domingo, 1 de marzo de 2009

Asociación delictuosa

Asociación delictuosa

César Ricardo Luque Santana

“Es preferible molestar con la verdad que complacer con la mentira”
Ana Guevara

Mientras la crisis económica empeora cada día manifestándose en mayor desempleo e inflación que da lugar a su vez a mayor pobreza, los consejeros del IFE trataron de obtener un aumento de sueldo escandaloso, mismo que no tuvieron empacho en conseguir los magistrados del Supremo Tribunal de Justicia (que de por sí son los que más ganan en el país), mientras que los diputados que en ese renglón -en lo que a altos salarios se refiere-, no sufren ni se abochornan, discuten si se debe de poner un límite o tope al salario máximo de los servidores públicos con la intención por parte de la izquierda al menos, de que ninguno de ellos, ya sea que se trate de representantes electos o funcionarios designados, pueda ganar más que el presidente de la república.

Los consejeros ¿ciudadanos? Del IFE dieron marcha atrás a su desmedida petición de homologar sus salarios con los mencionados magistrados que reciben poco más de 300 mil pesos al mes, en virtud del rechazo público del que fueron objeto, pero ello no obstó para que los magistrados si tuvieran un “pequeño” aumento a su de por si excesivo salario. Los primeros dijeron que se retractaban porque eran sensibles a la crisis económica que estaba pasando el país, aunque si tuvieran de veras esa conciencia no hubieran hecho el ridículo que hicieron, mientras los segundos no hicieron ruido al respecto.

En este contexto, el comunicador Ciro Gómez Leyva, de plano derrapó cuando quiso poner como ejemplo de amor a la patria al secretario de gobernación que según su ¿inocente? opinión, dejó de ganar un dineral en su despacho de abogados por incorporarse al gobierno. Tal vez dejó de ganar un 90% de lo que percibía en el sector privado dijo pasmado el gran Ciro, cuando todos sabemos que este tipo de personajes no dejan de percibir ganancias por una ausencia temporal en sus negocios, además de que los privilegios que se obtienen en ese tipo de cargos en el gobierno les permiten ventajas ilimitadas para lucrar.

Pero mientras periodistas alcahuetes como el mencionado destilan la baba queriendo salpicar a los incautos, en contraste, Denisse Dresser (DD) -que acababa de enviar una ejemplar carta abierta al ingeniero Carlos Slim donde lo pone en su lugar-, acudió al foro “México ante la crisis” donde dijo lo que muchos ya sabemos -principalmente los aludidos por ella- que en México gobiernan los poderes fácticos y que ello es el principal obstáculo para salir de la crisis por la corrupción que involucra esta anomalía institucional.

Resulta importante retomar algunos planteamientos de esta investigadora caracterizada por su inteligencia, valentía e independencia (según mi percepción) cuya implacable crítica no hace concesiones a nadie, para aventurar un par de ideas adicionales y complementarias a su postura.

Para empezar hay que señalar que DD cuestiona el actual modelo capitalista neoliberal pero no al capitalismo en sí, y habla incluso de un buen capitalismo (que también llama capitalismo democrático) que promueve la equidad social, en contraste con un mal capitalismo que provoca un abismo social cada vez mayor. A este último, en el caso mexicano, lo llama “capitalismo de cuates o de cómplices” refiriéndose al maridaje pernicioso entre los altos empresarios y los gobernantes, quienes se asumen como gerentes de éstos en vez de representar a la sociedad velando por su bienestar como es su obligación constitucional. En este sentido, el Estado claudica de su responsabilidad esencial y se aboca a proteger y acrecentar los privilegios de una minoría oligárquica rapaz que veta, obstruye y/o sabotea todas las reformas que atentan contra sus insanos intereses.

DD califica a la oligarquía mexicana como capitalismo rentista que vive a costillas de los consumidores con el beneplácito del Estado que los protege en sus ganancias desmedidas. En este punto pregunta ¿quién gobierna en México?: “¿La SEP o Elba Esther Gordillo?, PEMEX o Carlos Romero Deschamps?, ¿El Senado o Ricardo Salinas Pliego cuando logra controlar los vericuetos del proceso legislativo?,” etc. Con ello señala lo que decíamos al principio de que los poderes fácticos de todo tipo son los que mandan, quedando los espacios institucionales sólo para formalizar decisiones tomadas fuera de sus ámbitos.

En este sentido, se genera una estructura basada en redes de poder informales que actúan en forma coludida entre sí, con el agravante de que el Estado se vuelve rehén de intereses espurios a la nación. Sólo así se entiende dice la investigadora los privilegios de los que gozan los principales grupos corporativos (empresariales, sindicales y políticos), como el que les devuelvan impuestos, de que nos los infraccionen, de que no avancen leyes que les perjudican en sus negocios, de que los dirigentes sindicales corruptos sean intocables, etc. Remata que donde las elites económicas son fuertes, la gobernabilidad democrática es débil.

En este contexto de prácticas abusivas de empresarios que viven de medrar de los consumidores no sólo con la ausencia de regulación por parte del Estado sino con su protección, no puede haber una auténtica competencia. Es necesario por tanto que se rompa esta sumisión del Estado a los grupos de poder económico instaurando un nuevo tipo de relación entre Estado, sociedad y mercado. De no romper con este esquema de mafias, se seguirá abonando para el deterioro de las instituciones y su falta de credibilidad y continuará incrementándose la pobreza con todas las consecuencias que ello provoca.

Creo en lo particular que la aguda crítica de DD revela que no existe la institucionalidad ni el Estado de derecho o que éste actúa facciosa y patrimonialistamente. En este sentido, considero también que para la clase política, el gobernar para la sociedad pasa a segundo término pues su prioridad es enriquecerse a la sombra del Estado. Por ejemplo, la modificación de la tenencia ejidal emprendida por Salinas de Gortari en su momento, no tenía como propósito desarrollar las fuerzas productivas para generar una riqueza socialmente compartida, ni mucho menos para buscar una autosuficiencia alimentaria, sino que les interesaba despojar a los campesinos de sus tierras para reestablecer las haciendas y para apropiarse de los lugares con mayor potencial turístico que luego valdría millones de dólares. Así, cada medida económica, social, de seguridad, de educación etc., que el Estado mexicano toma, tiene como objetivo central beneficiar a los más ricos (incluidos ellos mismos por supuesto) en detrimento de la mayoría de la población, aunque desde luego las disfrazan haciéndolas pasar como benéficas para toda la sociedad.

Las consecuencias de esta forma de “gobernar” donde el Estado no asume con ética la responsabilidad de ejercer la autoridad para la sociedad protegiéndola de minorías voraces, ya las estamos viendo y padeciendo. Siguiendo con en el ejemplo anterior, provocaron el abandono del campo, que éste se volviera improductivo e incosteable para los productores de escasos recursos (que por esa razón no tienen acceso a créditos), que por ende se emigre a las ciudades o a los Estados Unidos, que la gente se empobrezca gradual e inevitablemente, que se deteriore el tejido social con los altos grados de inseguridad que hoy se viven, etc. En este sentido, el interés público se trastoca en interés privado con lo cual el Estado traiciona su esencia de proteger a la sociedad haciéndola viable.

luque2009@gmail.com

domingo, 22 de febrero de 2009

La naturaleza de las discrepancias políticas

La naturaleza de las discrepancias políticas

César Ricardo Luque Santana

Se suele decir que la política es demasiado importante para dejarla en manos sólo de los políticos profesionales o de unas cuantas personas, sino que ésta es competencia o responsabilidad de todos los ciudadanos.

En el largo diálogo platónico intitulado “Gorgias”, se da la disputa entre el sofista Gorgias y el filósofo Sócrates quien defiende (al igual que Platón), que la política como otras actividades del hombre debe de estar en manos de los que saben, en este caso del rey-filósofo o filósofo-rey como lo llamara en La República, mientras que Gorgias sostiene que la política es asunto de todos los miembros libres de la comunidad (en este caso de la polis).

En este portentoso diálogo entre dos gigantes del pensamiento, Gorgias recurre al mito de Prometeo para justificar su postura (existen otras dos versiones de este mito), diciendo que habiendo los dioses repartido todas las cualidades a los seres vivos de la tierra, se dejó al hombre indefenso porque no tenía garras, ni alas, ni fuerza, ni ninguna cualidad de este tipo que tenían otros animales que les garantizaba su supervivencia. El hombre en cambio estaba desnudo sin más arma que su inteligencia (obtenida heroicamente por Prometeo), pero además, para sobrevivir como especie en sociedad, necesitaba de la política, que a diferencia de las demás artes como la medicina donde bastaba que unos cuantos la conocieran, la política debía ser asunto de todos según determinó Zeus.

Con base en el relato de este mito que es una prodigiosa pieza literaria, Gorgias estableció que todos los ciudadanos tienen derecho a participar en la política de su comunidad deliberando y decidiendo libremente sobre los asuntos públicos, además de tener el derecho a elegir a sus gobernantes y a ser electos por sus conciudadanos. La posición socrática-platónica al respecto es conocida, pues ambos se manifiestan contra la democracia y a favor de la aristocracia, entendida ésta última literalmente como el gobierno de los mejores. Para ellos, la democracia es sinónimo de demagogia y creían que el pueblo podía elegir a las personas menos apropiadas para el cargo de gobernante, mientras que en una aristocracia (que no hay que confundir con la plutocracia), los sabios gobernarían virtuosamente por su mera condición de sabios, ya que Platón parte del supuesto de que el mal es producto de la ignorancia, por lo que un hombre sabio sería necesariamente bueno.

En ambas posturas hay una contradicción evidente, pero al mismo tiempo hay en ellas parte de verdad. ¿Cómo negar que en la democracia exista la demagogia y que en efecto el pueblo en muchas ocasiones elija como gobernantes a sujetos ineptos, corruptos, perversos, etc.?; pero por otro lado, ¿cómo negar que los ciudadanos tengan derechos políticos como los mencionados?

Menciono esta celebre disputa filosófica entre Gorgias y Sócrates para ilustrar la complejidad de la política y particularmente de la dificultad de hacer coincidir la inteligencia o sapiencia con la condición democrática. Trataré a continuación de explicar esta problemática que tiene muchas aristas, aclarando antes que evidentemente, la teoría política de Platón plasmada en La República con la figura del filósofo-rey, es y era inviable como él mismo lo reconoció tiempo después en Las Leyes, obra donde rectificó la intervención del filósofo en la política relegándolo a una especie de consejero. Asimismo, no pretendo responder a la pregunta de qué es la política para lo cual recomiendo leer a Maquiavelo, Hanna Arendt, Max Weber, entre otros. Sólo pretendo ilustrar la dificultad de un diálogo político democrático, productivo y edificante entre los ciudadanos, los analistas y/o los gobernantes, pero principalmente entre los ciudadanos comunes.

Evidentemente, en algunos casos, las desavenencias políticas entre dos o más personas que discuten sobre un tópico político, se dan principalmente por los fuertes intereses materiales que involucra la política, en otros casos por una fuerte carga ideológica de los contendientes, o bien por ignorancia o por una combinación de algunos o todos estos factores.

En este caso, no me voy a referir a la relación casi siempre conflictiva entre el analista político crítico y los políticos profesionales y los servidores públicos de todo tipo, de lo cual ya comenté los suficiente en mis dos artículos precedentes, sino a las disputas informales y ocasionales que se dan entre amigos o conocidos en los centros de trabajo, en los cafés o las plazas públicas cuando abordan tópicos políticos de diversa índole.

En este tipo de discusiones se suele anteponer los aspectos emocionales a los racionales pues predominan las filias y las fobias de los contrincantes, ya que la discusión se instala más en el terreno de la reyerta, que de la necesidad de aprender del otro poniéndose en su lugar escuchándolo sin prejuicios para llegar a verdades plausibles. Sin embargo, lo habitual en estos casos es jugar a las vencidas recurriendo a meras subjetividades como hacer falsas generalizaciones, incurrir en histrionismos e incluso proceder de mala fe. Lo contrario sería tratar de convencer con argumentos basados en datos duros comprobables, un uso adecuado de los conceptos utilizados y una actitud ética para evitar el engaño deliberado; pero al mismo tiempo, implica estar abierto a reconocer las buenas razones del otro y por ende a dejarse persuadir sin sentirse por ello vencido sino al contrario liberado.

Hay muchos ejemplos al respecto pero quiero mencionar uno muy común en estos días, de personas que se identifican con posiciones de derecha, quienes cuestionan el triunfo de Hugo Chávez en Venezuela en el reciente referéndum que permitirá la reelección indefinida del presidente de la república. En muchos casos, cuando el odio hacia este personaje es muy acendrado, se suele referir a él como dictador, sin reparar que en modo alguno encaja en ese concepto. Cuando uno les pide que definan qué es un dictador o una dictadura y que demuestren que Chávez está dentro de ese concepto o bien se retracten de esa adjetivización, suelen hacer mutis. Del mismo modo, afirmar que la mencionada modificación constitucional significa un cheque en blanco para que sea presidente a perpetuidad en forma automática, significa desconocer que para ello tiene que ganar en las urnas y que además, cada tres años hay un referéndum de revocación de mandato, el cual también se resuelve en las urnas.

Desde luego que los opositores de Chávez esgrimen una serie de consideraciones para deslegitimar su triunfo, sugiriendo que mediante fraudes electorales se va a perpetuar en el poder, algo que no se ha podido demostrar porque en los últimos procesos electorales en Venezuela que han estado estrechamente vigilados, nadie de los perdedores ha alegado fraude ni el gobierno ha escamoteado los triunfos de la oposición. Asimismo, la reelección que existe en otros países democráticos de Europa como Inglaterra donde Margaret Tatcher se reeligió tres veces hasta que los de su propio partido la frenaron, no causa el mismo malestar ni nadie les dicen dictadores.

Desde luego que se pueden alegar muchas objeciones contra Hugo Chávez y tal vez algunas sean legítimas y hasta verdaderas, pero hay que mostrar evidencias no sesgadas de ello para evitar los dimes y diretes inútiles que sólo refuerzan los dogmas y envilecen el diálogo. Por ejemplo, cuando a los detractores de Chávez se les pide que comparen el crecimiento económico de Venezuela con el de México, inmediatamente tratan de desacreditar los logros de Chávez en materia económica con argumentos pueriles y endebles como decir que es una economía petrolarizada, de que es una economía pegada con alfileres y cosas por el estilo. Pero lo curioso es que se revuelven más en tratar de demostrar los supuestos aspectos engañosos o efímeros de la exitosa política económica del gobierno venezolano, que en explicar el fracaso de la economía mexicana en manos de los neoliberales.

El enojo contra Chávez, Evo Morales y otros mandatarios latinoamericanos de izquierda es porque son socialistas en serio y no se andan disculpando por ello como hacen algunos izquierdistas vergonzantes mexicanos que se llenan la boca con el epíteto de reformistas o se dicen moderados o de centroizquierda para recibir el beneplácito de los neoliberales.

En consecuencia, en una democracia todos tenemos derecho a decir lo que queramos, pero no todas las opiniones son igualmente válidas epistémicamente hablando.

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domingo, 15 de febrero de 2009

Los sentidos de la crítica

Los sentidos de la crítica

César Ricardo Luque Santana

“…un príncipe prudente [debe contar] con hombres sabios,
y sólo a ellos debe dar libre arbitrio para que le digan la verdad.”
Maquiavelo (El príncipe)


En mi colaboración anterior analicé someramente la relación entre la crítica y el poder, afirmando que la crítica como tal es una sóla, y que las alusiones o interpretaciones de una crítica entendida sólo como rechazo u objeción, o incluso como crítica negativa versus crítica constructiva son erróneas, pues por un lado se entiende coloquialmente y en forma unilateral a la crítica como algo meramente destructivo que sólo busca dañar, mientras que por el otro lado se introduce un matiz aduciendo la posibilidad de una “crítica constructiva”, lo que indicaría que hay una crítica sana, es decir, una crítica que no tiene por objeto únicamente causar daño sino también aportar soluciones a los problemas que señala.

En virtud de ello, creo necesario profundizar un poco más sobre el concepto de crítica para ponerlo a salvo de los sentidos vulgares que le endosan y que están muy generalizados. Pero antes trataré de rescatar otros puntos del artículo anterior que considero pertinentes dejar aclarados para atender de manera breve los fundamentos filosóficos de la crítica.

Creo que en el primer sentido se encuentra la generalidad de las personas que tienden a considerar la crítica como infundio o calumnia per se (la crítica como hablar mal de los demás) o al menos como un ataque que aunque vierta razones válidas, su intención es ocasionar un daño a quien va dirigido. El segundo sentido es más típico de los políticos en el poder quienes buscan minimizar las críticas en su contra sin cuestionar la crítica en sí misma, pues como servidores públicos no pueden estar abiertamente en contra de ella, de manera que tratan de reducirla a su mínima expresión, comprando conciencias ya sea para que los adulen o para silenciarlas.

Así entonces, en el primer significado la noción de crítica suele ser inconsciente mientras que en el segundo tiende a ser deliberada, pero en ambos –insisto-, dicha noción es equivocada, aunque en este esta última interpretación, lo equivoco reside en su ambigüedad y carácter confuso, en otras palabras, porque tiene la apariencia de ser una distinción legítima.

Por ello decía que los políticos y gobernantes que son reactivos a la crítica, aducen una supuesta dicotomía o maniqueísmo de ésta, pero realmente no están contra la supuesta mentira de la crítica que los lesiona porque es evidente que no se incomodan ante la adulación que por definición está basada en la mentira. Pero además, sostener que el crítico debe también solucionarles los problemas es un exceso de su parte porque son ellos los que tienen los instrumentos para esos menesteres y es desde luego su obligación como autoridades. Es como si uno como espectador de un espectáculo considera que el artista no hizo bien su trabajo, no por ello está obligado como crítico a hacer el trabajo del artista. O situándose desde el lado del gobernante, Maquiavelo recomienda a éstos que se rodeen de consejeros críticos cuidándose de los aduladores (ver capítulo XXII de El Príncipe), pero en modo alguno delegar su facultad de tomar las decisiones, por ello dice en el final de este capítulo que “…los buenos consejos, vengan de quien vengan, conviene que nazcan de la prudencia del príncipe, y no la prudencia del príncipe de los buenos consejos”

También aludía en mi mencionado escrito a la escasez de críticos o escritores independientes, lo cual se explica por lo que decía Rousseau en el epígrafe de dicho artículo, de que el intelectual plegado al poder obtiene ventajas y canonjías que normalmente no obtendría como un intelectual independiente. Por ello podemos ver incluso a intelectuales y periodistas que son críticos con gobernantes de un determinado partido, que son muy consentidores o alcahuetes con otros. La actitud convenciera de actuar como sirvientes del poder no significa que no tengan preparación o capacidad, sino que son inmorales porque están dispuestos a actuar por consigna para mantener sus privilegios llegando incluso al envilecimiento. Desde luego que para que haya este tipo de intelectuales se necesita que existan gobernantes que ven la crítica como una ofensa.

¿Cuál es entonces el sentido conceptual de la crítica que nos autoriza a sostener que la crítica como tal sólo es una? La crítica en sentido conceptual nos remite en primera instancia al planteamiento kantiano de la crítica como conocimiento y en el segundo caso a Marx quien enfatiza la crítica como denuncia

En Kant, la crítica no es mera impugnación o rechazo sino ante todo conocimiento. Para él, la crítica a la razón pura (teórica o discursiva) es una búsqueda de los fundamentos, alcances y límites del conocimiento racional, un cuestionarse hasta dónde es legítimo este conocimiento basado en la razón. En otras palabras, Kant quiere determinar las condiciones de posibilidad del conocimiento y examinar la facultad cognoscitiva de la razón.

Para Kant, conocer algo no implica de entrada emitir juicios de valor sino ante todo juicios de hecho, es decir, en principio no se trata de asumir una actitud valorativa para aceptar o condenar algo. En este problema hay un trasfondo que tiene que ver con la cuestión de la ideología y la objetividad en el sentido de que si no se separan ambos tipos de juicios, se corre el riesgo de distorsionar la realidad por un subjetivismo. Recordemos que en este punto aludíamos anteriormente a José Ortega y Gasset quien hacía una advertencia similar diciendo que la función esencial del intelectual es la de aclarar un problema y que para ello debía evitar dejarse llevar por consideraciones subjetivistas (emocionales o ideológicas) porque estaría reemplazando el análisis por el panfleto. En otras palabras, se pondría a la razón al servicio de una causa política o ideológica sin importar cuál sea, en demérito de la verdad. En un caso así, lo ideológico empañaría inevitablemente al conocimiento científico quitándole o restándole cientificidad al análisis.

Ahora bien, el problema de la objetividad del conocimiento no significa pretender una supuesta neutralidad del sujeto cayendo en la dicotomía de juicios entre los juicios de hecho y juicios de valor como querían los positivistas, pues la subjetividad como tal y los valores no se pueden evitar, pero si se puede evitar faltar deliberadamente a la verdad para acomodar las cosas a intereses ajenos a ella.

En cuanto a la crítica como denuncia, en efecto en el joven Marx se presenta la crítica como desenmascaramiento, esto es, como poner al descubierto la verdad y sacar de ello todas las consecuencias. La crítica hacia todo lo existente, hacia lo establecido, debe ser según él, despiadada, sin concesiones ni consideraciones. La crítica ha de ser radical porque lo radical es ir a la raíz de las cosas, a sus fundamentos.

En la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel de 1843, es donde Marx postula por vez primera la crítica como desenmascaramiento o denuncia. Se trata decía él, de mostrar la injusticia y provocar la indignación, es decir, de presentar con crudeza la realidad sin subterfugios, pero tampoco inventando cosas que no existen. La crítica no es entonces un fin en sí mismo, puro conocimiento o interpretación, sino que es un medio que debe llevar a la transformación revolucionaria de un orden social injusto. La praxis revolucionaria es tanto teórica como práctica.

En conclusión, la fundamentación de la crítica que aportan Kant y Marx son complementaria porque la crítica no se reduce a un problema sólo epistemológico sino que también es de índole social, por lo cual lo objetivo y lo subjetivo forman una unidad dialéctica. Por ello, reiteramos que la crítica “es la capacidad de juzgar con conocimiento de causa y con responsabilidad, es decir, opinar con base en información (datos duros), razonamiento lógico y honestidad intelectual.”

Luque2009@gmail.com

lunes, 9 de febrero de 2009

El papel de la crítica y su relación con el poder

El papel de la crítica y su relación con el poder

César Ricardo Luque Santana

“Si estos (…) escritores (aduladores) hubiesen adoptado los verdaderos principios, se habrían salvado todas las dificultades y habrían sido siempre consecuentes; pero hubieran dicho por desgracia la verdad y no hubiesen hecho la corte más que al pueblo. Ahora bien, la verdad no conduce al lucro, y el pueblo no da embajadas, ni empleos, ni pensiones.” J. J. Rousseau (El Contrato Social)

En el marco de la conmemoración del 92 aniversario de Constitución Política Mexicana, Felipe Calderón se refirió en su discurso a las voces discordantes -como él les llamó- cuya crítica tachó de alarmista y catastrofista -la cual añadió- provoca un gran daño al país porque ahuyenta a los inversionistas y genera desconfianza en las instituciones al ponerlas en entredicho (sic).

Desde una visión maniquea típica de quienes carecen de una auténtica vocación democrática como es el caso del usurpador Felipe Calderón, es común que perciban la crítica independiente en esos términos. El maniqueísmo consiste en este caso en considerar que hay una crítica sana o constructiva y otra insana o destructiva per se.

Sin embargo, resulta problemático trazar una división objetiva para determinar cuándo se está en un caso y cuando en otro, al menos que se sea un petulante para arrogarse la facultad de determinar o calificar que críticas están dentro de un parámetro u otro, pues evidentemente esta actitud encierra un obvio subjetivismo y autoritarismo de quienes son objeto de la crítica, por lo que tienden invariablemente a descalificar las críticas que los incomodan pero curiosamente no muestran ninguna incomodidad con quienes los adulan.

Es decir, puestos a suponer sin conceder que la crítica oscile entre los extremos del ataque visceral y la lisonja –ambas irresponsables de suyo- se esperaría por coherencia que la reacción contra lo que consideran excesos cuando les es adversa, debería ser proporcionalmente igual contra aquellos que mienten descaradamente para halagar al gobernante en turno, puesto que estos últimos también falsean la realidad y dañan del mismo modo.

En otras palabras, en todo caso y exigiendo un mínimo de congruencia, quienes se ofenden por críticas que consideran calumniosas, deberían de tener una actitud parecida respecto a aquellos pseudo periodistas y pseudo intelectuales que los elogian inmerecidamente, pues en esta lógica ambos estarían mintiendo. Sin embargo, está claro que esto no sucede así sino que por el contrario, hay gobernantes que se empecina en anular o minimizar la crítica independiente tratando de corromper a la prensa y a algunos intelectuales para que les sirvan de alcahuetes.

Ahora bien, si bien es cierto que se puede dar un “periodismo” orientado a atacar o infamar o a adular o lisonjear a la clase política, la crítica en su sentido más riguroso no tiene que ver con la idea de ser algo deliberadamente negativo o destructivo. La crítica en sustancia es la capacidad de juzgar con conocimiento de causa y con responsabilidad, es decir, opinar con base en información (datos duros), razonamiento lógico y honestidad intelectual. ¿Una crítica así sería una crítica “constructiva”? La pregunta es en parte ociosa y en parte capciosa porque se vuelve a caer al terreno del maniqueísmo. La función del crítico es señalar las cosas como son, dar cuenta de los problemas sin subterfugios mientras que los políticos y las autoridades son los que tienen que aportar las soluciones pertinentes, razón por lo cual deben ser tolerantes, saber escuchar la crítica y rechazar a los aduladores. En este sentido, la crítica sana o constructiva, o sea, la que no tiene la intención de dañar por dañar como ellos dicen, no es la opinión que no incomoda, sino la que dice la verdad aunque incomode. En todo caso, no basta decir que una crítica es falsa si ésta no se refuta con hechos o con datos duros.

Por su parte, es importante como decía Ortega y Gasset que el intelectual –al margen de sus tendencias políticas pero sin menoscabo de ellas- entienda que su función como crítico es esclarecer los problemas dando elementos para la reflexión y en modo alguno dedicarse como un fin en sí mismo a hacer proselitismo político a favor una causa por noble que sea o a atacar sin razones a un gobierno que repudia. En este sentido es oportuno recordar a Gramsci quien decía que sólo la verdad es revolucionaria y podríamos parafrasear su dicho actualizándolo, diciendo que sólo la verdad es democrática.

La relación entre la prensa crítica y el poder es compleja pero en una sociedad que se pretende democrática debería de cancelarse los lazos perniciosos que hay entre una prensa colaboracionista y acrítica, y un poder político seductor y corruptor de los medios de comunicación que se convierten en poderes fácticos. En otras palabras, es necesario superar ese círculo vicioso que ha llegado a situaciones grotescas como aquella memorable y cínica frase del entonces presidente José López Portillo de “no pago porque me peguen”.

En consecuencia, este tipo de desplantes o reacciones virulentas de gobernantes que se empecinan en ver la vida color de rosa contra la crítica independiente a la cual quieren descalificar por decreto, conlleva un riesgo potencial de censura de la libertad de expresión. Hay desgraciadamente señales ominosas al respecto porque prevalece una línea conducta de la derecha en el poder de criminalizar la protesta política y los disensos, lo cual se está viendo en las fuertes restricciones legales introducidas en los códigos penales que se han puesto para acotar y eventualmente inhibir las luchas populares callejeras, llegando al extremo de dictar sentencias exageradas como les pasó a los líderes de la APPO oaxaqueña entre otros, o las fuertes multas al PRD y sus aliados por la toma de la tribuna de la Cámara de Diputados federal , y más recientemente, la medida ridícula e inoperante que los legisladores nayaritas hicieron para castigar lo que se ha dado por llamar como “ciberterrorismo”, independientemente de lo que causó tomar esta disposición, porque un exceso no debería ser tratado de corregir con otro exceso.

Luque2009@gmail.com

domingo, 1 de febrero de 2009

El ocaso del Estado neoliberal

El ocaso del Estado neoliberal

César Ricardo Luque Santana

“Lo que los cínicos no llegan a comprender es que el suelo se ha abierto bajo sus pies, que los viejos argumentos que tanto tiempo se nos impuso ya no tienen validez.” Barack Obama

La crisis capitalista mundial como una crisis del modelo económico neoliberal, significa que dicho modelo es prácticamente insostenible como se han venido dado cuenta pueblos y mandatarios de diversos lugares del mundo, excepto los fundamentalistas del libre mercado y el conservadurismo, entre ellos los panistas que son más papistas que el Papa.

Los pueblos de Sudamérica que electoralmente han venido votando por opciones de izquierda como los casos de Chile, Argentina, Brasil, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay y recientemente Paraguay (además de Nicaragua en Centroamérica), han optado con ello por repudiar al neoliberalismo y por retornar al Estado benefactor, o en su defecto, por pulir las aristas más filosas de la economía de mercado. Incluso en los casos más radicalizados como Venezuela, Ecuador, Bolivia, y Argentina, se está tratando de construir por la vía pacífica y legal proyectos alternativos al capitalismo; mientras que los gobiernos de izquierda más moderados como Chile y Brasil, al parecer tratan de conciliar con relativo éxito la economía de mercado con la justicia social.

Desde otra perspectiva no de izquierda ni mucho menos socialista, sino enclavada en la tradición política liberal, viene siendo alentador que el flamante presidente de los Estados Unidos Barack Obama empiece a bosquejar un discurso crítico hacia el neoliberalismo económico como lo manifestó en su mensaje de toma de posesión donde reconoció abiertamente que viene siendo un error político y económico muy grave que la economía de mercado opere con impunidad, es decir, sin regularización, pues es obvio y así lo dejó entrever, de que la crisis financiera mundial ha sido ocasionada por la rapacidad de los grandes capitalistas.

Textualmente en su discurso de asunción como presidente de los Estados Unidos, Obama dijo que: “…esta crisis nos ha recordado que, sin una atenta vigilancia, el mercado puede descontrolarse, y que una nación no puede ser próspera cuando sólo favorece a los más ricos.” En ese mismo mensaje dijo también que: “nuestra economía está gravemente afectada, como consecuencia de la avaricia e irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestro fracaso colectivo en tomar las decisiones difíciles…” Recientemente continuó en esa línea de pensamiento al criticar a los grupos empresariales que se han beneficiado desmedidamente en las últimas décadas y mencionó la irresponsabilidad de éstos por su empecinamiento en seguir medrando en medio de la pobreza generalizada, del desempleo galopante, del sufrimiento de millones de personas. Dijo que era el colmo que el Citygroup pidiera un rescate financiero que se haría desde luego con dinero público, y tuvieran el cinismo de querer comprar al mismo tiempo un jet para sus ejecutivos, compra que detuvieron ante la severa crítica del presidente estadounidense. Agregó que mientras la sociedad trata de tapar el hoyo que ellos hicieron, tienen el descaro de seguir cavando.

Así, mientras Obama parece dispuesto a frenar la voracidad de los capitalistas pillos, en nuestro país el gobernador del Banco de México -el salinista Guillermo Ortiz- les ruega a los banqueros que por favor no suban las tazas de interés. Es decir, el Estado mexicano aparece como secuestrado por los grandes capitalistas mexicanos y extranjeros que controlan la economía de nuestra nación. Este y otros ejemplos como la tímida legislación de los diputados federales para impedir que los banqueros estén enviando tarjetas de crédito no solicitadas a sus clientes (entre otros abusos similares de los banqueros y otros empresarios) ponen de manifiesto que el adelgazamiento del Estado de la predica neoliberal, terminó por desaparecerlo o por transformarlo en Estado gerencial.

Pero el dichoso Estado neoliberal que se jacta de no intervenir en la economía para dejar que la “mano invisible” regule en automático al mercado, no tiene empacho en tomar medidas lesivas contra la economía de la mayoría de los ciudadanos provocándoles un mayor empobrecimiento. Recordemos las feroces campañas para gravar con IVA los alimentos y las medicinas y su dizque reforma fiscal “estructural” que consiste simple y llanamente en tratar de eximir a los empresarios de pagar impuestos para pasarles la factura a los consumidores. Esto no sólo con la complacencia del supuesto Estado, sino con la alcahuetería de intelectuales y comunicadores que le venden (así se dice en la jerga mercantilista) el embuste a los mexicanos de que van a mejorar empeorando. Sí, lo leyó usted bien, porque dicen que si los trabajadores exigen mejores salarios, entonces ponen en riesgo su empleo y provocan inflación. Este es un ejemplo grotesco de los muchos que constantemente lanzan envueltos en una fraseología tecnicista y que sólo creen los aturdidos. ¿Cómo creer que si tengo un mejor ingreso económico voy a empeorar?, ¿cómo creer que los precios suben por culpa de los consumidores y no de los productores y comerciantes quienes son los que deciden las alzas de los precios de las mercancías? Evidentemente las “leyes” económicas no surgen espontáneamente ni responden a un proceso mecánico y por tanto inevitable o eterno, sino que dependen de ciertas voluntades humanas (aunque deshumanizadas), es decir, de quienes detentan el poder económico y político y no se sacian de enriquecerse desmedidamente, ni se conmueven de la miseria, dolor y desolación que provocan a miles de millones de personas en el mundo.

El mito de la “mano invisible” es como tal a todas luces irracional porque responde al pensamiento mágico y en modo alguno puede ser asumido como concepto y menos como un hecho o realidad. La economía es una construcción cultural, artificial, y si bien su instauración y funcionamiento cotidiano se impone u opera con implacable necesidad, no constituye un proceso ciego como los procesos naturales, por más que genere esa ilusión dado su irracionalismo el cual está fundado en la codicia de las minorías poderosas, razón por la cual no es algo natural. En consecuencia, las leyes del mercado o del capital no las mueve ninguna mano invisible, sino elites de poder económico y político que determinan a su conveniencia la economía provocando deliberadamente una cada vez más injusta distribución de la riqueza. La esencia del neoliberalismo consiste por ello en socializar las pérdidas y privatizar las ganancias.

Sin embargo, el Estado sólo se justifica o sólo existe si defiende a la sociedad, es decir, si defiende el interés de las mayorías. El Estado surge ciertamente para legalizar la propiedad privada y la desigualdad social, pero su carácter de clase no es a rajatabla, sino que en cierto modo se asume como un arbitro entre los particulares para evitar que los conflictos entre éstos pongan en riesgo la cohesión social. Del mismo modo, tampoco es un mero árbitro neutral o imparcial como pretendía el liberalismo romanticista del siglo XVIII.

Antonio Gramsci decía que el Estado se integra por la violencia legal y el consenso, que al contrario de cómo sostenía el marxismo vulgar que veía al Estado como un mero reflejo mecánico de la estructura económica y exageraba el aspecto clasista, Gramsci sostenía que ningún Estado podría sostenerse sólo mediante la violencia (o sea, sirviendo sólo a un grupo social en detrimento de los demás) sino que necesitaba del consenso o asentimiento de la mayoría de la población.

Pero hasta ahora la derecha conservadora y neoliberal priísta y panista ha estado descaradamente al servicio de los poderosos, dejándolos hacer lo que les plazca, provocando el deterioro del tejido social, criminalizando la protesta política para contenerla y transformando el consenso en sentido gramsciano en vil mercadotecnia.

Tenemos en consecuencia que el Estado neoliberal es brutalmente clasista pero encubre su faceta represiva con base en la manipulación a través de los medios masivos de comunicación y otras formas de control como los programas sociales asistencialistas y clientelares. En otras palabras, el pretendido consenso está basado en la manipulación de la conciencia ciudadana por múltiples fuentes que le fomentan la mansedumbre, le dan entretenimiento para que se distraiga y le hacen creer que las medidas del gobierno son por el bien de la sociedad aunque los hechos digan lo contrario. El caso es que el engaño les funciona bien al grado de que las víctimas del capitalismo siguen votando por sus victimarios o se mantienen al margen de la participación como idiotas, dicho sea sin ánimo de ofender, pues los idiotas entre los griegos eran los que se abstenían de participar prefiriendo las frivolidades a la participación política. De este modo, por ignorancia, omisión y complicidad se mantiene en México la política económica neoliberal, aunque también en virtud del fraude electoral del 2006.

domingo, 25 de enero de 2009

Los atavismos del catolicismo

Los atavismos del catolicismo

César Ricardo Luque Santana

"No basta decir solamente la verdad, mas conviene mostrar la causa de la falsedad."
Aristóteles

El investigador y divulgador de la ciencia Javier Flores pregunta en su colaboración del día 20 de enero del presente año en el periódico La Jornada, cuál es el propósito que persigue la Iglesia católica con su empecinamiento de proponer y de querer imponer un solo modelo de familia, es decir, ¿qué ganan con ello? Él dice que no tiene una respuesta propia al respecto y que las ya conocidas como las referidas al inveterado interés de la Iglesia por el control de la sexualidad y por el control político mediatizador le resultan insatisfactorias. A continuación, retomaré algunos de sus planteamientos para tratar de aportar algunos elementos a esta interesante cuestión.

En términos de mera propuesta, desde luego que los católicos tradicionalistas tienen derecho a defender un modelo de familia específico, pero el problema es su empecinamiento por querer imponerlo a todos sin excepción. En el primer caso, sostienen que tal es la voluntad de Dios; mientras que en el segundo, consideran que es el más conveniente para la sociedad. Pero, ¿cuál es concreto ese modelo de familia que defiende el Vaticano? La familia nuclear heterosexual de tipo paternalista, es decir, de papá proveedor y mamá ama de casa e hijos en la escuela. Sin embargo este tipo de familia tiende a disminuir de manera drástica por factores diversos. De hecho aceptan a regañadientes que la mujer también tenga un trabajo como el hombre, pero aún le asignan una doble jornada laboral porque su empleo o autoempleo que le permite obtener un percepción económica, no la exime de “su” responsabilidad de atender el hogar, es decir, de cuidar a los hijos y cargar de manera principal con los quehaceres domésticos.

Sin embargo, antes del cristianismo y posterior a su surgimiento, la humanidad ha conocido muchas formas de organización familiar, lo que haría inútil querer forzar a todos o a la mayoría a ceñirse a un sólo modelo, de ahí que la pregunta de Javier Flores sea pertinente, pues si comparamos su otra bandera de lucha permanente que es querer intervenir en la educación pública incrustando la religión (la suya por supuesto), se puede saber a ciencia cierta la ganancia que les representa, la cual consiste en apoderarse de las mentes infantiles para su causa. Las consecuencias de la intromisión de la religión –sea la que sea- en la educación pública, significa de entrada la supresión de la libertad de pensamiento entre otros efectos negativos para la ciencia y la vida democrática.

El asunto es que con este tipo de presiones políticas que la Iglesia católica ejerce en las sociedades donde el catolicismo es numéricamente importante (particularmente en aquellas donde hay gobiernos de derecha proclives a él), muestra como está anclada en intereses estrictamente terrenales aunque lo disfracen de empresas espirituales, pues queda claro que la evangelización es asumida por ellos con intenciones de dominio político. De ahí a que como se dijo en el artículo anterior muestren en estos puntos una actitud irredenta hacia el Estado laico.

Javier Flores alude como un posible motivo el intento de controlar la sexualidad de las personas, pues es evidente que sus posturas en aspectos de esta naturaleza son similares, por ejemplo: su rechazo al uso del condón, de los métodos anticonceptivos vía fármacos, contra el aborto, etc., promoviendo al mismo tiempo la castidad y la abstinencia sexual. La condena al placer sexual es una constante del pensamiento conservador, por ello consideran que las relaciones sexuales sólo son válidas dentro del matrimonio o hacen énfasis en el aspecto reproductivo de las mismas. Todos estos planteamientos son refutables tanto científica como moralmente, porque por ejemplo, se dicen defensores de la vida (en abstracto) al oponerse al aborto o interrupción del embarazo (también con posturas absolutistas), pero se contradicen cuando condenan la inseminación artificial no obstante que mediante ella se trae vida. Sin embargo, alguien podría objetarme diciendo que defienden una postura “naturalista”, pero si ello es así, tendrían que condenar a las ciencias de la salud a las cuales seguramente recurren cuando les es necesario.

En este punto recordemos que su oposición a la eutanasia es también contradictoria, pues se oponen a que una persona desahuciada tenga una muerte asistida que le evite un sufrimiento físico prolongandolo innecesariamente, sin reparar que en esas condiciones (por ejemplo con vida vegetativa), la vida no es propiamente vida. La contradicción consiste en que se oponen a poner fin al sufrimiento de una persona desahuciada utilizando medios artificiales para provocarle una muerte digna, pero obligan paradójicamente a que se le mantenga artificialmente con vida conectada a mangueras por todos lados. A lo que voy es que en un animo purista, los curas que defienden posiciones dizque muy tradicionalistas, no dejan de recurrir y de beneficiarse de la ciencia cuantas veces les es necesario. En otras palabras, su absolutismo paradójicamente es muy relativo pues lo aplican de manera focalizada y a conveniencia

Volviendo al quid de la cuestión en lo que respecta a la respuesta de tipo político, se dice que la Iglesia quiere mediante este tipo de postura perpetuar su poder, pero señala que tampoco ella le convence. En lo personal comparto esta insatisfacción porque es obvio que con sus posturas retrogradas están lejos de afianzar poder. Lo lógico es que con tantas prohibiciones absurdas tiendan a perderlo. En este sentido, se antoja que la estrategia política más adecuada para sobrevivir sería decantarse por un rediseño institucional en vez de aferrarse a atavismos anacrónicos.

Mi opinión es que la Iglesia siempre ha sido muy terrenal y no puede verse a sí misma sin sus vínculos con el poder económico y político, particularmente aquel que le es ideológicamente afín. Creo que el conservadurismo del Vaticano ha sido un complemento político del neoliberalismo económico, retomado en consecuencia su original y tradicional vocación pastoral de predicar la mansedumbre en los desposeídos para tratar de inmovilizarlos políticamente, exactamente al contrario de lo que intentó en su momento la Teología de la Liberación que manifestó una preferencia militante por los más pobres. Creo que el clero conservador hegemónico desde Juan Pablo II se quedó en la inercia de su complicidad con los neoliberales y ambos se resisten a reconocer que están equivocados.

En consecuencia, para responder a la pregunta de Javier Flores no encuentro otro criterio que hacer una lectura estrictamente política porque la Iglesia es y ha sido una institución esencialmente política. Desde esa perspectiva supongo que el clero conservador puede considerar que la admisión de otras formas de familias que evidentemente no pueden ser descalificadas sin incurrir en falacias, podría no respaldar sus posturas derechistas, de ahí que prefieran asustar con el petate del muerto sin reparar que su actitud excluyente le es contraproducente porque mina su proyección universalista. Lo que también creo es que fortaleza del catolicismo al parecer va de la mano de la ignorancia y la pobreza de los pueblos, de ahí su marcado interés por Latinoamérica.

luque2009@gmail.com

domingo, 18 de enero de 2009

La sagrada familia

La sagrada familia

César Ricardo Luque Santana

Recientemente se llevó al cabo en la Ciudad de México el “VI encuentro mundial de las familias” que organizó la Iglesia católica, donde el alto clero expuso sus posturas conservadoras ya conocidas acerca de la familia, el matrimonio, la sexualidad, la cuestión moral, la educación religiosa, entre otras, sin mayores argumentos que invocar un supuesto derecho natural como fundamento de sus concepciones y con la intencionalidad manifiesta de socavar el Estado laico.

En este sentido, dichas posiciones fueron una retahíla de anacronismos e incongruencias esgrimidas desde la típica doble moral que caracteriza al alto clero católico, vertiendo asimismo unas dosis de fundamentalismo y totalitarismo que los exhibe como irredentos respecto a la separación Iglesia – Estado. Para ellos nada de que “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios”.

En esta ocasión, comentaré brevemente sus nociones respecto a la familia y mostraré por qué sus planteamientos son esencialmente falsos, hipócritas y peligrosos para una vida democrática que sólo el Estado laico puede garantizar.

Respecto a su idea de la familia, consideran que sólo hay un modelo verdadero y que cualquier forma de unión conyugal que no esté dentro de sus parámetros está equivocada y debe ser por tanto estigmatizada, asumiendo con ello que los valores religiosos católicos son los únicos universalmente válidos, entendiendo por universal, el monopolio de los valores morales desde su perspectiva. La familia según su visión, sólo puede consistir en la pareja heterosexual en matrimonio sacramentado por la Iglesia católica y que vive conforme los valores cristianos, como por ejemplo, ejercer la sexualidad con fines reproductivos poniendo al placer en segundo término o de plano negándola. Con base en ello, aseveran que las familias desintegradas o disfuncionales, o peor aún, que muchos problemas de violencia y delincuencia en la sociedad, tienen que ver con no ceñirse a dicho modelo de familia, afirmación evidentemente insostenible. En resumen, la familia católica es virtuosa por eso sólo hecho y las familias ajenas a esa doctrina están descalificadas de antemano por obra y gracia de un esencialismo arbitrario.

Evidentemente, esta visión de la familia es vaga, estrecha, abstracta y falsa, además de retrograda en la medida en que amenaza derechos conquistados como el divorcio, la educación laica y otros, pero sobretodo porque tiene la pretensión nada disfrazada, de imponer las concepciones de una religión específica a una sociedad de naturaleza plural, haciendo prevalecer concepciones religiosas parciales (que en todo caso sólo deben asumir sus feligreses si así lo desean) como leyes civiles, sin importarles la pluralidad cultural de la sociedad, como es el caso de su empecinamiento a imponer la educación religiosa (léase católica) a todos sin excepción.

En efecto, no obstante que en México al menos el 80% de la población manifiesta ser católica, los índices de divorcio, violencia intrafamiliar y otros, ocurren por lógica en gran medida a personas de confesión católica. Se sabe por otra parte de familias dedicadas a la delincuencia organizada (el secuestro y el narcotráfico por ejemplo) son muy unidas e incluso muy religiosas (normalmente católicas), es decir, nada desintegradas. Hay muchos contraejemplos más que demuestran la vacuidad e incongruencia de las posturas esgrimidas en el mencionado evento de los católicos, como los casos de de las narcolimosnas que ellos mismos reconocieron que recibían con la “justificación” de que ese dinero sucio se purificaba al entrar a las arcas de la Iglesia, o la protección a curas pederastas mediante el encubrimiento activo o el silencio cómplice. Es evidente que el alto clero incurre en una doble moral, pues incluso su condena del homosexualismo resulta hipócrita e injusta. Tampoco reconocen que parte significativa de la erosión de las familias se da por la miseria económica que provoca el capitalismo neoliberal, compartiendo con las derechas neoliberales y conservadoras la promoción de políticas subsidiarias en vez de abogar porque el Estado cumpla los derechos sociales constitucionales de los mexicanos que evitarían los altos índices de pobreza y sus nefastas consecuencias.

La realidad social es otra y es desde luego más compleja que las simplificaciones a que pretenden reducirla. En efecto, la sociedad actual muestra muchos tipos de familia: madres solteras, matrimonios que profesan otras religiones o ninguna, uniones heterosexuales libres, e incluso parejas homosexuales que se hallan en unión conyugal, entre otras modalidades, muchas de las cuales viven una relación estable económica y emocional, e incluso que son felices, con sólidos principios morales pero sobretodo congruentes con los mismos; mientras que en contraste, algunas familias católicas padecen problemas de desintegración, violencia intrafamiliar y otros. Sin embargo, según los criterios fundamentalistas de la jerarquía católica, en ambos caso no sería así sólo por el hecho de que los primeros no profesan la religión católica y los segundos sí. Es decir, si la realidad no es como la imagina el alto clero, peor para la realidad. En rigor, en un caso y otro no tiene nada que ver en forma per se, ser católico o no, pues desde luego hay muchos católicos (y en sí creyentes de diversas religiones) que son magníficas personas; mientras que personas de otras religiones o ninguna pueden ser malas personas. Sin embargo, no se trata sólo de exigir ser congruente con los principios que uno dice tener, sino de valorar la pertinencia de esos principios mismos, y en mi opinión, al margen de la doble moral de la mayoría de los altos jerarcas católicos, sus posturas (como la relativa a la familia y la educación) son en sí mismas deleznables y erróneas.

Por último, la familia -pese al manto sagrado que pretenden colgarle- tiene un origen artificial (cultural) y un fin y una función mundana como bien lo señaló Federico Engels en su obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”. En efecto, la familia nuclear o monogámica surge al imponerse el patriarcado y desarrollarse las desigualdades sociales donde unos cuantos acumulan riqueza personal y poder, pero necesitan saber quienes son sus hijos legítimos para heredarles su fortuna. La familia monogámica nació con ese interés, pero no canceló el derecho de facto del hombre poderoso de tener muchas mujeres u otras prácticas sexuales, pues la instauración histórica de la familia monogámica no supuso la igualdad de la mujer sino su sometimiento, asunto que desde luego no tocan porque siguen dándole al hombre un papel en el matrimonio, en la vida social y religiosa, no sólo diferente, sino superior al de la mujer.

luque2009@gmail.com