y para ello se les incluye como amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos o para la paz mundial, para poder intervenirlos militarmente y frenas sus proyectos alternativos al neoliberalismo.

Ahora bien, es notorio que existen en nuestro país algunos factores que encajan dentro del concepto de Estado de fallido, pero una cosa es señalar sus síntomas y otro reparar en las causas que los provocan, pues por un lado deberíamos de considerar el empecinamiento en llevar al cabo un modelo económico depredador, y por otro lado, la incapacidad manifiesta del actual grupo gobernante que actúan como rehén de los poderes fácticos, así como una clase política envilecida que no está a la altura de los retos del país sino que siguen montados en una lógica de saqueo del erario público y de sus riquezas naturales.

En este contexto, la confrontación del ejército contra el crimen organizado (principalmente los cárteles de las drogas) y la gran cantidad de muertos que ha ocurrido como producto de este proceso, así como las propias declaraciones públicas de las fuerzas armadas de que la embestida de los narcotraficantes han puesto en riesgo la viabilidad del país, aunado a la severa crisis económica donde el gobierno tampoco acierta a tomar decisiones correctas y a tiempo, han reducido drásticamente su capacidad de gestión; además del peso de la ilegitimidad que pesa todavía sobre un presidente que presumió ganar la presidencia de la república “haiga sido como haiga sido”, reconociendo con ello que la guerra sucia que su partido y los empresarios emprendieron contra López Obrador les permitió obtener un triunfo pírrico (sin contar con otras situaciones que nos permiten pensar legítimamente en que existió un fraude electoral); así como la presión constante de los gringos sobre el gobierno mexicano, han socavado como nunca al Estado mexicano que ciertamente aparece como una entidad débil que no protege debidamente a sus ciudadanos, no sólo por su ineficacia contra el crimen organizado, sino por los abusos de la misma clase empresarial codiciosa a la que se empecina en beneficiar a como dé lugar.

Sin embargo, creo que es excesivo calificar a México de ser un Estado fallido porque finalmente el país no lo hacen sólo los que están al frente de las instituciones sino sus trabajadores y ciudadanos (la sociedad civil) que en medio de todos los problemas mantienen una conducta madura y ecuánime. Al respecto me permito hacer una cita in extenso de Pedro Miguel columnista de La Jornada que dice los siguiente: “A pesar del daño inconmensurable que las últimas cuatro presidencias han causado al país, éste sigue funcionando. Entre la crisis económica, a pesar de la violencia desatada por el calderonismo y a contrapelo del saqueo del erario que practica el funcionariato, los mexicanos, en su gran mayoría, se levantan temprano para ir a ganarse la vida en forma honesta, llevan a sus hijos a la escuela, pagan impuestos, no matan, no violan, no torturan y no hacen fraude, y conviven, discuten, festejan y guardan luto en forma civilizada. Las universidades públicas, en medio del acoso de un grupo gobernante que quisiera verlas privatizadas, siguen preparando profesionistas, las ambulancias siguen recogiendo accidentados y las mercerías siguen despachando hilos de colores diversos. Esta base formidable de civilidad, en la que reposa el Estado mexicano, ha impedido, pese a todo, que los desgobiernos de Salinas, Zedillo, Fox y Calderón lleven al país a la subversión, a la desestabilización y al caos completo.” (Ver Navegaciones en La Jornada, 20 de enero 2009)

En conclusión, lo descaminado del debate de nuestros políticos y politólogos es no cuestionar el funcionamiento del Estado mexicano desde la perspectiva de su propio pueblo, sino con base en los parámetros de una potencia extranjera que no le importa si hay Estados fallidos o no, si no es en función de sus intereses imperialistas.