lunes, 10 de octubre de 2011

Ricardo Luque - La acracia en Aristóteles


La acracia en Aristóteles

César Ricardo Luque Santana

El término “acracia” se suele traducir como sinónimo de anarquía, lo cual es comprensible porque el prefijo “a” significa “negación”, mientras que “cratos” se refiere al “poder”. Esto se infiere porque las palabras “aristocracia”, “democracia”, “plutocracia” y otras semejantes denotan regímenes políticos. Acracia sería sinónimo de anarquía porque ésta significa la ausencia de gobierno o la capacidad de la sociedad para autorregularse. En este caso, “cratos” es traducido como “fuerza” o “violencia”, es decir, como una violentación o imposición coactiva de normas contra la voluntad de las personas. Este sentido lo podemos encontrar en definiciones como la de Wikipedia entre otras. Huelga decir que mientras los anarquistas reivindican este sentido valorándolo como algo positivo; desde posturas derechistas se entiende como desorden o caos. En el primer caso, la ausencia de autoridad se ve como benéfico; mientras que en el segundo se concibe como algo malo.

Sin embargo, en otro sitio (http://etimologias.dechile.net/?acracia), se reconoce que antiguamente la palabra “acracia” significaba “intemperancia”. Estar en estado de intemperancia es como estar ebrio o no estar sobrio. Es la incapacidad de poder gobernar el cuerpo. Lo contrario es la “templanza”. Aristóteles de Estagira en “La Moral a Nicómaco”, libro séptimo, capítulo primero, estudia el vicio, la intemperancia y la brutalidad, defectos que rebajan la naturaleza del hombre al cual define como un ser racional. Sus contrarios son la virtud, la templanza y la heroicidad. En esto último, el estagirita considera que el hombre brutal es aquel cuyos vicios son excesivos, esto es, justamente el extremo opuesto de la divinidad (pureza).

Para Aristóteles como para Platón, y en general para los griegos, la divinidad es entendida laxamente como una especie de inteligencia cósmica, de manera que la noción de Dios es la de un super filósofo. En este sentido, así como para un creyente basado en la fe la comunión con Dios consiste en rendirle pleitesía a través de las plegarias; la comunión con Dios desde la perspectiva de los filósofos griegos era a través del cultivo de la razón. En otras palabras, si se concibe a Dios como un ente racional en estado superlativo, la imitación de ese Dios desde la finitud no puede ser otra que una actitud intelectual, o mejor todavía, de vivir conforme a la razón.

La razón debe gobernar todos nuestros actos, sin embargo nos dominan las pasiones. La gente tiende a ser acomodaticia, a evitar el sufrimiento, pero en términos de molicie o incontinencia, de tal suerte que buscamos lo que nos da placer inmediato sin medir las consecuencia de nuestros actos a largo plazo. Todos buscamos la felicidad decía Aristóteles, pero por felicidad se suele entender cosas diferentes, destacando dos posturas diametralmente opuestas: una cifra la felicidad en la consecución de las cosas materiales como en el éxito económico, el poder, el sexo, etc., las cuales son asumidas como fines en sí mismos; la otra postula una idea de la felicidad de corte espiritual de manera que las cosas que dan bienestar material no son en sí mismas buenas sino que a veces resultan contraproducentes porque otorgan una felicidad efímera y superficial. La felicidad desde este punto de vista, está encaminada a lograr la tranquilidad de ánimo de las personas, a darles un paz interior, sabiduría, si bien esta actitud también puede asumirse en forma distorsionada como un repudio a todo lo material como ocurre en el caso de los místicos, pero aquí esta idea de paz interior o espiritual no está basada en la fe en sino en la razón.

Los griegos desde su racionalismo creían que el hombre podía entenderse como una posibilidad, es decir, como alguien que puede y debe tener un afán de perfeccionamiento o superación dentro de los límites de su condición de mortal, pues al hacerlo, al tratar de ser virtuoso, se “asemeja” en cierto modo a la divinidad. La idea de que el hombre es un puente entre los dioses y las bestias, o como decía Nietzsche, una cuerda tensada entre los hombres (superhombre) y las bestias, significa que podemos decidir entre la superación o la degradación personal, pasando por la mediocridad. De este modo, la superación personal no se funda en el tener sino en el ser y por lo tanto no es un don gratuito ni un asunto de dogmas, sino una actitud donde la voluntad de ser mejor se demuestra en la práctica.

El asunto era entonces la lucha entre la sofrosine o prudencia y la hybris o pasión. La primera conduce a la virtud e indica sabiduría; la segunda linda con la violencia y tiene que ver con ser impulsivo, irracional, con dejarse llevar por la ira, la codicia y otros vicios. Justamente aquí es donde entra en escena el concepto de “acracia” de Aristóteles (desarrollada en el texto mencionado), que remite a su significado ya aludido de “intemperancia”, de falta de voluntad. En efecto, para Aristóteles la verdadera voluntad es la búsqueda del bien, para lo cual se necesita templanza de manera que la razón domine a las pasiones. La acracia como se puede advertir, significa la incapacidad del hombre de hacer caso a la razón de manera que se deja dominar por las pasiones, los apetitos. La acracia es la incapacidad para gobernarse a uno mismo, al extremo de que aun sabiendo que algo nos hará daño o que el placer que nos proporciona implica un alto precio a pagar, no tenemos la fuerza de voluntad suficiente para cambiar nuestros hábitos de manera que la superación a la que aspiramos no se puede concretar.

Las consecuencias de la acracia entendida en estos términos son claras y reveladoras. Cuánta gente no desea superarse material y espiritualmente pero es incapaz de hacer los sacrificios que ello demanda y pretende sin embargo acudir a pócimas mágicas y a toda clase de supersticiones para obtener un logro inmerecido. Esta situación se puede trasladar a muchos aspectos de la vida porque deseamos mejorar en nuestras condiciones materiales de vida y/o en nuestra condición humana pero queremos que se dé milagrosamente, sin arriesgarnos, sin sacrificarnos, desde la comodidad, etc. Y esta falta de voluntad para ser mejores se da igual en lo individuos que en las colectividades porque no estamos dispuestos a esforzarnos lo necesario con todas las incomodidades y sacrificios que ello conlleva.

Lo paradójico de esto es que lo que no cuesta en términos económicos, la voluntad de cambiar, es lo más difícil de realizar.